El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—No sé si el procedimiento es legítimo. El canon XXXVII del concilio de Letrán, de 1215, establece que no se puede instar a nadie a comparecer ante jueces cuya sede se encuentre a más de dos días de marcha del domicilio del inculpado. En este caso la situación quizá no sea ésa, porque es el juez quien viene de lejos, pero…
—El inquisidor no está sometido a la jurisdicción regular —dijo Guillermo—, y no está obligado a respetar las normas del derecho común. Goza de un privilegio especial, y ni siquiera debe escuchar a los abogados.
Miré al cillerero. Remigio estaba reducido a un estado lamentable. Miraba a su alrededor como un animal muerto de miedo, como si reconociese los movimientos y los gestos de una liturgia temida. Ahora sé que temía por dos razones, a cual más temible: una, porque todo parecía indicar que lo habían cogido in fraganti; la otra, porque desde el día anterior, cuando Bernardo había comenzado a investigar, recogiendo rumores e insinuaciones, temía que saliesen a la luz sus errores del pasado. Y su agitación había aumentado muchísimo cuando vio que cogían a Salvatore.
Si el infeliz Remigio era presa de sus propios terrores, Bernardo Gui, por su parte, sabía muy bien cómo transformar en pánico el miedo de sus víctimas. No hablaba: mientras todos esperaban que comenzase el interrogatorio, sus manos se demoraban en unos folios que tenía delante; fingía ordenarlos, pero con aire distraído. En realidad, su mirada apuntaba al acusado; una mirada mixta, de hipócrita indulgencia (como para decir: «No temas, estás en manos de una asamblea fraterna, que sólo puede querer tu bien»), de helada ironía (como para decir: «Todavía no sabes cuál es tu bien, pero pronto te lo diré») y de implacable severidad (como para decir: «En todo caso, aquí yo soy tu juez, y me perteneces»). El cillerero ya sabía todo esto, pero el silencio y la dilación del juego tenían la misión de recordárselo, casi de hacérselo saborear, para que —en lugar de olvidarlo— se sintiese aún más humillado, y su inquietud se convirtiera en desesperación, y al final sólo fuese una cosa a merced del juez, blanda cera entre sus manos.
Finalmente, Bernardo rompió el silencio. Pronunció algunas fórmulas rituales, y dijo a los jueces que daba comienzo el interrogatorio del acusado, a quien se le imputaban dos crímenes, a cual más odioso, uno de ellos por todos conocido, pero menos despreciable que el otro, porque, en efecto, cuando fue sorprendido cometiendo homicidio, el acusado ya tenía orden de captura como sospechoso de herejía.
Ya estaba dicho. El cillerero escondió el rostro entre las manos, que le costaba mover porque las tenía encadenadas. Bernardo comenzó el interrogatorio.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Remigio da Varagine. Nací hace cincuenta y dos años, y aún era niño cuando entré en el convento de los franciscanos en Varagine.
—¿Y cómo es que hoy te encuentras en la orden de San Benito?
—Hace años, cuando el pontífice promulgó la bula Sancta Romana, como temía ser contagiado por la herejía de los fraticelli… si bien nunca me había adherido a sus proposiciones… pensé que era mejor para mi alma pecadora que me sustrajese a un ambiente cargado de seducciones, y logré ser admitido entre los monjes de esta abadía, donde sirvo como cillerero desde hace más de ocho años.
—Te sustrajiste a las seducciones de la herejía —comentó Bernardo con tono burlón—, o sea, que te sustrajiste a la encuesta del que estaba encargado de descubrir la herejía y erradicar esa mala hierba. Y los buenos monjes cluniacenses creyeron que realizaban un acto de caridad al acogerte y al acoger a gente como tú. Pero no basta con cambiar de sayo para borrar del alma la infamia de la depravación herética, y por eso estamos aquí para averiguar qué se esconde en los rincones de tu alma impenitente y qué hiciste antes de llegar a este lugar sagrado.
—Mi alma es inocente y no sé a qué os referís cuando habláis de depravación herética —dijo con cautela el cillerero.
