Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Así como una persona termina acostumbrándose a tener una pierna enferma, así también nos habíamos acostumbrado en la okiya a soportar a Hatsumono. Creo que no fuimos conscientes de todas las formas en las que nos había hecho sufrir su presencia hasta mucho después de que se fuera, cuando poco a poco empezaron a sanar todas las heridas que estaban abiertas sin que siquiera nos percatáramos de ello. Aunque estuviera durmiendo en su cuarto, las criadas sabían que Hatsumono estaba allí y que en algún momento, antes de que acabara el día, las insultaría. Vivían con una tensión parecida a cuando uno camina sobre un estanque helado sabiendo que la capa de hielo puede romperse en cualquier momento. En cuanto a Calabaza, creo que se había acostumbrado a depender de su hermana mayor y se sentía extrañamente perdida sin ella.
Yo ya era el principal activo de la okiya, pero incluso a mí me llevó algún tiempo arrancar las extrañas costumbres que habían arraigado en mi persona por culpa de Hatsumono. Todavía bastante tiempo después de que se hubiera ido, siempre que un hombre me miraba extrañado, me seguía preguntando si ella le habría contado algo malo de mí. Siempre que subía al segundo piso de la okiya, no levantaba la vista del suelo por miedo a que Hatsumono estuviera esperándome en el rellano deseosa de que apareciera para denigrarme de un modo o de otro. Innumerables veces, al llegar arriba, levantaba la vista al recordar de pronto que no había Hatsumono, ni la volvería a haber. Sabía que se había ido para siempre, pero la misma soledad del rellano parecía sugerir algo de su presencia. Incluso ahora, de vieja, a veces, cuando levanto la cubierta bordada del espejo del tocador, siento un breve escalofrío al pensar que podría verla allí reflejada, sonriendo burlonamente.
Capítulo veintiocho
En Japón, llamamos kurotani, «el valle de las tinieblas», a los años comprendidos entre la Depresión y la II Guerra Mundial. Como suele suceder, en Gion no lo pasamos tan mal como en otras partes del país. Durante los años treinta prácticamente todos los japoneses vivían en un valle de tinieblas, cuando en Gion todavía nos calentaba un poco el sol. Y no creo que sea necesario explicar por qué: las mujeres que son amantes de miembros del gobierno o de altos cargos de la marina son receptoras de buena suerte, y pasan esa buena suerte a los que tienen alrededor. Se podría decir que Gion era como un lago de alta montaña alimentado por caudalosos torrentes. En algunas partes del lago caía más agua que en otras, pero, en cualquier caso, toda el agua que caía subía el nivel general del lago.
Gracias al General Tottori, nuestra okiya era uno de los lugares en los que caía más agua. Las cosas empeoraban a nuestro alrededor conforme pasaban los años, y, sin embargo, mucho después de que hubiera empezado a haber racionamientos, nosotras seguíamos recibiendo suministros regulares de alimentos, té, tejidos e incluso algunos productos de lujo, como chocolate. Podríamos haber cerrado las puertas y habernos guardado estas cosas para nosotras, pero Gion no es ese tipo de lugar. Mamita repartía gran parte de ellas y lo consideraba bien gastado, no porque fuera una mujer especialmente generosa, sino porque éramos todas como arañas amontonadas en la misma tela. De vez en cuando alguna persona venía pidiendo ayuda, y cuando podíamos la dábamos de buen grado. En el otoño de 1941, por ejemplo, la policía militar descubrió a una criada que llevaba diez veces más cupones de racionamiento de los que correspondían a su okiya. La dueña de ésta nos la envió para que la escondiéramos en un lugar seguro hasta que pudieran sacarla de la ciudad y llevarla al campo. Todas las okiyas de Gion atesoraban cupones; cuanto mejor era la okiya, más cupones tenía. Nos enviaron a nosotros la criada porque el General Tottori había dado instrucciones a la policía militar de que nos dejaran en paz. Conque, como puede verse, incluso en ese lago de montaña que era Gion, nosotros éramos los peces que nadábamos en el agua más cálida.
A medida que las tinieblas se adueñaban del resto del país, también nosotras íbamos teniendo menos luz, hasta que finalmente llegó el día en que nos quedamos a oscuras. Sucedió de pronto, una tarde de diciembre de 1942, unas semanas antes del Año Nuevo. Yo estaba desayunando, o al menos, tomando mi primera comida del día, porque había estado ayudando a preparar la okiya para las celebraciones de Año Nuevo, cuando oí una voz masculina en el portal. Pensé que sería alguien que venía a entregar algo, así que seguí comiendo, pero un momento después la criada me interrumpió para decirme que había un policía militar en la puerta preguntando por a Mamita.
– ¿Un policía militar? -le pregunté-. Dile que Mamita no está.
– Ya se lo he dicho, señora. Dice que entonces quiere hablar con usted.
Cuando llegué al portal, encontré al policía quitándose las botas. Probablemente la mayoría de la gente se habría sentido liberada al ver que tenía todavía la pistola en la pistolera, pero, como digo, nuestra okiya había vivido de forma muy diferente hasta ese momento. Antes, cualquier policía nos habría pedido más disculpas si cabe que cualquier otra visita, pues sabía que su presencia nos alarmaría. Pero cuando lo vi tirando de las botas, me di cuenta de que ésa era su manera de decirme que pensaba entrar lo invitara o no.
Le saludé con una reverencia, pero él me miró de soslayo como si tuviera cosas más importantes que resolver y me dejara para luego. Finalmente se subió los calcetines, se bajó la gorra y, avanzando por el portal, dijo que quería ver nuestra huerta. Así tal cual, sin pedir disculpas por las molestias que pudiera causarnos. A esas alturas de la guerra prácticamente en todas las casas de Kioto, y probablemente del resto del país, habían convertido sus jardines ornamentales en huertas. Todas las casas, salvo la nuestra, claro está. El General Tottori nos proporcionaba alimentos suficientes para que no tuviéramos que arar el jardín y pudiéramos seguir disfrutando del musgo y de las flores y del pequeño arce que adornaba una de las esquinas. Como era invierno, esperaba que el policía mirara sólo los trozos de tierra en los que se había helado la vegetación, y se imaginara que habíamos plantado calabazas y batatas entre las plantas decorativas. Así que después de acompañarlo hasta el patio no dije ni palabra; lo observé mientras se arrodillaba y palpaba la tierra. Supongo que quería ver si había sido cavada antes de ser plantada.
Estaba tan desesperada buscando algo que decir que solté lo primero que se me pasó por la cabeza.
– ¿Verdad que la escarcha recuerda a la espuma del mar? -no me respondió, sino que se limitó a ponerse en pie y a preguntarme qué vegetales habíamos plantado-. Oficial -le dije-. Lo siento mucho, pero la verdad es que no hemos tenido la oportunidad de plantar ninguno. Y ahora que la tierra está tan dura y helada…
– Sus vecinos tienen razón en lo que dicen -me espetó, quitándose la gorra-. Se sacó del bolsillo un trozo de papel y empezó a leer la larga lista de fechorías que había cometido nuestra okiya. Ni tan siquiera las recuerdo todas: acumular telas de algodón, no entregar los objetos de metal y de caucho necesarios para la guerra, hacer mal uso de los cupones de racionamiento, y otras muchas cosas por el estilo. Es cierto que habíamos hecho todo aquello, como lo habían hecho el resto de las okiyas de Gion. Nuestro delito, supongo, es que habíamos tenido más suerte que otras, y habíamos logrado sobrevivir en mejor forma que la mayoría.