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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Cuando Reene y Norry abandonaron la estancia —él sostuvo la puerta para la mujer a la par que hacía una reverencia un tanto más grácil de lo habitual, y ella respondió con una ligera inclinación de cabeza mientras pasaba ante él camino del corredor—, Aviendha no deshizo la salvaguardia que mantenía. Tan pronto como la puerta se cerró —en silencio, pues la salvaguardia ahogaba todo sonido—, anunció:

—Alguien ha intentado escuchar.

Elayne sacudió la cabeza. Imposible saber quién —¿una hermana Negra? ¿Una Allegada curiosa?—, pero al menos no había logrado su propósito. No es que fuera probable que alguien pudiera traspasar una salvaguardia de Aviendha, quizá ni siquiera los Renegados eran capaces, pero su hermana se lo habría advertido de inmediato si alguien lo hubiera conseguido.

Dyelin acogió el anuncio de Aviendha con menos aplomo y masculló algo sobre las mujeres de los Marinos. No se había alterado lo más mínimo al enterarse de la marcha de la mitad de las Detectoras de Vientos; encontrándose presentes Reene y Norry no. Pero ahora demandó saber todo lo ocurrido.

—Nunca confié en Zaida —gruñó cuando Elayne acabó de explicarlo—. Este acuerdo suena bien para el comercio, supongo, pero no me sorprendería si hubiese ordenado a una Detectora de Vientos que escuchara. Me parece una mujer que quiere estar enterada de todo, por si acaso puede serle de utilidad algún día. —Dyelin no solía mostrarse vacilante, pero ahora dudó mientras hacía girar la copa entre las palmas—. ¿Estás segura de que ese… faro no puede hacernos daño, Elayne?

—Todo lo segura que puedo estar, Dyelin. Si fuera a resquebrajar el mundo como una nuez, ya lo habría hecho a estas alturas. —Aviendha se echó a reír, pero Dyelin palideció. ¡Vaya! A veces una tenía que reírse aunque sólo fuera para no ponerse a llorar.

—Si nos demoramos mucho aquí después de que la señora Harfor y Norry se hayan marchado, alguien empezará a preguntarse por qué —dijo Birgitte. Gesticuló hacia las paredes señalando la salvaguardia que no podía ver, pero que sabía seguía allí. Las reuniones diarias con la doncella primera y el jefe amanuense siempre ocultaban algo más.

Todas se agruparon alrededor de Birgitte mientras ésta apartaba un par de cuencos de porcelana de los Marinos que había en una mesa lateral y sacó un mapa con muchos dobleces del interior de su chaqueta. Siempre lo llevaba allí, salvo mientras dormía, y entonces lo guardaba debajo de la almohada. Extendido, con copas vacías sobre las esquinas para sujetarlo, el mapa representaba Andor desde el río Erinin hasta la frontera entre Altara y Murandy. A decir verdad, se podría decir que mostraba toda la nación, ya que lo que había más al oeste sólo había estado bajo el control de Caemlyn a medias desde hacía generaciones. Para empezar, no era una obra maestra de cartografía y las arrugas emborronaban gran parte de los detalles, pero mostraba el terreno bastante bien, además de aparecer reseñados todos los pueblos y ciudades, calzadas, puentes y vados. Elayne apartó la taza hasta donde le llegaba el brazo para evitar derramarlo sobre el mapa por accidente y mancharlo más aún. Y para librarse de la asquerosa imitación de té.

—Los de las Tierras Fronterizas se han puesto en marcha —informó Birgitte mientras señalaba un punto en los bosques al norte de Caemlyn, por encima del límite territorial más septentrional de Andor—, pero no han cubierto mucho terreno. A este paso, habrá pasado un mes largo antes de que se acerquen a Caemlyn.

Dyelin giraba la copa de plata, prendida la mirada en el vino, y entonces alzó la vista de repente.

—Creía que vosotros, los norteños, estabais acostumbrados a la nieve, lady Birgitte. —Incluso en estos momentos tenía que sondear, y decirle que no lo hiciera sólo conseguiría que estuviera diez veces más segura de que Birgitte ocultaba algo y veinte veces más decidida a descubrir qué era.

