Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
»Con mis ojos acostumbrados a la oscuridad, puedo ver un poco más que tú. Y te digo que hay un conjunto de puntos rojizos ahí: es radiación infrarroja, calor.
Entonces lo entendí, casi como un golpe físico.
—Es cierto —dije—. Es cierto… Tu hipótesis de conquista galáctica. La prueba es evidente, ¡en el mismo cielo! La estrellas deben de estar cubiertas, casi todas ellas; por conchas artificiales, como la Esfera de los Morlocks. —Miré el cielo vacío—. Buen Dios, Nebogipfel; ¡los seres humanos, y sus máquinas, han alterado el mismo cielo!
—Era inevitable que así sucediese una vez que se lanzó el primer Constructor. ¿Entiendes?
Miré al cielo oscurecido sintiendo el peso del asombro. No era la naturaleza alterada del cielo lo que me sorprendía, ¡sino la noción de que todo aquello —absolutamente todo, hasta el rincón más lejano
de la galaxia— había surgido cuando hice añicos la historia con la Máquina del Tiempo!
—Veo que los hombres han abandonado la Tierra —dije—. La inestabilidad climática nos la ha vedado. Pero en algún lugar… —agité la mano— en algún lugar debe de haber hombres y mujeres, ¡en esos hogares dispersos!
—No —dijo—. Recuerda que los Constructores lo ven todo; lo saben todo. Y no he visto hombres como tú. Oh, aquí y allá podrías encontrar criaturas biológicas que descienden del hombre, pero tan distintas de tu forma como yo. ¿Y me considerarías tú un hombre? Y las formas biológicas son en su mayoría degeneradas…
—¿No hay verdaderos hombres?
—Hay descendientes del hombre por todas partes. Pero en ningún lugar encontrarás una criatura más relacionada contigo que, digamos, una ballena o un elefante…
Cité lo que recordaba de Charles Darwin:
—«A juzgar por el pasado, podemos suponer con seguridad que ninguna especie viva transmitirá su forma inalterada al distante futuro… »
—Darwin tenía razón-dijo Nebogipfel con suavidad.
Esa idea —¡que de tu tipo eres el único en la galaxia!— es difícil de aceptar, y guardé silencio, mirando las estrellas cubiertas. ¿Estaba cada uno de esos globos tan densamente poblado como la Esfera de Nebogipfel? Mi fértil imaginación comenzó a poblar aquellos enormes mundos-edificios con los descendientes de los verdaderos hombres, con hombres peces, hombres pájaro, hombres de fuego y hielo, y me pregunté qué relatos se contarían si un Gulliver inmortal pudiese viajar de mundo en mundo, visitando a todos los distintos descendientes de la humanidad.
—Puede que el hombre se haya extinguido —dijo Nebogipfel—. Toda especie biológica se extingue en una escala de tiempo suficiente. Pero los Constructores no pueden extinguirse. ¿Entiendes eso? Con los Constructores la esencia de la raza no está en la forma, biológica o de otro tipo, está en la Información que la raza ha acumulado y almacenado. Y eso es inmortal. Una vez que una raza se ha entregado a Hijos así, de metal e Información, no puede desaparecer. ¿Lo entiendes?
Me volví hacia el paisaje de la Tierra Blanca más allá de la ventana. Lo entendía muy bien, lo entendía todo ¡demasiado bien!
Los hombres habían lanzado aquellos obreros mecánicos a las estrellas, para encontrar nuevos mundos y construir colonias. Imaginé aquella nao de luz saliendo de una Tierra que se había hecho demasiado pequeña, avanzando brillante hacia el cielo, más y más pequeña
hasta que el azul se la tragase… Había un millón de historias perdidas, pensé, de cómo los hombres habían aprendido a soportar las extrañas gravedades, los gases no familiares y los rigores del espacio.
