Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El secreto de Mona Lisa
El secreto de Mona Lisa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
1 ... 100 101 102 103 104 105 106 107 108 ... 118
Перейти на страницу:

Francesco y yo no estábamos solos. Había otros piagnoni de alto rango: siete sudorosos regentes con sus túnicas escarlatas, un puñado de buonomi y miembros del Consejo de los Ocho. El más prominente era el confaloniero Francesco Valori, que ejercía por tercera vez ese cargo; un hombre delgado y de mirada dura, con largos cabellos plateados. Valori había reclamado insistentemente la ejecución de los bigi acusados. Había traído a su joven esposa, una bonita criatura con rizos dorados. Nos saludamos en silencio; luego nos unimos a la multitud delante de la plataforma. Solté la respiración, estaba allí como testigo, no como prisionera. Al menos por el momento.

Los presentes habían estado murmurando los unos con los otros, pero guardaron silencio cuando un hombre subió a la tarima: un verdugo cargado con una pesada hacha de un solo filo. Con él subió otro hombre que colocó sobre la paja un tajo de madera.

«No», susurré para mí misma. Recordé las palabras de mi padre sobre los bigi; no había querido creerlas. Si hubiese encontrado la manera de ver a Leonardo, ¿habría podido impedir aquello?

Francesco inclinó la cabeza hacia mí para indicar que no me había oído, que debía repetírselo, pero no dije nada más. Como los demás, miré el patíbulo, al verdugo, la paja.

Primero se escuchó el tintineo de las cadenas; luego apareció el acusado en el balcón, escoltado por hombres que llevaban largas espadas al cinto.

Bernardo del Nero fue el primero. Siempre había sido un hombre digno, de cabellos blancos, con grandes ojos de mirada solemne y una nariz recta y prominente. Ahora sus ojos estaban casi cerrados del todo; su nariz, retorcida y cubierta con sangre negra, se veía terriblemente hinchada. Ya no podía mantenerse erguido, y se apoyaba en el guardián mientras daba cada paso. Como sus compañeros, había sido forzado a entregar sus zapatos y enfrentarse a la muerte descalzo.

No reconocí al joven Lorenzo Tornabuoni; le habían aplastado el puente de la nariz y su rostro estaba tan tumefacto e hinchado que ya no podía ver en absoluto; tuvieron que guiarlo al bajar la escalera. Lo siguieron otros tres prisioneros: Niccolò Ridolfi, Giannozzo Pucci, Giovanni Cambi; todos ellos torturados, resignados. Ninguno de ellos parecía ser consciente de la asamblea reunida para verlos.

Cuando por fin estuvieron en la tarima, el confaloniero leyó los cargos y la sentencia: espionaje y traición, muerte por decapitación.

A Bernardo del Nero le concedieron la merced de morir primero. El verdugo le pidió su perdón, y él le dijo con una voz frágil que estaba perdonado. Luego miró hacia nuestro grupo y dijo: «Que Dios os perdone a vosotros también».

Estaba demasiado débil para arrodillarse sin ayuda; un guardia lo ayudó a apoyar la barbilla correctamente en el tajo. «Que sea un golpe limpio», dijo mientras el verdugo levantaba el hacha.

No me importó si Francesco no se sentía orgulloso, pero volví el rostro y cerré los ojos. Sin embargo, los abrí de nuevo inmediatamente, sorprendida por una exclamación de los asistentes. Vi de reojo el cuerpo arrodillado de Bernardo que caía hacia un lado; la sangre que trazaba un arco desde el cuello decapitado; un guardia que se movía para levantar un bulto rojo de la paja.

De pronto lo recordé. Recordé aquel día años atrás, en la iglesia de San Marcos, cuando mi madre, con una mirada fija y terrible, miró a Savonarola en el púlpito y le gritó:

– Las llamas te consumirán hasta que tus miembros caigan uno a uno en el infierno. ¡Cinco hombres decapitados te derribarán!

Cinco hombres decapitados.

Di un paso atrás y pisé el pie de uno de los regentes. Francesco me sujetó por el brazo y me mantuvo firme.

– Nervios -le susurró al hombre ofendido-. Perdónala; solo son nervios. Es joven y no está acostumbrada a estas cosas; se repondrá.

