Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
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Hizo una breve pausa.
– Todos éstos que enumero son casos de traición:
»Un gobernador provincial que abandone su provincia.
»Un gobernador militar que permita a sus ejércitos cruzar la frontera provincial.
»Un gobernador provincial que inicie la guerra por su cuenta.
»Un gobernador que invada el territorio de un rey vasallo sin previo consentimiento del Senado.
»Un gobernador que intrigue con un rey vasallo o cualquier poder extranjero para cambiar la situación de un país extranjero.
»Un gobernador que reclute tropas suplementarias sin autorización del Senado.
»Un gobernador que adopte decisiones o publique edictos en su provincia que alteren la situación de la misma sin consentimiento expreso del Senado.
»Un gobernador que no permanezca en su provincia más de treinta días después de la llegada del sucesor nombrado por el Senado.
»Eso es todo -añadió Sila, sonriendo-. En el aspecto positivo, señalaré que el que posea imperium seguirá teniéndolo hasta cruzar el límite sagrado de Roma. Siempre ha sido así y lo confirmo.
– ¡No sé yo -dijo Lépido enfurruñado- para qué son necesarias todas esas reglas específicas!
– Vamos, Lépido -replicó Sila, hastiado-, estás ahí sentado mirándome; a mí, que he hecho casi todo lo que figura en la lista. ¡Estaba justificado! Se me había privado ilegalmente de mi imperium y mi mando. ¡Y lo que hago ahora es dictar leyes que impidan que nadie prive a otro de su imperium y de su mando! La situación no podrá volver a repetirse, y los que lo hagan serán culpables de traición. No se puede consentir que nadie piense en marchar sobre Roma o cruzar con su ejército la frontera de su provincia en dirección a Roma. Esos tiempos han pasado. Y aquí estoy yo para demostrarlo.
El día 26 de octubre, el sobrino de Sila, Sixto Nonio Sufena (el hijo menor de su hermana), inauguró lo que habría de convertirse en los juegos anuales de la victoria, los ludi Victoriae, que concluyeron en el circo Máximo el primer día de noviembre, aniversario de la batalla en la puerta Colina. Fueron unos juegos aceptables, pero no magníficos, con la peculiaridad de que se celebró por primera vez la carrera de caballos troyana, que entusiasmaba a la multitud por las maniobras que efectuaban los caballos montados por jóvenes que habían de ser de noble cuna. Pero en Grecia no causaron mucha alegría, porque Sufena la había vaciado de atletas, danzarines, músicos y cómicos, por lo que los juegos de Olimpia, celebrados aproximadamente por las mismas fechas, fueron un desastre. Además, se produjo un curioso escándalo: el hijo menor de Antonio Orator, Cayo Antonio Hibrida, se cubrió de oprobio al conducir un carro en una de las carreras, porque si era un honor para un joven noble correr en la troyana, se consideraba un baldón que un noble condujese un carro.
En las calendas de diciembre, Sila anunció los nombres de los magistrados que entrarían en funciones en Año Nuevo. El era primer cónsul con Quinto Cecilio Metelo Pío de segundo cónsul. Finalmente, recompensaba su lealtad. A Dolabela el mayor lo nombró gobernador de Macedonia, y a Dolabela el joven de Cilicia. Aunque la suerte le adjudicó un cuestor en la persona de Cayo Publio Maléolo, Dolabela el joven se empeñó en que su primer legado fuese Cayo Verres. Lúculo permaneció en Oriente sirviendo a Termo, gobernador de Asia, mientras que Cayo Escribonio Curio regresó a Italia para asumir el cargo de pretor.
Había llegado el momento de emprender la principal tarea: la asignación de tierras a los veteranos. Durante los dos años siguientes, el dictador desmovilizaría ciento veinte mil soldados de veintitrés legiones. En su primer consulado, al final de la guerra itálica, había entregado las tierras rebeldes de Pompeii, Faesula, Hadria, Telesia, Grumentum y Bovianum a sus veteranos de la campaña, pero aquello había sido una empresa sin punto de comparación.
