Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Исторические детективы » El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
1 ... 96 97 98 99 100 101 102 103 104 ... 143
Перейти на страницу:

—¡Ah, por eso al emperador le interesa tanto lo que dicen los franciscanos sobre la pobreza!

—Así es. Los franciscanos juegan a favor del imperio, contra el papa. Pero para Marsilio y para mí el juego es doble, porque quisiéramos que el juego del imperio hiciese nuestro juego y favoreciera nuestras ideas acerca del gobierno humano.

—¿Eso diréis en vuestra intervención?

—Si lo digo, cumpliré con mi misión, que era la de exponer el pensamiento de los teólogos imperiales, pero, al mismo tiempo, mi misión fracasará, porque tenía que facilitar la realización de un segundo encuentro en Aviñón, y no creo que Juan acepte que vaya allí para decir esto.

—¿Entonces?

—Entonces estoy atrapado entre dos fuerzas opuestas, como el asno que no sabe de cuál de los dos sacos de heno comer. Lo que sucede es que los tiempos no están maduros. Marsilio sueña con una transformación que en este momento es imposible, y Ludovico no es mejor que sus predecesores, aunque por ahora sea el único baluarte contra ese miserable de Juan. Quizás deba decir lo que pienso, siempre y cuando ellos no se maten antes entre sí. En cualquier caso, tú, Adso, escribe, para que al menos quede huella de lo que está sucediendo aquí.

—¿Y Michele?

—Me temo que está perdiendo el tiempo. El cardenal sabe que el papa no busca una mediación; Bernardo Gui sabe que su misión es hacer fracasar el encuentro; y Michele sabe que de todos modos irá a Aviñón, porque no quiere que la orden rompa todos los vínculos con el papa. E irá con riesgo para su vida.

Mientras hablábamos —y en realidad no sé cómo podíamos oír lo que decíamos—, la disputa había llegado a su punto culminante. Habían intervenido los arqueros, por indicación de Bernardo Gui, para impedir que los dos grupos llegasen a chocar. Pero, como sitiadores y sitiados, a uno y otro lado de la muralla de una fortaleza, se lanzaban objeciones e improperios que aquí repito al azar, porque ya no soy capaz de saber quién los profirió en cada caso, y porque, sin duda, las frases no se dijeron por turno, como hubiese ocurrido en una discusión realizada en mis tierras, sino a la manera mediterránea, una a caballo de la otra, como las olas de un mar enfurecido.

—¡El evangelio dice que Cristo tenía una bolsa!

—¡Basta de hablar de esa bolsa! ¡La pintáis hasta en los crucifijos! ¿Cómo explicas entonces que cuando Nuestro Señor estaba en Jerusalén, regresaba cada noche a Betania?

—Y si Nuestro Señor quería dormir en Betania, ¿quién eres tú para juzgar su decisión?

—No, viejo cabrón. ¡Nuestro Señor regresaba a Betania porque no tenía dinero para pagarse un albergue en Jerusalén!

—¡El cabrón eres tú, Bonagrazia! ¿Y qué comía Nuestro Señor en Jerusalén?

—¿Acaso dirías que el caballo es propietario de la avena que su amo le da para sobrevivir?

—Mira que estás comparando a Cristo con un caballo…

—No, eres tú quien comparas a Cristo con un prelado simoníaco de tu corte, ¡saco de estiércol!

—¿Sí? ¿Y cuántas veces la santa sede ha tenido que meterse en pleitos para defender vuestros bienes?

—¡Los bienes de la iglesia, no los nuestros! ¡Nosotros sólo los teníamos en uso!

—¡En uso para coméroslos, para haceros con ellos hermosas iglesias llenas de estatuas de oro! ¡Hipócritas, vehículos de iniquidad, sepulcros blanqueados, sentina de vicios! ¡Sabéis muy bien que la caridad, y no la pobreza, es el principio de la vida perfecta!

—¡Eso lo dijo el glotón de vuestro Tomás?

—¡Ten cuidado, impío! ¡Llamas glotón a un santo de la santa iglesia romana!

