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Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. Los inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.
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Hoffman siguió allí, muy envarado, con la mirada aún apartada de la puerta.

– Le esperaré aquí -masculló.

– No tiene por qué hacerlo, señor Hoffman. Encontraré el camino de vuelta.

– Me quedaré aquí, señor. No se preocupe.

No quise enzarzarme en discusiones y me apresuré a pasar Por la puerta.

Entré en un recinto largo y estrecho, con suelo de baldosa gris. Las paredes estaban alicatadas con azulejos blancos hasta el techo. Me pareció ver a mi izquierda una hilera de fregaderos, pero estaba tan ansioso por sentarme al piano que no me fijé demasiado en tales detalles. En cualquier caso, los que inmediatamente atrajeron mi atención fueron tres cubículos que había a mi derecha. Tres cubículos contiguos, de madera, pintados de un desagradable color verde rana. Los de los extremos tenían cerradas las puertas, pero la puerta del cubículo central -que parecía algo más amplio que los otros- estaba entreabierta, y al mirar en su interior pude ver un piano con la tapa levantada. Me dispuse, sin más, a entrar en el cubículo, pero enseguida comprobé que se trataba de una tarea harto difícil. La puerta -que abría hacia dentro- no podía abrirse por completo porque se lo impedía el propio piano; para entrar hube de estrujarme contra un costado, y para cerrar la puerta tiré de ella despacio y la hice llegar -rozándome el pecho- hasta su jamba. Al final eché el pestillo, y acto seguido volví a pugnar con las estrecheces del cubículo y conseguí sacar la banqueta que había debajo del piano. Una vez sentado, sin embargo, me encontré razonablemente cómodo, y cuando hice correr mis dedos por el teclado vi que, pese al color desvaído de sus teclas y a su aspecto exterior ajado, el piano poseía una tonalidad delicada y suave, y que había sido perfectamente afinado. Las condiciones acústicas del cubículo, además, no resultaban tan claustrofóbicas como uno habría imaginado.

Al constatar que la situación no era tan desesperada, una intensa sensación de alivio recorrió todo mi cuerpo, y entonces caí en la cuenta de cuán tenso había estado durante la pasada hora. Aspiré profundamente varias veces y me dispuse a dar comienzo al más crucial de los ensayos. Y entonces recordé que seguía sin decidir qué pieza tocaría aquella noche. Mi madre -sabía- juzgaría particularmente emocionante el movimiento central de Globestructures: Option II, de Yamanaka. Pero mi padre preferiría ciertamente Asbestos and Fibre, de Mullery. De hecho, era posible incluso que a mi padre no le gustara en absoluto Yamanaka. Me quedé unos instantes contemplando las teclas, tratando de decidirme, y al final la balanza se inclinó a favor de Mullery.

Al decidirme me sentí mucho mejor, y me hallaba ya a punto de acometer los primeros y «explosivos» acordes cuando sentí que algo duro me golpeaba en el hombro. Me volví y vi con consternación que la puerta -que yo había cerrado con pestillo- se había abierto sola.

Me puse en pie como pude y empujé la puerta hasta cerrarla. Y entonces vi que el pestillo se había desprendido de su sitio y pendía del revés pegado a la puerta. Tras un detenido examen, y con cierta ingenuidad por mi parte, me las arreglé para encajar el pestillo en su sitio, pero al cerrar la puerta de nuevo comprendí perfectamente que no había logrado sino una solución harto precaria. El pestillo volvería a soltarse en cualquier momento. Estaría yo, por ejemplo, en la mitad de Asbestos and Fibre -en la mitad, pongamos, de uno de los intensos fragmentos del tercer movimiento-, y la puerta se abriría y me expondría a la curiosidad de quienquiera que en ese momento pudiera andar rondando por el exterior del cubículo. Y ni que decir tiene que si alguien intentaba abrir la puerta -alguien lo bastante obtuso como para no darse cuenta de que me encontraba dentro-, aquel pestillo no iba a ofrecer la menor de las resistencias.

