Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Por suerte para mí, Mamita regresó en ese momento. No pareció sorprendida de encontrar allí a la policía militar; y, de hecho, trató al agente con más cortesía de la que le había visto dispensar a nadie. Le condujo a la sala y le sirvió una taza del té ilícitamente conseguido que teníamos. Había cerrado la puerta, pero los oí hablar largo rato. En un momento que Mamita salió a buscar algo, me llevó aparte y me dijo:
– El General Tottori está bajo custodia desde hoy. Date prisa en esconder nuestras mejores cosas o mañana no nos quedará nada.
Allá en Yoroido me iba a bañar en los frescos días de primavera, y luego me tumbaba en las rocas a absorber el calor del sol. Si, como solía suceder, el sol se ocultaba de repente tras una nube, el aire frío envolvía mi piel como si me echaran encima una plancha de metal. Esa misma sensación tuve en el portal de la okiya cuando me enteré de la desgracia del general. Era como si el sol hubiera desaparecido, tal vez para siempre, y ahora estuviera condenada a quedarme mojada y desnuda en aquel gélido aire. Una semana después nuestra okiya había sido despojada de todas las cosas que otras familias habían perdido ya hacía tiempo, tales como los alimentos almacenados y las ropas. Desde el principio le habíamos proporcionado a Mameha paquetes de té, que ella había utilizado para comprar favores. Pero ahora su suministro era mejor que el nuestro, y era ella la que nos lo proporcionaba a nosotras. Hacia el final de ese mismo mes, la asociación vecinal empezó a confiscar muchas de nuestras cerámicas y pergaminos para venderlos en lo que nosotros denominábamos «mercado gris», que no era lo mismo que el mercado negro. El mercado negro era para artículos como el combustible, alimentos, metales, etcétera, en su mayoría artículos que estaban racionados o con los que era ilegal comerciar. El mercado gris era más inocente; eran fundamentalmente amas de casa vendiendo sus cosas más valiosas para conseguir dinero. En nuestro caso, sin embargo, nuestras cosas fueron vendidas más por castigarnos que por cualquier otra cosa, de modo que el dinero fue a parar a otras manos. La presidenta de la asociación de vecinos, que era la dueña de una okiya cercana, lo lamentaba muchísimo cada vez que venía a llevarse cosas nuestras. Pero recibía órdenes de la policía militar, y nadie se atrevía a desobedecer.
Si los primeros años de la guerra habían sido como una excitante excursión por el mar, podríamos decir que hacia mediados del año 1943, todos los tripulantes nos habíamos dado cuenta de que las olas eran demasiado grandes para nuestra embarcación. Pensamos que nos ahogaríamos todos; y muchos se ahogaron. No se trataba solamente de que la vida cotidiana se iba volviendo cada vez más difícil de soportar, sino que además creo que todos empezábamos a preocuparnos por el resultado de la guerra. Se habían acabado todas las diversiones; y mucha gente parecía pensar que era poco patriótico incluso pasar un buen rato. Lo más próximo a un chiste que oí durante todo ese periodo fue algo que la geisha Raiha dijo una noche. Llevábamos meses oyendo rumores de que el gobierno militar proyectaba cerrar todos los distritos de geishas de Japón; posteriormente empezamos a darnos cuenta de que iba a suceder. Nos preguntábamos qué iba a ser de nosotras, cuando de pronto va Raiha y dice:
– No perdamos el tiempo pensando en esas cosas. Nada es más triste que el futuro, salvo, quizá, el pasado.
Puede que hoy no suene para nada divertido; pero aquella noche nos reímos hasta que se nos saltaron las lágrimas. Un día, tal vez no mucho después, se cerrarían los distritos de geishas. Y no teníamos la menor duda de que cuando así fuera, acabaríamos trabajando en las fábricas. Para que te hagas una idea de cómo era la vida en las fábricas, te contaré de Korin, la amiga de Hatsumono.