—¡Santo de mis sandalias, canonizado por Juan para fastidiar a los franciscanos! ¡Vuestro papa no puede hacer santos, porque es un hereje! ¡Más aún: un heresiarca!

—¡Esa cantinela ya la conocemos! Es lo que ha dicho el pelele de Baviera en Sachsenhausen. ¡Y fue vuestro Ubertino quien se lo dictó!

—¡Cuidado con lo que dices, cerdo, hijo de la prostituta de Babilonia y de otras mujerzuelas! ¡Sabes bien que aquel año Ubertino no estaba con el emperador sino precisamente en Aviñón, al servicio del cardenal Orsini, y que el papa se disponía a enviarlo como embajador a Aragón!

—Lo sé, ¡sé que hacía voto de pobreza en la mesa del cardenal, como ahora lo hace en la abadía más rica de la península! ¡Ubertino! ¿Si tú no estabas, quién sugirió a Ludovico que utilizara tus escritos?

—¿Qué culpa tengo de que Ludovico lea mis escritos? ¡Sin duda, los tuyos no puede leerlos, porque eres analfabeto!

—¿Yo analfabeto? ¿Y qué me dices de las letras de vuestro Francisco, que hablaba con las ocas?

—¡Has blasfemado!

—¡Eres tú el que blasfema, fraticello del barrilito!

—¡Sabes muy bien que nunca he hecho nada con el barrilito!

—¡Sí que lo has hecho junto con tus fraticelli, cuando te metías en la cama de Chiara da Montefalco!

—¡Que Dios te fulmine! ¡En aquella época yo era inquisidor, y Chiara ya había expirado en olor de santidad!

—¡Chiara expiraba en olor de santidad, pero tú aspirabas otro olor cuando cantabas maitines a las monjas!

—Sigue, sigue, ya te alcanzará la cólera de Dios, ¡como alcanzará a tu amo, que ha dado asilo a dos herejes, como ese ostrogodo de Eckhart y ese nigromante inglés que llamáis Branucerton!

—¡Venerables hermanos, venerables hermanos! —gritaban el cardenal Bertrando y el Abad.

TERCIA

Donde Severino habla a Guillermo de un extraño libro y Guillermo habla a los legados de una extraña concepción del gobierno temporal.

Todavía arreciaba la disputa, cuando uno de los novicios que guardaban la puerta atravesó aquella confusión como quien cruza un campo castigado por el granizo y se acercó a Guillermo para decirle en voz baja que Severino quería hablarle con urgencia. Salimos al nártex, atestado de monjes curiosos que, a través de la maraña de gritos y ruidos, intentaban comprender lo que sucedía dentro. En primera fila vimos a Aymaro d’Alessandria, que nos recibió con su acostumbrada sonrisa burlona de conmiseración por la estupidez universaclass="underline"

—Sin duda, desde que aparecieron las órdenes mendicantes la cristiandad se ha vuelto más virtuosa —dijo.

Guillermo lo apartó, no sin cierta rudeza, para dirigirse al rincón donde nos estaba esperando Severino. Se le veía ansioso; deseaba hablarnos en privado, pero en aquella confusión era imposible encontrar un sitio tranquilo. Quisimos salir al exterior, pero en ese momento asomó Michele da Cesena por el umbral para decirle a Guillermo que regresase, porque la disputa estaba serenándose y había que seguir con las intervenciones.

Dividido entre dos nuevos sacos de heno, Guillermo le dijo al herbolario que hablase, y éste trató de que no lo oyeran los demás.

—Es cierto que, antes de ir a los baños, Berengario estuvo en el hospital —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

Algunos monjes se acercaron, intrigados por nuestra conversación. Severino bajó todavía más la voz, mientras miraba a su alrededor:

—Me habías dicho que ese hombre… debía tener algo consigo… Pues bien, he encontrado algo en mi laboratorio, mezclado con los otros libros… Un libro que no es mío, un libro extraño.

1 ... 96 97 98 99 100 101 102 103 104 ... 143
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)