Pasaban por mi mente estos pensamientos mientras me sentaba de nuevo en el taburete. Pero enseguida llegué a la conclusión de que si no aprovechaba al máximo aquella oportunidad para ensayar, era muy posible que no se me volviera a presentar otra. Y si bien las condiciones distaban de ser las ideales, el piano era perfectamente aceptable. Con cierta determinación, pues, me forcé a dejar de preocuparme por la defectuosa puerta que tenía a mi espalda y a prepararme una vez más para los compases iniciales de la pieza de Mullery.

Al poco, justo cuando mis dedos se hallaban ya dispuestos sobre las teclas, oí un ruido en alguna parte alarmantemente próxima (un pequeño crujido, similar al que podría emitir un zapato o una tela). Giré sobre mí mismo sobre la banqueta. Y sólo entonces caí en la cuenta de que, aunque la puerta seguía cerrada, le faltaba toda la parte de arriba, con lo que se asemejaba mucho a la puerta de un establo. Me había preocupado tanto el pestillo estropeado que no había reparado en aquel hecho palmario. Vi que el borde superior de la puerta -algo más alto que la altura de la cintura- era irregular: quién sabe si la mitad de arriba había sido desgajada en algún acto desaforado de vandalismo o si se debía simplemente a alguna remodelación en curso de los cubículos. En cualquier caso, desde donde estaba sentado, podía estirar el cuello por encima del borde y ver sin dificultad los azulejos blancos y los fregaderos del recinto.

No podía creer que Hoffman hubiera tenido la desfachatez de ofrecerme un lugar en tal estado. Bien es verdad que hasta el momento nadie había entrado en aquel cuarto, pero era perfectamente posible que en un momento dado cualquier grupo de seis o siete empleados entrara y se pusiera a usar aquellos fregaderos. Tal posibilidad se me antojaba insufrible, y me hallaba ya a punto de abandonar airado el cubículo cuando vi un trapo que colgaba de un clavo que sobresalía de una de las jambas, a la altura del gozne superior.

Me quedé mirándolo unos segundos, y al dirigir la vista hacia la otra jamba vi otro clavo a la misma altura. Adivinando de inmediato la finalidad de los clavos y del trozo de tela me levanté para examinarlo todo más detenidamente. El trapo era una vieja toalla. Cuando la extendí y fijé el otro extremo en el otro clavo, vi que tapaba perfectamente la parte de la puerta que faltaba, a modo de cortina.

Volví a sentarme más calmado y me dispuse una vez más a acometer los compases iniciales de la pieza. Entonces, justo cuando iba a empezar a tocar, volví a verme interrumpido por un nuevo crujido. Y lo oí de nuevo, y esta vez pude precisar que provenía del cubículo situado a mi izquierda. Caí en la cuenta no sólo de que durante todo el tiempo había habido una persona en el cubículo contiguo, sino también de que la insonorización entre ambos era prácticamente inexistente y de que hasta el momento no había sido consciente de tal presencia porque la persona en cuestión -quién sabe por qué- había permanecido todo el tiempo inmóvil y en silencio.

Furioso, me levanté y empujé la puerta, y al hacerlo el pestillo volvió a desprenderse de su sitio y la toalla cayó al suelo. Cuando me deslizaba hasta el exterior a través de la exigua abertura de la puerta el hombre del cubículo contiguo, tal vez viendo que ya no había razón para ocultarse, se aclaró la garganta ruidosamente. Asqueado, salí de aquel lugar a la carrera.

Me sorprendió encontrar a Hoffman esperándome en el pasillo, pero recordé que había prometido hacerlo. Estaba apoyado contra la pared, pero en cuanto me vio se enderezó y se cuadró como un soldado.

– Bien, señor Ryder -dijo, sonriendo-. Si quiere seguirme… Esas damas y esos caballeros tienen muchas ganas de conocerle.

Miré a Hoffman con frialdad.

– ¿Qué damas y caballeros, señor Hoffman?

– Pues… los miembros del comité, señor Ryder. Del Grupo Ciudadano de Ayuda Mutua.

– Mire, señor Hoffman… -Estaba muy furioso, pero lo delicado del asunto que quería explicarle me hizo hacer una breve pausa. Hoffman, consciente al fin de que algo me estaba mortificando, se paró en medio del pasillo y me miró con preocupación.

– Oiga, señor Hoffman. Lamento muchísimo lo de esa reunión. Pero resulta perentorio el que yo ensaye. No puedo hacer nada hasta que no ensaye.

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