El programa fue llevado a cabo minuciosamente, con arreglo a grados de recompensa según los años servidos, graduación y valor personal. Los centuriones primus pilus de sus legiones contra Mitrídates (todos ellos, además, condecorados) recibieron quinientos iugera de buena tierra, mientras que la tropa de las legiones de Carbón que se habían pasado al bando del dictador recibieron diez iugera de tierra peor.
Comenzó por las tierras confiscadas de Etruria en zonas que eran de las ciudades de Volaterrae y Faesulae, castigadas de nuevo. Como Etruria había adoptado una oposición casi constante a Sila, él no concentró en principio a sus veteranos en poblaciones, sino que los dispersó ampliamente en previsión de futuras sublevaciones. Pero esto fue un error, pues Volaterrae no tardó en sublevarse, cerró sus puertas después de matar a numerosos ex combatientes de Sila y se dispuso a resistir el asedio; como la ciudad estaba construida en una elevación en medio de un profundo barranco, sus habitantes pensaron que podrían resistir mucho tiempo. El propio Sila acudió a dirigir el asedio durante tres meses, pero regresó a Roma cuando se dio cuenta de lo que iba a tardarse en reducir a la ciudad.
No obstante, el hecho le sirvió de escarmiento y cambió el sistema de asentamiento de veteranos en tierras confiscadas; las últimas colonias fueron núcleos coordinados de ex combatientes capaces de congregarse en caso de hostilidad local. El único experimento fuera de la península se llevó a cabo en Córcega, donde fundó dos colonias de ex combatientes, pensando en civilizar la isla y acabar con el bandidismo corso; pero fue en vano.
Los nuevos tribunales comenzaron a funcionar bien, proporcionando el marco ideal para la nueva lumbrera de la abogacía, el joven Marco Tulio Cicerón. A Quinto Hortensio (que había medrado a la sombra de los juicios celebrados en las asambleas) le costó adaptar su actuación al ambiente de los juicios al aire libre, mientras que Cicerón se acomodó a las mil maravillas. Al final de año viejo, Cicerón actuó como único defensor en un juicio preliminar presidido por Dolabela el joven, en el que se trataba de dilucidar si había que depositar la suma de dinero llamada sponsio o si podía celebrarse el juicio sin tal requisito. Los abogados de la parte contraria eran nada menos que Hortensio y Filipo, pero fue Cicerón quien ganó el caso, iniciando con ello una carrera forense sin igual.
Fue en junio, siendo Sila cónsul con Metelo Pío, cuando un noble de veintiséis años de familia patricia, Marco Valerio Mesala Corvino, apeló a su buen amigo, también de veintiséis años, Marco Tulio Cicerón, para que actuase en nombre de uno que era amigo suyo y cliente.
– Sexto Roscio, hijo de Amena -dijo Mesala a Cicerón-. Le acusan de asesinar a su padre.
– ¡Oh! -exclamó Cicerón-. Tú eres un buen abogado, querido Corvino, ¿por qué no le defiendes tú? Los casos de asesinato son llamativos, pero fáciles; no tienen implicaciones políticas.
– Eso crees tú -replicó Mesala, muy serio-. Este caso tiene muchas implicaciones políticas. Sólo existe una posibilidad de que absuelvan a Roscio: que le defiendas tú, Marco Tulio. Hortensio se ha negado horrorizado.
Cicerón se incorporó en la silla, sus negros ojos animados por un fulgor de interés y haciendo uno de sus gestos más frecuentes de agachar la cabeza y dirigir una profunda mirada a su interlocutor.
– ¿Tan complicado ha de ser un caso de homicidio? ¿Por qué?
– Quien se encargue de la defensa de Roscio de Amena se enfrentará al sistema de proscripción de Sila -dijo Mesala-. Para lograr su absolución habrá que demostrar que las proscripciones de Sila suponen una grave corrupción.
– ¡Por los dioses! -dijo Cicerón, profiriendo un silbido con su carnosa boca.
– ¡Y que lo digas! ¿Te interesa el caso?
– Pues no se… -contestó Cicerón, frunciendo el ceño y debatiéndolo interiormente. Conservar la vida era fundamental, pero un caso difícil con posibilidad de ganar laureles jurídicos merecía la pena-. Explícate un poco, Mesala, para que me haga una idea.