Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
—Lo hizo —respondió con un leve dejo de disculpa, no tanto como para avergonzarlo—. Me temo que algunas de las mujeres de los Marinos nos dejan. A partir de hoy sólo dispondremos de la mitad para hacer accesos.
Los dedos del hombre pasaron suavemente sobre la superficie del cartapacio como si tanteara los papeles que había dentro. Elayne jamás lo había visto consultar uno.
—Ah. Bien. Nos… las arreglaremos, milady. —Halwin Norry siempre se las arreglaba—. Para continuar, hubo otros nueve incendios provocados a lo largo de ayer y de anoche, ligeramente más de lo habitual. Tres intentos fueron para prender fuego a almacenes en los que se acopian alimentos. Ninguno tuvo éxito, me apresuro a añadir. —Quizá se apresurara, pero lo hizo en el mismo tono monótono—. Si se me permite, las rondas de los guardias que patrullan las calles están surtiendo efecto, ya que el número de asaltos y robos ha descendido a poco más de lo normal en esta época del año, pero parece evidente que hay una mano que dirige lo de los incendios. Se destruyeron diecisiete edificios, todos salvo uno deshabitado. —Apretó la boca en un gesto desaprobador; haría falta muchísimo más que un asedio para que él abandonara Caemlyn—. Y, en mi opinión, todos esos incendios se localizaron de manera que los carros de agua se alejaran lo más posible de los almacenes donde se llevaron a cabo los intentos fallidos. Ahora creo que todos los fuegos que hemos tenido estas semanas siguen un mismo patrón.
—Birgitte… —dijo Elayne.
—Puedo intentar determinar la ubicación de los almacenes en un mapa —contestó, dubitativa, la mujer—, y poner más guardias en las calles que se encuentren más alejadas, pero aun así es mucho lo que se deja al jod… al azar. —No miró hacia la señora Harfor, pero Elayne percibió un leve atisbo de rubor en el vínculo—. Cualquiera puede llevar un yesquero en la escarcela, y con un poco de paja seca sólo se tarda un minuto en iniciar un incendio.
—Haz lo que puedas —le contestó Elayne. Sería pura suerte si pillaban a un incendiario con las manos en la masa y un milagro que el incendiario pudiera decir algo que no fuera que el dinero se lo había dado alguien encapuchado. Seguir la pista de aquel oro hasta Arymilla o Elenia o Naean requeriría la suerte de Mat Cauthon—. ¿Tenéis algo más, maese Norry?
El hombre eludió sus ojos mientras se daba golpecitos con los nudillos en la nariz.
—Se me… eh… ha informado —empezó, vacilante— que Marne, Arawn y Sarand han recibido grandes préstamos recientemente contra los ingresos de sus heredades.
Las cejas de la señora Harfor se enarcaron antes de que la mujer las pudiera controlar. Elayne miró su taza y descubrió que estaba vacía. Los banqueros nunca le decían a nadie cuánto habían prestado a quién ni contra qué, pero Elayne se abstuvo de preguntarle cómo lo sabía. Sería… embarazoso para ambos. Sonrió cuando su hermana le cogió la taza, y torció el gesto cuando Aviendha volvió con ella llena. ¡Parecía querer hacerle beber té flojo hasta que se le saliera por los ojos! La leche de cabra era mejor, pero se conformaría con esa agua sucia. Bueno, sostendría la maldita taza, pero no pensaba beber.
—Los mercenarios —gruñó Dyelin, en cuyos ojos había un brillo de ira que habría hecho retroceder a un oso—. Lo he dicho antes y volveré a repetirlo: el problema con los que alquilan su espada es que pueden venderse a otro postor. —Desde el principio se había opuesto a contratar mercenarios para ayudar en la defensa de la ciudad, aunque el hecho era que sin ellos Arymilla podría haber entrado con su ejército por cualquier puerta que hubiera elegido, o casi. De otro modo, no habrían tenido hombres suficientes para guardar adecuadamente todas las puertas, cuanto menos las murallas.