—¿Lo veis? —exclamó Bernardo volviéndose hacia los otros jueces—. ¡Todos son así! Cuando uno de ellos es detenido, se presenta ante el tribunal como si su conciencia estuviese tranquila y sin remordimientos. Y no saben que ese es el signo más evidente de su culpabilidad, ¡porque, ante un tribunal, el justo se muestra inquieto! Preguntadle si sabe por qué ordené que lo arrestaran. ¿Lo sabes, Remigio?
—Señor —respondió el cillerero—, me agradaría que me lo explicarais.
Me sorprendí, porque tuve la impresión de que el cillerero respondía a las preguntas rituales con palabras no menos rituales, como si conociese muy bien las reglas del interrogatorio, y sus trampas, y estuviese preparado desde hacía tiempo para afrontar aquella experiencia.
—Ya está —exclamó mientras tanto Bernardo—, ¡la típica respuesta del hereje impenitente! Se mueven como zorros y es muy difícil cogerlos en falta, porque su comunidad les autoriza a mentir para evitar el castigo merecido. Recurren a respuestas tortuosas para tratar de engañar al inquisidor, que ya tiene que soportar el contacto con gente tan despreciable. ¿Por tanto, fray Remigio, nunca tuviste relaciones con los llamados fraticelli o frailes de la vida pobre o begardos?
—He vivido las vicisitudes de los franciscanos, cuando tanto se discutió sobre la pobreza, pero nunca pertenecí a la secta de los begardos.
—¿Veis? —dijo Bernardo—. Niega haber sido begardo porque éstos, si bien participan de la misma herejía, consideran a los fraticelli como una rama seca de la orden franciscana, y piensan que son más puros y más perfectos que ellos. Pero se comportan casi de la misma manera. ¿Puedes negar, Remigio, que te han visto en la iglesia, acurrucado y con el rostro vuelto hacia la pared, o prosternado y con la cabeza cubierta por la capucha, en lugar de arrodillarte y juntar las manos, como los demás hombres?
—También en la orden de San Benito los monjes se prosternan, a su debido momento…
—¡No te pregunto lo que has hecho en los momentos debidos, sino lo que has hecho en los momentos indebidos! ¡De modo que no niegas haber adoptado una u otra posición, típicas de los begardos! Pero has dicho que no eres begardo… Entonces dime: ¿en qué crees?
—Señor, creo en todo lo que cree un buen cristiano…
—¡Qué respuesta tan santa! ¿Y en qué cree un buen cristiano?
—En lo que enseña la santa iglesia.
—¿Qué santa iglesia? ¿La que consideran santa aquellos creyentes que se dicen perfectos, los seudoapóstoles, los fraticelli, los herejes? ¿O la iglesia que éstos comparan con la meretriz de Babilonia, y en la que, en cambio, todos nosotros creemos firmemente?
—Señor —dijo el cillerero desconcertado—, decidme cuál creéis que es la verdadera iglesia…
—Creo que es la iglesia romana, una, santa y apostólica, gobernada por el papa y sus obispos.
—Eso creo yo —dijo el cillerero.
—¡Admirable artimaña! —gritó el inquisidor—. ¡Admirable agudeza de dicto! Lo habéis escuchado: quiere decir que cree que yo creo en esta iglesia, ¡y se sustrae al deber de decir en qué cree él! ¡Pero conocemos muy bien estas artes de garduña! Vayamos al grano. ¿Crees que los sacramentos fueron instituidos por Nuestro Señor, que para hacer justa penitencia es preciso confesarse con los servidores de Dios, que la iglesia romana tiene el poder de desatar y atar en esta tierra lo que será atado y desatado en el cielo?
—¿Acaso no tendría que creerlo?
—¡No te pregunto lo que deberías creer, sino lo que crees!
—Creo en todo lo que vos y los otros buenos doctores me ordenáis que crea —dijo el cillerero muerto de miedo.
—¡Ah! Pero esos buenos doctores a los que te refieres, ¿no serán los que dirigen tu secta? ¿Eso querías decir cuando hablabas de buenos doctores? ¿A esos perversos mentirosos, que se creen los únicos sucesores de los apóstoles, te remites para saber cuáles son tus artículos de fe? ¡Insinúas que si creo en lo que ellos creen, entonces creerás en mí, y si no, sólo creerás en ellos!