Aviendha la miró ceñuda —cuando no se sentía apabullada con Birgitte a veces se convertía en feroz protectora de los secretos de la arquera—, pero la propia Birgitte sostuvo la mirada de Dyelin con gesto impasible, sin que el vínculo transmitiera atisbo de alarma. Había acabado sintiéndose cómoda con la mentira de sus orígenes.

—Hace mucho tiempo que no piso Kandor. —Aquello era la pura verdad, aunque el tiempo transcurrido era mucho más de lo que Dyelin podía imaginar. Por entonces ni siquiera existía un país llamado Kandor—. Pero no importa a lo que se esté acostumbrado. Mover en invierno a doscientos mil soldados, por no mencionar sólo la Luz sabe cuántos seguidores de campamento, se hace muy lento. Lo que es peor, envié a la señora Ocalin y a la señora Fote a visitar algunos pueblos situados a escasos kilómetros al sur de la frontera. —Sabeine Ocalin y Julanya Fote eran Allegadas que encauzaban—. Dicen que los aldeanos piensan que las gentes de las Tierras Fronterizas han acampado para pasar el invierno.

Elayne chasqueó la lengua mientras miraba ceñuda el mapa y seguía las distancias con un dedo. Había contado con la noticia sobre la presencia de la gente de las Tierras Fronterizas, ya que no con su apoyo. La noticia de un ejército de ese tamaño penetrando en Andor lo habría precedido como un incendio en una pradera seca. Sólo un necio habría pensado que habían recorrido todas esas centenares de leguas para intentar conquistar Andor, pero cualquiera que lo oyera se pondría a especular sobre sus intenciones y qué hacer con ellos, una opinión diferente en cada boca. Es decir, una vez que la nueva empezara a propagarse. Cuando ocurriera tal cosa, ella tendría ventaja sobre todos los demás. Para empezar, había acordado con los norteños que entraran en Andor, y también estaba arreglada su marcha.

La elección no había sido difícil. Detenerlos habría desembocado en derramamiento de sangre, si es que hubiera habido alguna posibilidad de hacerlo, y lo único que querían era una calzada para continuar viaje a Murandy, donde creían que encontrarían al Dragón Renacido. También eso era obra suya. Ocultaron la razón que tenían para buscar a Rand, y ella no estuvo dispuesta a proporcionarles una ubicación verdadera, sobre todo considerando que viajaba con ellos una docena de Aes Sedai y que también habían ocultado ese detalle. Pero una vez que la noticia de su avance llegara a oídos de las Cabezas Insignes…

—Tendría que funcionar —musitó—. Si es preciso, nosotras mismas sembraremos rumores sobre los norteños.

—Debería funcionar —convino Dyelin, que añadió con voz sombría: siempre y cuando Bashere y Bael mantengan bien controlados a sus hombres. Va a ser una mezcla explosiva las gentes de las Tierras Fronterizas, los Aiel y la Legión del Dragón agrupados todos a pocos kilómetros de distancia unos de otros. Y no veo forma de asegurarnos que los Asha’man no hagan una locura. —Terminó con una aspiración despectiva. A su entender, para elegir convertirse en Asha’man un hombre tenía que estar loco, de entrada. Aviendha asintió con la cabeza. Estaba en desacuerdo con Dyelin casi con tanta frecuencia como Birgitte, pero en lo concerniente a los Asha’man era algo en lo que coincidían.

—Me aseguraré de que la gente de las Tierras Fronterizas se mantenga a distancia de la Torre Negra —las tranquilizó Elayne, aunque ya había hecho lo mismo en ocasiones anteriores. Hasta Dyelin sabía que Bael y Bashere controlarían a sus fuerzas; ninguno de los dos hombres deseaba una batalla innecesaria y por supuesto Davram Bashere no lucharía contra sus compatriotas. Pero cualquiera tenía derecho a no sentirse seguro sobre los Asha’man y lo que éstos podrían hacer. Elayne deslizó el dedo desde la estrella de seis puntas que identificaba a Caemlyn hasta esos pocos kilómetros de terreno que los Asha’man habían usurpado. La Torre Negra no aparecía señalada en el mapa, pero sabía perfectamente dónde se ubicaba. Al menos era un punto bastante apartado de la calzada de Lugard. Dirigir a los norteños hacia el sur, a Murandy, sin perturbar a los Asha’man no sería difícil.

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