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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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¡Sí, había café! Una gran cafetera sobre el fogón encendido, y en la mesa esperaban tres tazas. Harry llenó una y cantó, exultante:

«Y sé que estoy marcado por un signo divino: ¡Me lavo la cabeza y el agua se vuelve vino! Con él alegro la vida de los pobres obreros, así no van por ahí pateando a los perros. Y evito a sus mujeres los malos tratos que les dan a menudo esos pazguatos.»

Vio una fuente con naranjas, resistió la tentación unos segundos y luego cogió una. La peló mientras salía por la puerta de la cocina al naranjal situado detrás de la casa. Los Miller eran naturales de la región. Ellos sabrían lo que sucedía. Y tenían que estar por allí cerca.

«Hay milagros inútiles, como andar por el mar. ¡Mataron al Hijo de Dios, pero yo me voy a librar! Pues no doy la luz a los ciegos, ni curo leprosos ni resucito muertos, pero no pasa día, con ganas o pereza, sin que me dé un buen lavado de cabeza.»

—¡Hola, Harry! —gritó alguien desde algún lugar a la derecha. Harry avanzó en aquella dirección a través del denso barro, entre los naranjos.

Jack Miller, su hijo Roy y su nuera Cicelia estaban recogiendo apresuradamente tomates. Habían extendido una gran tela encerada en el suelo y colocaban en ella todo lo que podían recoger, maduro y semiverde.

—Se pudrirían si los dejáramos aquí —dijo Roy, resoplando—. Tenemos que llevarlos adentro en seguida. Nos iría bien tu ayuda.

Harry miró sus botas llenas de barro, la saca del correo y el sucio uniforme.

—No debéis retenerme —dijo—. Va contra las ordenanzas gubernamentales...

—Sí. Oye, Harry, ¿qué pasa ahí afuera?

—¿No lo sabes? —preguntó Harry, perplejo.

—¿Cómo podría saberlo? —dijo Roy—. El teléfono no funciona desde ayer por la tarde. No hay fuerza y la tele no va. Por la radio no se oye más que el puñetero... perdona, Cissy, no se oye más que el ruido de las interferencias. ¿Qué pasa en la ciudad?

—No he estado en la ciudad —confesó Harry—. La camioneta se averió, no lejos de la granja de Gentry. Ocurrió ayer, y he pasado la noche en el vehículo.

—Vaya. —Roy dejó de recoger los frutos un momento—. Cissy, será mejor que entres y empieces a enlatar. Sólo los maduros. Harry, haré un trato contigo. Desayuno, almuerzo y te llevaré a la ciudad. Además no diré a nadie lo que cantabas dentro de mi casa. A cambio, tú nos ayudas el resto del día.

—Yo te llevaré y hablaré con tu jefe —dijo Cissy.

Los Miller tenían cierta importancia en el valle. Tal vez el Lobo no le despidiera por haber perdido la camioneta si intercedían por él.

—No puedo ir más rápido andando —dijo Harry—. Trato hecho.

Harry se puso a trabajar. No hablaban mucho, tenían que economizar fuerzas. En un momento determinado Cissy trajo bocadillos. Los Miller apenas se detuvieron el tiempo justo para comer, y volvieron al trabajo.

Cuando hablaban, se referían invariablemente al tiempo. Jack Miller no había visto nada parecido en los cincuenta y dos años que llevaba en el valle.

—Esto es cosa del cometa —dijo Cissy.

—Tonterías —comentó Roy—. Ya oíste lo que dijeron por la televisión. El cometa pasó a miles de kilómetros de nosotros.

—¿De veras? Me alegro —dijo Harry.

—No oímos decir que había pasado de largo, sino que iba a pasar —puntualizó Jack Miller.

El granjero volvió a los tomates. Cuando los recogieran todos, empezarían con las judías y las calabazas.

Harry nunca había trabajado tan duramente en toda su vida. De pronto se dio cuenta de que se estaba haciendo tarde.

