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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Y Guillermo:

—¡Déjalo, estamos buscando un libro en griego!

—¿Este? —preguntaba yo, mostrándole una obra con las páginas cubiertas de caracteres abstrusos.

Y Guillermo:

—¡No, eso es árabe, tonto! ¡Tenía razón Bacon cuando decía que el primer deber de un sabio es el de estudiar las lenguas!

—¡Pero tampoco vos sabéis árabe! —replicaba yo picado.

Y Guillermo, respondía:

—¡Pero al menos me doy cuenta cuando algo está en árabe!

Y yo me ruborizaba porque oía la risa de Bencio a mis espaldas.

Los libros eran muchos, y muchos más los apuntes, los rollos con dibujos de la cúpula celeste, los catálogos de plantas extrañas, probablemente escritos por el propio difunto en folios sueltos. Trabajamos mucho tiempo, exploramos el laboratorio de arriba a abajo, y Guillermo llegó, incluso, a desplazar, con toda frialdad, el cadáver, para ver si no había algo debajo, y también hurgó en sus ropas. Nada.

—Es imposible —dijo Guillermo—. Severino se encerró aquí dentro con un libro. El cillerero no lo tenía…

—¿No lo habrá escondido en su ropa? —pregunté.

—No, el libro que vi la otra mañana bajo la mesa de Venancio era grande, nos habríamos dado cuenta.

—¿Cómo estaba encuadernado? —pregunté.

—No sé. Estaba abierto y sólo lo vi unos pocos segundos, lo suficiente para comprender que estaba en griego, pero no recuerdo otros detalles. Sigamos: el cillerero no lo ha cogido, y tampoco Malaquías, creo.

—Es imposible que lo haya hecho —confirmó Bencio—. Cuando el cillerero lo cogió por el pecho, vimos que no podía tener nada bajo el escapulario.

—Muy bien. Es decir, muy mal. Si el libro no está en esta habitación, es evidente que algún otro, además de Malaquías y del cillerero, entró antes que ellos.

—O sea una tercera persona, ¿que mató a Severino?

—Demasiada gente —dijo Guillermo.

—Por lo demás —dije yo—, ¿quién podía saber que el libro estaba aquí?

—Jorge, por ejemplo, si oyó lo que decíamos.

—Sí —dije—, pero Jorge no habría podido matar a un hombre robusto como Severino, y con tanta violencia.

—Sin duda, no. Además, tú lo viste caminar hacia el Edificio, y los arqueros lo encontraron en la cocina poco antes de encontrar al cillerero. O sea que no habría tenido tiempo de venir hasta aquí y regresar después a la cocina. Ten en cuenta que, a pesar de que camina sin dificultades, debe ir bordeando las paredes y no hubiese podido atravesar los huertos, y menos corriendo…

—Dejad que razone con mi cabeza —dije, queriendo emular a mi maestro—. De modo que Jorge no puede haber sido. Alinardo merodeaba por el lugar, pero apenas consigue mantenerse en pie, y es imposible que haya dominado a Severino. El cillerero ha estado aquí, pero el tiempo transcurrido entre su salida de la cocina y la llegada de los arqueros fue tan breve que me parece difícil que haya podido conseguir que Severino le abriese la puerta, enfrentarse con él, matarlo y después organizar todo este jaleo. Malaquías podría haber llegado antes que nadie: Jorge oyó lo que decíamos en el nártex, fue al scriptorium para informar a Malaquías de que en el laboratorio de Severino había un libro de la biblioteca, Malaquías vino, convenció a Severino de que le abriese y lo mató, Dios sabe por qué. Pero si buscaba el libro, habría tenido que reconocerlo sin todo este revoltijo, porque es el bibliotecario. Entonces, ¿quién queda?

—Bencio —dijo Guillermo.

Bencio negó con energía moviendo la cabeza:

—No, fray Guillermo, sabéis que ardía de curiosidad. Pero si hubiese entrado aquí y hubiera podido salir con el libro, no estaría ahora con vosotros, sino en cualquier otro sitio examinando mi tesoro…

—Es una prueba casi convincente —dijo sonriendo Guillermo—. Sin embargo, tampoco tú sabes cómo es el libro. Podrías haber matado a Severino y ahora estarías aquí tratando de localizar el libro.