Birgitte también se había opuesto a los mercenarios, pero había aceptado las razones de Elayne, aunque a regañadientes. Todavía desconfiaba de ellos, pero ahora sacudió la cabeza. Sentada en el brazo de un sillón cercano a la chimenea, apoyaba la bota equipada con espuela en el asiento.
—A los mercenarios les preocupa su reputación ya que no su honor. Cambiar de bando es una cosa, pero venderse para dejar expedita una puerta es totalmente distinto. A una compañía que hiciera tal cosa nunca se la volvería a contratar, en ninguna parte. Arymilla tendría que ofrecer lo suficiente para que un capitán viviera el resto de su vida como un lord, y también convencer a sus hombres de que podrían hacer lo mismo.
Norry carraspeó. Incluso eso sonó monótono en cierto modo.
—Parece que ya han obtenido préstamos contra los mismos ingresos dos veces o incluso tres. Claro que los banqueros… ignoran eso, aún.
Birgitte empezó a maldecir y después enmudeció de golpe. Dyelin contempló ceñuda el vino y en su mirada había intensidad suficiente para agriarlo. Aviendha apretó la mano de Elayne, de forma ligera y rápida. Los troncos chascaron en medio de una lluvia de chispas, algunas de las cuales casi llegaron a la alfombra.
—Habrá que tener vigiladas a las compañías de mercenarios. —Elayne alzó la mano para acallar a Birgitte. La otra mujer no había abierto la boca, pero el vínculo hablaba alto y claro—. Tendrás que encontrar en algún sitio hombres que se encarguen de la tarea. —¡Luz! ¡Parecía que estuvieran protegiéndose de tantas personas de dentro de la ciudad como de fuera!—. No harán falta muchos, pero hemos de saber si empiezan a actuar de forma rara o con mucho secreto, Birgitte. Puede que ésa sea la única advertencia que tengamos.
—Me estaba planteando qué hacer si una de las compañías se vendía —manifestó secamente Birgitte—. Saberlo no será suficiente a menos que cuente con hombres que corran hacia una puerta que sospeche que va a entregarse. La mitad de los soldados que hay en la ciudad son mercenarios y la mitad del resto son viejos que viven de su pensión desde hace unos cuantos meses. Cambiaré el destino de los servicios a intervalos irregulares. Les resultará más difícil entregar una puerta si no tienen la seguridad de dónde estarán apostados al día siguiente, pero eso no lo hará imposible.
Por más que protestara que no era un general había presenciado más batallas y asedios que cualesquiera diez generales vivos y sabía muy bien cómo se desarrollaban esos asuntos. Elayne casi deseó tener vino en la copa. Casi.
—¿Hay alguna posibilidad, maese Norry, de que los banqueros se enteren de lo que sabéis? Antes de que los préstamos se hagan efectivos. —Si se enteraban, algunos podrían decidir que preferían tener a Arymilla en el trono, ya que así ésta podría vaciar los cofres del país para saldar esos préstamos. Cabía la posibilidad de que hiciera tal cosa. Los mercaderes seguían los vientos de la política, soplaran hacia donde soplaran. De los banqueros se sabía que habían intentado influir en los acontecimientos.
—En mi opinión, no parece probable, milady. Tendrían que… eh… plantear las preguntas adecuadas a la gente adecuada, pero por lo general los banqueros son… eh… reservados unos con otros. Sí, me parece poco probable. De momento.
En cualquier caso no se podía hacer nada al respecto. Salvo decirle a Birgitte que podría surgir una nueva fuente para asesinos y raptores. Dada la dura expresión de su semblante y la repentina sensación funesta en el vínculo, ya había caído en la cuenta. Habría pocas posibilidades de mantener la escolta por debajo de cien mujeres ahora. Si es que la había habido en algún momento.
—Gracias, maese Norry —dijo Elayne—. Lo habéis hecho bien, como siempre. Informadme de inmediato si advertís alguna indicación de que los banqueros han planteado esas preguntas.
—Por supuesto, milady —murmuró el hombre, que inclinó la cabeza como haría una garceta al lanzarse sobre un pez—. Milady es muy amable.