—¡Eh, tengo que volver a la ciudad! —insistió.

—De acuerdo —dijo Jack Miller—. Cissy, coge la camioneta. Y pasa por el almacén de piensos. Vamos a tener que alimentar al ganado y los cerdos. La maldita lluvia se ha cargado la mayor parte del pasto. Será mejor que consigamos pienso antes de que todo el mundo piense lo mismo. El precio se pondrá por las nubes dentro de una semana.

—Si es que hay algún sitio donde comprar dentro de una semana —dijo Cissy.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó su marido.

—Nada.

La muchacha se dirigió al establo. Sus ceñidos téjanos y el sombrero con que se tocaba estaban completamente mojados. Regresó con una camioneta Dodge. Harry subió y se puso la saca del correo sobre el regazo, para protegerla de la lluvia. La había dejado en el establo mientras trabajaba.

La camioneta recorrió sin problemas el sendero embarrado. Cuando llegaron a la puerta exterior de la granja, Cissy bajó para abrirla. Harry no podía moverse debido a la gran saca. Cuando regresó, la muchacha se rió de él.

Apenas habían recorrido un kilómetro cuando vieron que la carretera terminaba en una grieta gigantesca. La calzada se había separado, y con ella el flanco de la colina, y toneladas de barro viscoso se habían volcado para cubrir la carretera más allá de la grieta.

Harry observó atentamente aquel desastre. Cicelia dio marcha atrás e hizo una maniobra para dirigir el vehículo en sentido contrario. Harry empezó a andar hacia aquel desastre.

—¡No vas a ir andando! —exclamó ella.

—El correo debe seguir su curso —musitó él. Se echó a reír—. Ayer no finalicé la ruta...

—¡No seas tonto, Harry! Hoy o mañana vendrán a arreglar la carretera. ¡Espera un poco! No llegarás a la ciudad antes de que oscurezca, tal vez ni siquiera podrás llegar con esta lluvia. Vuelve a casa.

Harry pensó en las palabras de Cissy. Tenía razón. Los cables eléctricos habían sido derribados, los teléfonos no funcionaban. Alguien tendría que poner remedio a todo aquello. La saca de correo parecía terriblemente pesada.

—De acuerdo —dijo al fin.

Como era de esperar, le hicieron trabajar de nuevo. No cenaron hasta que anocheció, pero fue una cena copiosa, adecuada para los granjeros tras un día de dura labor. Harry estaba cansado y se durmió en el sofá. Ni siquiera se dio cuenta cuando Jack y Roy le quitaron el uniforme y le cubrieron con una manta.

Cuando se despertó no había nadie en la casa. Habían colgado su uniforme para que se secara, pero aún estaba húmedo. Afuera seguía lloviendo de un modo implacable. Harry se vistió y vio que le habían dejado café. Mientras lo tomaba entraron los demás.

Cicelia sirvió un desayuno con jamón, tostadas y más café. Era una mujer fuerte y alta, pero ahora parecía cansada. Roy la miraba con semblante preocupado.

—Estoy bien —dijo ella—. Lo que ocurre es que no estoy acostumbrada a hacer el trabajo de los hombres además del mío propio.

—Hemos podido salvar la mayor parte de las cosas —dijo Jack Miller—, pero jamás vi una lluvia así. —El tono de su voz reflejaba un cierto temor supersticioso—. Esos idiotas del Servicio Meteorológico nunca nos dan un informe exacto. ¿Qué diablos hacen con todos esos relucientes satélites artificiales?

—Tal vez el cometa los derribó —sugirió Harry.

Jack Miller le dirigió una mirada iracunda.

—El cometa. ¡Bah! ¡Los cometas son cosas del cielo! ¡Por favor, Harry, vive en el siglo veinte!

—Lo intenté una vez. Me gusta más aquí. —Le complació la suave sonrisa de Cissy—. Bueno, será mejor que me ponga en camino.

—¿Con este tiempo? —preguntó Roy Miller, incrédulo—. No puedes decirlo en serio.

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