Bencio se ruborizó violentamente.

—¡No soy un asesino! —protestó.

—Nadie lo es hasta que no comete el primer crimen —dijo filosóficamente Guillermo—. En todo caso, el libro no está, y esto es una prueba suficiente de que no lo has dejado aquí. Y me parece razonable que, si lo hubieras cogido antes, te habrías deslizado fuera de aquí aprovechando la confusión. —Después se volvió hacia el cadáver y se quedó mirándolo. Parecía que sólo en ese momento se daba cuenta de la muerte de su amigo—. Pobre Severino —dijo—, había sospechado también de ti y de tus venenos. Y tú también te creías amenazado por un veneno, o no te habrías puesto esos guantes. Temías un peligro de la tierra y en cambio te llegó de la cúpula celeste… —Volvió a coger la esfera y la observó con atención—. Vaya a saberse por qué han usado justo este arma…

—Estaba a mano.

—Quizá. También había otras cosas, vasos, instrumentos de jardinería… Es una buena muestra de metalistería y de ciencia astronómica. Está destrozada y… ¡Santo cielo! —exclamó.

—¿Qué sucede?

—Y fue golpeada la tercera parte del sol y la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas… —recitó.

El texto del apóstol Juan no era nuevo para mí:

—¡La cuarta trompeta! —exclamé.

—Así es. Primero el granizo, después la sangre, después el agua y ahora las estrellas… Entonces hay que revisarlo todo. El asesino no ha golpeado al azar. Ha seguido un plan… Pero, ¿cabe imaginar la existencia de una mente tan malvada que sólo mate cuando puede hacerlo de acuerdo con los dictámenes del libro del Apocalipsis?

—¿Qué sucederá con la quinta trompeta? —pregunté aterrorizado. Traté de hacer memoria—: Y vi una estrella que caía del cielo sobre la tierra, y le fue dada la llave del pozo del abismo… ¿Morirá alguien ahogándose en el pozo?

—La quinta trompeta nos promete muchas otras cosas —dijo Guillermo—. Del pozo saldrá el humo de un gran horno, y después saldrán langostas que atormentarán a los hombres con un aguijón como el de los escorpiones. Y la forma de las langostas será como la de caballos con coronas de oro en la cabeza y dientes de león… Nuestro hombre puede elegir entre varias maneras de realizar las palabras del libro… Pero no sigamos imaginando. Mejor será que tratemos de recordar lo que nos dijo Severino cuando nos anunció que había encontrado el libro…

—Vos le dijisteis que os lo llevara a la sala capitular, pero él dijo que no podía.

—Sí. Después nos interrumpieron. ¿Por qué no podía? Un libro puede transportarse. Y ¿por qué se puso los guantes? ¿En la encuadernación del libro hay algo relacionado con el veneno que mató a Berengario y a Venancio? Una amenaza misteriosa, una punta infectada…

—¡Una serpiente! —dije.

—¿Por qué no una ballena? No, estamos imaginando tonterías. El veneno, como hemos visto, debería pasar por la boca. Además, Severino no dijo que no podía transportar el libro. Dijo que prefería mostrármelo aquí. Y se puso los guantes… Al menos sabemos que es un libro que hay que tocar con guantes. Y esto también vale para ti, Bencio, si, como esperas, llegas a encontrarlo. Y, puesto que eres tan servicial, puedes ayudarme. Sube al scriptorium y vigila a Malaquías. No lo pierdas de vista.

—¡Así se hará! —dijo Bencio, y salió, alegre, me pareció, por la misión que le habían encomendado.

Ya no pudimos seguir deteniendo a los monjes, y la habitación se vio invadida de gente. Había pasado la hora de la comida, y probablemente Bernardo estaba reuniendo a su tribunal en la sala capitular.

—Aquí no hay nada más que hacer —dijo Guillermo.

Una idea atravesó mi mente:

—¿El asesino no podría haber arrojado el libro por la ventana y después ir a recogerlo detrás del hospital? —pregunté.

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