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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Guillermo había hablado con un tono tan humilde, había expresado sus certezas de una manera tan dubitativa, que ninguno de los presentes había podido levantarse para replicar. Esto no significaba que todos estuvieran de acuerdo con lo que acababan de escuchar. No sólo los aviñoneses se agitaban ahora con la ira pintada en el rostro y haciendo comentarios por lo bajo, sino que también al propio Abad aquellas palabras parecían haberle causado una impresión muy desfavorable, como si pensase que no era así como había imaginado las relaciones entre su orden y el imperio. En cuanto a los franciscanos, Michele da Cesena estaba perplejo; Girolamo, aterrado; Ubertino, pensativo.

Rompió el silencio el cardenal Del Poggetto, siempre sonriente y sereno, quien con mucho tacto preguntó a Guillermo si iría a Aviñón para repetir aquellas cosas ante el señor papa. Guillermo preguntó cuál era el parecer del cardenal, y éste dijo que el señor papa había escuchado muchas opiniones discutibles a lo largo de su vida y que era un hombre amantísimo con todos sus hijos, pero que, sin duda, aquellas opiniones lo afligirían grandemente.

Intervino Bernardo Gui, quien hasta entonces no había abierto la boca:

—Me agradaría mucho que fray Guillermo, expositor tan hábil y elocuente de sus ideas, viniese a someterlas al juicio del pontífice…

—Me habéis convencido, señor Bernardo —dijo Guillermo—. No iré. —Y añadió dirigiéndose al cardenal, en tono de excusa—: Sabéis, esta fluxión que me está tomando el pecho desaconseja que emprenda un viaje tan largo en esta estación…

—¿Pero entonces por qué habéis hablado tanto rato? —preguntó el cardenal.

—Para dar testimonio de la verdad —dijo Guillermo con tono humilde—. La verdad nos hará libres.

—¡Pues no! —estalló entonces Jean de Baune—. ¡Aquí no se trata de la verdad que nos hará libres, sino de la libertad excesiva que pretende pasar por verdadera!

—También esto es posible —admitió Guillermo con suavidad.

De pronto tuve la intuición de que estaba por estallar una tormenta de corazones y de lenguas mucho más furiosa que la anterior. Pero no sucedió nada. Mientras estaba hablando Dalbena, había entrado el capitán de los arqueros para comunicarle algo en voz baja a Bernardo. Este se levantó de golpe y con un ademán pidió que lo escucharan.

—Hermanos —dijo—, quizás esta provechosa discusión pueda continuar en otro momento, pero ahora un hecho gravísimo nos obliga a suspender nuestros trabajos, con el permiso del Abad. Tal vez he colmado, sin quererlo, las expectativas del mismo Abad, quien esperaba descubrir al culpable de los muchos crímenes cometidos en los días pasados. Ese hombre está ahora en mis manos. Pero, ¡ay!, ha sido cogido demasiado tarde, una vez más… Algo ha sucedido allí…

Hizo un vago gesto señalando hacia afuera, cruzó rápidamente la sala y salió, seguido de muchos. Entre los primeros, Guillermo, y yo con él.

Mi maestro me miró y dijo:

—Temo que le haya sucedido algo a Severino.

SEXTA

Donde se encuentra a Severino asesinado y ya no se encuentra el libro que él había encontrado.

Angustiados, y con paso rápido, atravesamos la explanada. El capitán de los arqueros nos condujo hacia el hospital, y al llegar vislumbramos unas sombras que se agitaban es la espesura gris: eran monjes y servidores que acudían, y arqueros de guardia ante la puerta, que les cortaban el paso.

—Esos hombres armados están allí porque yo los había enviado a buscar un hombre que podía aclarar muchos misterios —dijo Bernardo.

—¿El hermano herbolario? —preguntó el Abad estupefacto.

—No, ahora veréis —dijo Bernardo, abriéndose camino hacia el interior del edificio.

Entramos en el laboratorio de Severino, y nuestros ojos pudieron contemplar un espectáculo penoso. El infortunado herbolario yacía muerto en un lago de sangre, con la cabeza partida. A su alrededor, parecía que una tempestad hubiese devastado los anaqueles: frascos, botellas, libros y documentos estaban desparramados en medio del caos y el desastre. Junto al cuerpo había una esfera armilar, por lo menos dos veces más grande que la cabeza de un hombre. Era de metal finamente trabajado, estaba coronada por una cruz de oro, y se apoyaba sobre un pequeño trípode decorado. Ya la había visto en anteriores ocasiones: solía estar sobre la mesa que había a la izquierda de la entrada.

En el otro extremo de la habitación, dos arqueros tenían aferrado al cillerero, quien intentaba liberarse y gritaba que era inocente. Cuando vio entrar al Abad, gritó aún más fuerte:

—¡Señor, las apariencias están contra mí! Cuando entré, Severino ya estaba muerto. ¡Me han encontrado mientras observaba pasmado esta masacre!

El jefe de los arqueros se acercó a Bernardo y, con el permiso de éste, informó públicamente de los hechos. Durante dos horas, los arqueros, que habían recibido la orden de encontrar al cillerero y arrestarlo, habían estado buscándolo por la abadía. Aquella debía de ser, pensé, la orden que había dado Bernardo antes de entrar a la sala capitular. Los soldados, que no conocían el lugar, probablemente habían estado buscando en sitios equivocados, sin advertir que el cillerero, ignorante aún de su destino, estaba con los otros en el nártex. Además, la búsqueda había sido más difícil por causa de la niebla. Comoquiera que fuese, de las palabras del capitán se deducía que cuando Remigio, después de que yo lo hube dejado, se había dirigido a la cocina, alguien lo había visto y había avisado a los arqueros, quienes llegaron al Edificio cuando el cillerero ya se había marchado; sólo un momento después, porque en la cocina habían encontrado a Jorge, quien aseguró haber hablado con él muy poco antes. Entonces los arqueros habían explorado la meseta en dirección a los huertos, y allí, surgido de la niebla como un fantasma, habían encontrado al anciano Alinardo, que no sabía bien dónde estaba. Había sido Alinardo quien les había dicho que acababa de ver al cillerero entrando en el hospital. Hacia allí se habían dirigido entonces los arqueros. La puerta estaba abierta. Al entrar vieron a Severino exánime y al cillerero buscando frenéticamente en los anaqueles, echándolo todo al suelo, como si tratara de encontrar algo determinado. No era difícil comprender lo que había sucedido, concluyó el capitán. Remigio había entrado, se había arrojado sobre el herbolario, lo había matado, y después se había puesto a buscar aquello que lo había movido a matarlo.

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