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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Dirigió una mirada feroz a la cámara y continuó.

– Voy a anular toda potestad de las asambleas en cuestiones de guerra, provincias y asuntos extranjeros. A partir de ahora, las asambleas no podrán tratar de guerras, provincias y asuntos extranjeros, ni siquiera en contio; serán asuntos de exclusiva potestad del Senado -otra mirada feroz-. A partir de ahora, las asambleas aprobarán leyes y celebrarán elecciones, pero nada más. No tendrán participación en juicios, asuntos extranjeros ni cuestiones militares.

Al concluir la frase se oyó un ligero murmullo. La tradición estaba de parte de Sila, pero desde la época de los hermanos Gracos las asambleas se habían utilizado cada vez más para obtener mando militar y la gobernación de provincias, y hasta para despojar de ese mando a los nombrados por el Senado. Le había sucedido al padre del Meneitos cuando Mario le había arrebatado el mando de la campaña de Africa, y lo había sufrido Sila cuando Mario le había arrebatado el mando de la guerra contra Mitrídates. La nueva ley era bien recibida.

Sila dirigió la vista a Catulo.

– Los dos cónsules deben ser enviados a las dos provincias consideradas más turbulentas o en peligro. Las provincias consulares y las pretorianas se asignarán a suertes. Habrá que ajustarse a ciertas convenciones para mantener el buen nombre de Roma en el orbe. Si se hacen levas de naves o flotas en las provincias o en reinos clientes, el coste se deducirá del tributo anual. Y la misma ley se aplicará a las levas de tropas o abastecimientos militares.

Marco Junio Bruto, hasta aquel momento acobardado como un ratón, sacó fuerzas de flaqueza.

– Si un gobernador tiene que afrontar una guerra en su provincia, ¿tendrá que dejarla al cabo de un año?

– No -respondió Sila, guardando silencio un instante mientras pensaba-. Puede incluso darse el caso de que el Senado se vea obligado a enviar a los cónsules del año a una guerra extranjera. Si Roma se ve acosada será difícil evitarlo. Sólo pido al Senado que considere muy detenidamente las soluciones antes de comprometer a los cónsules del año en una campaña extranjera o prorrogar el mandato de un gobernador.

Cuando Mamerco levantó la mano para hablar, los senadores prestaron oído, pues ya se sabía que era la marioneta de que Sila se valía para hacer preguntas, y supusieron que iba a cuestionar algo que el dictador consideraba preferible introducir por medio de una pregunta.

– ¿Puedo plantear una situación hipotética? -preguntó Mamerco.

– ¡Adelante! -contestó Sila de buen talante.

Mamerco se levantó. Como aquel año era pretor de extranjeros y tenía cargo curul, estaba sentado en el estrado al fondo de la cámara, junto a los demás magistrados curules, y todos los senadores podían verle puesto en pie. El nuevo reglamento impuesto por Sila de que todos tomasen la palabra sin moverse del sitio hacía que sólo a los que estaban en el estrado los vieran todos.

– Pongamos que llega un año en que Roma se ve acosada por todos lados -comenzó a decir Mamerco pausadamente-. Pongamos que los cónsules y todos los pretores disponibles del año han tenido que ir a luchar mientras desempeñaban el cargo, o supongamos que los cónsules del año no tienen suficiente experiencia militar para ser enviados a la guerra. Digamos que se da la posibilidad de que faltan gobernadores, porque un par de ellos han muerto a manos de los bárbaros o por otras causas. Y supongamos que en el Senado no hay hombres con experiencia o capacidad que quieran o puedan asumir el mando militar o el cargo de gobernador. Si has privado a las asambleas de la potestad de discutir el asunto y adoptar la decisión de lo que debe hacerse compete exclusivamente al Senado, ¿qué debe hacer éste?

– ¡Ah, qué magnífica pregunta, Mamerco! -exclamó Sila, después de haber llevado la cuenta de los diferentes puntos con los dedos, como si no la hubiese elaborado él mismo-. Roma se ve acosada por todas partes. No hay magistrados curules. No hay consulares ni ex pretores. No hay senadores con suficiente experiencia o capacidad. Pero Roma necesita otro jefe militar o un gobernador. ¿Es así? ¿Lo he entendido bien?

– Exactamente, Lucio Cornelio -contestó Mamerco muy serio.

– En ese caso -dijo Sila despacio-, el Senado debe buscar fuera de sus filas a ese hombre, ¿no os parece? Lo que expones es una situación insoluble con los medios habituales. En cuyo caso, la solución debe buscarse con medios extraordinarios. En otras palabras, el Senado tiene la obligación de buscar en Roma un hombre de capacidad y experiencia excepcionales para darle la autoridad legal necesaria para que asuma el mando militar o el cargo de gobernador.

– ¿Aunque sea un liberto? -inquirió Mamerco, estupefacto.

– Aunque sea un liberto. Aunque yo más bien me inclinaría a pensar que sería elegido un caballero o un centurión. Yo conozco un centurión que en cierta ocasión estuvo al mando de una peligrosa retirada y le fue concedida la Corona de Hierba, y después obtuvo la toga bordada de púrpura de una magistratura curul. Se llamaba Marco Petreio. De no haber sido por él, se habrían perdido muchas vidas y aquel ejército no habría podido volver a entrar en combate. Accedió al Senado y murió honrosamente durante la guerra itálica. Su hijo forma parte de los nuevos senadores nombrados por mí.

– ¡Pero el Senado no tiene poder legal para dar imperium para mando militar o gobierno a quien no es senador! -objetó Mamerco.

– Con mis nuevas leyes el Senado tendrá ese poder y deberá dárselo -replicó Sila-. Denominaré a ese cargo de gobernador o de mando militar «encomienda especial», y otorgaré la autoridad debida al Senado para que otorgue el imperium que considere necesario. A cualquier ciudadano romano, aunque sea un liberto.

– ¿A dónde irá a parar? -musitó Filipo a Flaco, príncipe del Senado-. ¿Jamás he oído nada igual!

– Pues no sé -contestó Flaco con un hilo de voz.

Sila sí que lo sabía, y Mamerco se lo imaginaba; era una manera más de vincular a Cneo Pompeyo Magnus, que se había negado a entrar en el Senado, pero que, debido a las tropas veteranas de su padre, seguía siendo un poder militar que había que tener en cuenta. Sila no estaba dispuesto a que nadie marchase sobre Roma; él había sido el último. Por consiguiente, si la situación cambiaba y Pompeyo se convertía en un peligro, tenía que haber una solución para que la enorme capacidad de Pompeyo pudiera ser encauzada legalmente por el organismo con poderes para ello: el Senado. Sila no pretendía más que legislar lo que era de puro sentido comun.

– Me queda por definir la traición -dijo días más tarde el dictador-. Hasta que entraron en vigor las nuevas leyes sobre los tribunales, había varias clases de traición, desde el perduellio hasta la maiestas minuta; traiciones grandes, traiciones pequeñas y traiciones medias, aunque todas ellas carecían de auténtica especificidad. A partir de ahora, todas las acusaciones por traición serán juzgadas en el quaestio de maiestate, el tribunal permanente para traición. Las acusaciones de traición, como veréis en breve, se limitarán casi exclusivamente a los que ostenten cargos de gobernador o tengan mando en guerras extranjeras. Si un civil romano comete traición en Roma o Italia, será objeto de un solo proceso que llevará a cabo una asamblea; será juzgado por perduellio por las centurias, que le condenarán a la pena tradicional de crucifixión en un árbol de mal agüero.

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