Durante el invierno anterior, la catástrofe que todas las geishas más temíamos le sucedió a Korin. La criada que preparaba el baño en su okiya había intentado quemar periódicos para calentar el agua, pero perdió el control del fuego. Toda la okiya quedó destrozada por las llamas, junto con la colección de kimonos. Korin terminó trabajando en una fábrica al sur de la ciudad; su trabajo consistía en colocar las lentes en los equipos utilizados para bombardear desde el aire. De vez en cuando venía por Gion, y conforme pasaban los meses nos íbamos horrorizando de cómo había cambiado. No era sólo que cada vez pareciera más desgraciada -todas habíamos sufrido desgracias y estábamos preparadas Para ellas, en cualquier caso-, sino que además tenía una tos que parecía formar parte de su persona tanto como el canto forma parte de la vida de los pájaros; y tenía la piel manchada como si se hubiera sumergido en tinta, pues el carbón que se utilizaba en las fábricas era de muy baja calidad y cubría todo de hollín al quemarse. A la pobre Korin la obligaban a trabajar dos turnos seguidos, con un cuenco de caldo y un poco de pasta una vez al día por toda comida, o una gachas de arroz cocidas con monda de patata para darles sabor.
Así que no es de extrañar que nos aterrara la idea de las fábricas. Cada día que al despertar nos encontrábamos con que todavía no habían cerrado Gion, nos sentíamos agradecidas.
Entonces, una mañana de enero del año siguiente estaba haciendo cola bajo la nieve frente al almacén del arroz, con mis cupones en la mano, cuando el tendero de al lado asomó la cabeza por la puerta y gritó a los que esperábamos al frío de la calle:
– ¡ Ya está!
Nos miramos unas a otras. Yo estaba demasiado entumecida de frío para que me importara lo que decía, pues sólo llevaba un chal cubriendo mis ropas de campesina; ya nadie se ponía kimono durante el día. Finalmente, la geisha que estaba delante de mí se quitó los copos de nieve que se le habían posado en las cejas y le pregunto de qué estaba hablando.
– No habrá terminado la guerra, ¿no? -dijo.
– El gobierno acaba de anunciar el cierre de los distritos de geishas -respondió el hombre-. Tenéis que presentaros todas mañana en el Registro de Gion.
Durante un rato seguimos oyendo el sonido de la radio dentro de su tienda. Luego la puerta volvió a cerrarse, y ya no se oyó nada más, salvo el sordo siseo de la nieve. Vi la desesperación en las caras de todas las geishas que me rodeaban y supe al instante que todas estábamos pensando lo mismo: ¿Qué hombre de todos los que conocíamos podría salvarnos de la vida en la fábrica?
Aunque el General Tottori había sido mi danna hasta el año anterior, yo no era la única geisha que lo conocía. Tenía que llegar a él antes de que lo hiciera otra. No estaba adecuadamente vestida para aquel tiempo, pero me metí los cupones de racionamiento en el bolsillo de los pantalones de campesina que llevaba y me puse inmediatamente en camino hacia el noroeste de la ciudad. Se decía que el general vivía en la Hospedería Suruya, la misma en la que nos habíamos encontrado dos noches a la semana durante tantos años.
Llegué allí una hora después, más o menos, congelada de frío y cubierta de nieve. Pero cuando saludé a la propietaria, ésta me miró largamente antes de disculparse con una inclinación de cabeza y decirme que no tenía ni idea de quién era yo.
– Soy yo, señora… ¡Sayuri! He venido a hablar con el general.
– ¡Sayuri-san! Nunca pensé que te vería algún día con esta pinta de campesina.
Enseguida me hizo entrar, pero no me condujo al general hasta que no me vistió con uno de sus kimonos. Incluso me puso un poco de maquillaje que había guardado, de modo que el general me reconociera al verme.
Cuando entramos en su cuarto, el General Tottori estaba sentado en la mesa escuchando una novela en la radio. Llevaba desatado el batín de algodón, dejando al descubierto su enjuto torso cubierto de unos pelillos grises. Me di cuenta de que sus dificultades del año anterior habían sido mucho peores que las mías. Después de todo, había sido acusado de crímenes horribles -negligencia, incompetencia, abuso de poder y otras cosas horrorosas-. Mucha gente lo consideraba afortunado por haber podido librarse de la cárcel. Un artículo aparecido en una revista incluso le hacía responsable de las derrotas de la Armada Imperial en el Pacífico Sur, con el argumento de que no había supervisado debidamente el embarco de las provisiones. Pero algunos hombres soportan las dificultades mejor que otros, y con mirar al general me bastó para darme cuenta de que el peso del año anterior le había hundido hasta tal punto que sus huesos se habían vuelto quebradizos e incluso su cara parecía un poco deforme. En el pasado siempre olía a encurtidos agrios. Ahora, al inclinarme en las esteras a su lado, percibí un tipo diferente de amargor.