Era una migración de las que hacen época —cambió la naturaleza del cosmos—, pero su lanzamiento era, tal vez, un último esfuerzo, un espasmo antes del colapso de la civilización en el Mundo Madre. Frente a la desintegración de la atmósfera, los hombre de la Tierra se debilitaron, se marchitaron —para probarlo tenemos la evidencia del patético espejo en la Luna-y, al final, murieron.
Pero entonces, mucho más tarde, regresaron a la Tierra desierta las máquinas de colonización que había enviado el hombre, o sus descendientes, los Constructores Universales, enormemente sofisticados. Los Constructores eran descendientes del hombre, en cierta forma, y aun así habían ido más allá de los límites de lo que los hombres podían hacer; y habían desechado al viejo Adán, y todos los restos de bestias y reptiles que acechaban en su cuerpo y espíritu.
¡Vi todo eso! La Tierra había sido repoblada; y no por el hombre sino por los Herederos Mecánicos del Hombre, que habían vuelto, cambiados, de las estrellas.
Y todo eso —todo eso— se había producido a partir de la pequeña colonia fundada en el Paleoceno. Pensé que Hilary había previsto algo así: la reestructuración del cosmos se había producido a partir del pequeño y frágil grupo de doce personas, aquella insignificante semilla plantada a cincuenta millones de años de profundidad.
8. UNA PROPUESTA
El tiempo transcurría lentamente en aquel lugar resguardado y extraño.
Por su parte, Nebogipfel parecía bastante feliz con nuestra situación. Pasaba la mayor parte del día con el rostro contra la piel titilante del Constructor Universal, sumergido en el Mar de Información. Tenía poco tiempo, o paciencia, para mí; le representaba claramente un esfuerzo —una pérdida— apartarse de aquella rica vena de conocimientos antiguos y enfrentarse a mi ignorancia, e incluso más a mi primitivo deseo de compañía.
Me dediqué a haraganear, sin rumbo, por el apartamento. Mascaba la comida; usaba el baño de vapor; jugaba con la mesa de multiplicidad; miraba por las ventanas una Tierra que se me había hecho tan inhóspita como la superficie de Júpiter.
¡No tenía nada que hacer! Y estaba en ese ánimo de futilidad porque me encontraba tan lejos de mi hogar y mi propia gente que no veía cómo podría vivir. Comencé a caer a profundidades mayores de depresión.
Entonces, un día, Nebogipfel vino a verme con lo que él llamaba una propuesta.
Estábamos en la habitación donde se sentaba nuestro amigo el Constructor, tan rechoncho y plácido como siempre. Nebogipfel, como de costumbre, estaba conectado al Constructor por el tubo de cilios brillantes.
—Tienes que entender el fondo de todo el asunto —dijo, y rotó el ojo natural para poder mirarme—. Para empezar, debes comprender que las metas de los Constructores son muy diferentes de las de tu especie o la mía.
—Eso lo entiendo —dije—. Las diferencias físicas por sí solas…
—Va más allá de eso.
Generalmente, cuando empezábamos un debate de ese tipo —conmigo en el papel de Ignoramus—, Nebogipfel mostraba signos de impaciencia, los deseos de un salmón por regresar a las profundidades del Mar de Información. Sin embargo, esta vez habló con paciencia y cuidado, y comprendí que quería dejar bien claro lo que tenía que decir.
Comencé a sentirme incómodo. ¡Era evidente que el Morlock creía que tenía que convencerme de algo!
Siguió discutiendo las metas de los Constructores.
—Una especie no puede sobrevivir por mucho tiempo si sigue cargando con el peso de las antiguas motivaciones que tú soportas. Note ofendas.
—En absoluto —dije seco.
—Por supuesto, me refiero a la territorialidad, la agresión, la resolución violenta de las disputas… Planes imperialistas y cosas por el estilo se hacen inimaginables cuando la tecnología se desarrolla más allá de cierto punto. Con armas del poder de la bomba de carolinio de die Zeitmaschine, u otras peores, las cosas deben cambiar. Un hombre de tu misma época dijo que la invención de las armas atómicas lo había cambiado todo menos la forma de pensar de la humanidad.