Llegaron los guardias y se llevaron el cadáver; trajeron a Tornabuoni, lo obligaron a murmurar las palabras de perdón, a arrodillarse, a morir. Dos más lo siguieron. Giovanni Cambi fue el último. Se desplomó del miedo y tuvieron que arrastrarlo hasta el tajo; murió gritando.

Al final, la paja quedó empapada. El olor de la madera fresca quedó ahogado por el hedor metálico de la sangre.

Cuando Francesco y yo regresamos a casa, aún era noche cerrada. Viajamos en silencio hasta que Francesco habló repentinamente:

– Esto es lo que les ocurre a los partidarios de los Médicis. -Me miraba de forma extraña-. Esto es lo que les pasa a los espías.

Quizá mi palidez resultaba sospechosa; quizá sencillamente hablaba llevado por el deseo de disfrutar de una victoria política. En cualquier caso, no respondí. Pensaba en las palabras de mi madre. Pensaba en mi padre y en lo que le pasaría cuando derribasen al profeta.

65

A medida que refrescaba el tiempo, disminuyó el azote de la plaga en la ciudad. Mi padre volvió a su casa; Francesco volvió a salir con sus prostitutas, y yo iba al mercado y a la iglesia siempre que podía. Una mañana coloqué el libro en mi mesita de noche, a pesar de que no había encontrado ninguna carta nueva en la mesa de Francesco, y al día siguiente fui a la Santissima Annunziata.

Para mi tranquilidad, Leonardo estaba bien. Incluso había trabajado en la pintura. Los fuertes trazos y las sombras de las facciones se habían suavizado con la aplicación de un claro cinabrese, que formaba una translúcida cortina de carne. Comenzaba a parecer humana.

Pero cuando le hablé de la advertencia de mi padre de que los bigi pagarían con su sangre -de mi angustia por no haber podido ir a avisarle-, él respondió:

– Tú no tienes ninguna culpa. Sabíamos del peligro, mucho antes de que tu padre hablase contigo. Si hay alguna falta es mía. No pude utilizar las influencias a tiempo. Lo más horrible de todo es que, incluso aunque hubiésemos podido organizar un rescate… -No pudo continuar.

– Incluso aunque hubiesen podido ser rescatados, no lo habrían hecho. -Yo terminé la frase por él.

– Sí -murmuró-. Ese es el mayor horror. Era mejor que muriesen.

Era verdad; las ejecuciones habían indignado a todos en Florencia, incluso a la mayoría de los piagnoni, que consideraban que el fraile hubiese debido aplicar el mismo perdón que dispensó libremente los días posteriores al derrocamiento de Piero. Isabella, Elena, incluso la devota Agrippina, que nunca se habían atrevido a desafiar a mi marido, ahora criticaban abiertamente a fray Girolamo.

– Mi madre dijo… -comencé, pero me detuve, sin saber muy bien cómo expresar mi pensamiento sin parecer una loca-. Años atrás, mi madre me dijo… que Savonarola sería derrocado. Por cinco hombres decapitados.

– ¿Tu madre? ¿Tu madre te habló de fray Savonarola años atrás?

– Sé que suena muy extraño. Pero… creo que ella dijo algo cierto. Creo que esto causará la derrota de Savonarola. Creo que incluso podría costarle la vida.

Él permaneció inmóvil. Evidentemente muy interesado.

– ¿Alguna vez dijo algo más referente a fray Girolamo?

– Creo que hablaba de él. Gritó: «¡Las llamas te consumirán hasta que tus miembros caigan uno a uno en el infierno! ¡Cinco hombres decapitados te derribarán!».

Lo que dijo Leonardo a continuación me asombró.

– Entonces morirá por el fuego. Estas ejecuciones significarán su derrota. Nosotros la esperaremos, nos prepararemos para cuando suceda.

– Tú me crees.

– Creo en tu madre.

Lo miré durante tanto tiempo que él desvió la mirada y dijo, con inesperada ternura:

– Te dije que había visto a tu madre una vez cuando te llevaba en su vientre.

– Sí.

– Me dijo que daría a luz una niña. Me dijo que pintaría tu retrato. -Vaciló-. Le di el medallón de Juliano asesinado. Le pedí que te lo diera a ti, como un recuerdo.

1 ... 100 101 102 103 104 105 106 107 108 ... 118
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)