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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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De pronto sentí ganas de llorar. Busqué su mano.

La Signoria intentó desesperadamente recuperar el amor del pueblo por Savonarola. Encargó una medalla para honrar a fray Girolamo, con su horrible perfil estampado en una cara y en la otra la imagen de una mano sin cuerpo que empuñaba una espada debajo de la leyenda Ecco gladius Domini super terram cito et velociter. Todavía peor, lo alentaron a desafiar la orden papal de no predicar, así que Francesco anunció que él y yo iríamos juntos a escuchar al profeta. Mi padre no se sentía bien y prefirió quedarse en casa.

Los regentes habían decidido que el lugar más apropiado para el regreso de Savonarola al púlpito era la catedral, para dar cabida a la multitud que se esperaba. Pero cuando Francesco y yo entramos a la catedral, me sorprendió descubrir que no estaba llena ni siquiera hasta la mitad. No todos, al parecer, estaban ansiosos por arriesgarse a ser excomulgados por un papa furioso.

La decisión de Francesco de asistir al sermón despertó mi curiosidad. Después de la ejecución de los cinco bigi se había vuelto receloso en todo lo referente a Savonarola. Ya no se vanagloriaba de los éxitos de los piagnoni ni hablaba con entusiasmo del profeta, y cuando Agrippina dejó deslizar un comentario crítico del fraile, no dijo ni una palabra. Pero nuestra asistencia a aquel desafiante sermón era una muestra del más ferviente apoyo. También podía ser una muestra del deseo de Francesco de controlar a su portavoz y la reacción pública. Aquel día no hubo lloros en la catedral, ninguna emoción en el ambiente; los ciudadanos se mostraban sobrios y cautos, y cuando Savonarola subió al púlpito, guardaron un expectante silencio.

El aspecto de fray Girolamo era inquietante. Había ayunado durante sus meses de silencio y se le veía más consumido que antes, con los ojos oscuros, agujeros en un rostro de marfil amarillento. Sujetó los lados del púlpito y miró a los feligreses; exudaba una vibrante miseria, una desesperación tan profunda que se sentía obligado a compartirla o se volvería loco. Su respiración era tan fuerte y furiosa que veía los movimientos del pecho desde mi asiento.

Cuando finalmente habló me sobresalté; había olvidado lo aguda y rechinante que era su voz.

Comenzó en tono bajo, humilde, mientras recitaba el texto: «Señor, cómo han aumentado mis atormentadores. Cuántos hay que se levantan contra mí».

Agachó la cabeza y, durante más de un minuto, estuvo demasiado conmovido para hablar. Finalmente, dijo:

– Solo soy una herramienta del Señor. No busco la fama, no busco la gloria; le he suplicado al Señor poder vivir la sencilla vida de un monje y hacer voto de silencio, no volver a aparecer en el púlpito. Aquellos de vosotros que me habéis criticado, que habéis dicho que debía intervenir en la política de Florencia, ¿no veis que me he contenido por humildad, no por crueldad? No fui yo quien empuñó el hacha, no fui yo… -Cerró los ojos-. ¡Señor, deja que cierre los ojos y me tienda! ¡Déjame disfrutar de un tiempo de silencio! Pero Dios no me escucha. ¡Él no me deja descansar!

El fraile respiró con un sonido desgarrador.

– Dios no me deja descansar. Es Su voluntad que hable, que hable contra los príncipes de este mundo, sin miedo a la represalia.

A mi lado, Francesco se tensó.

– ¿Falto al respeto al papado? -preguntó fray Girolamo-. ¡No! Es la institución de Dios. ¿No dijo Jesús: «Sobre esta roca construiré mi iglesia»? Así es, y todos los buenos cristianos deben honrar al Papa y respetar las leyes de la Iglesia.

»Pero un profeta o un papa es simplemente un instrumento de Dios, no un ídolo al que rendir culto. Un profeta que deja acallar su lengua no puede seguir siendo un instrumento…

»De la misma manera, un papa que quebranta las leyes de Dios es una herramienta rota, un instrumento inútil. Si su corazón está lleno de maldad, si sus oídos no escuchan, ¿cómo puede Dios usarlo? ¡No puede! Así que los buenos cristianos deben discriminar entre las leyes de Dios y las de los hombres.

»Alejandro es una herramienta rota, y mi excomunión es una herejía. Vosotros que habéis venido hoy lo sabéis en vuestros corazones. Aquellos que se han mantenido lejos por miedo al Papa son unos cobardes, y Dios se ocupará de ellos.

Miré a mi marido. Los ojos de Francesco eran fríos, miraban directamente hacia delante. En la catedral reinaba un silencio poco habitual y las palabras de Savonarola resonaban en la bóveda de la cúpula.

El predicador exhaló un suspiro y sacudió la cabeza tristemente.

– Intento hablar bien de Su Santidad, pero cuando vengo aquí, al lugar sagrado de Dios, me siento obligado a decir la verdad. Debo confesar lo que Dios mismo me ha dicho: «Girolamo -me dijo-, si eres prohibido en la tierra, entonces serás bendecido un millar de veces en el cielo».

El profeta levantó los brazos hacia el techo y sonrió como si escuchase a Dios, y cuando Dios acabó de hablar, el fraile gritó en respuesta:

– ¡Oh, Señor! ¡Si alguna vez busco que se me absuelva de esta excomulgación, envíame directamente a las entrañas del infierno!

Noté una corriente de aire en la catedral. Provenía de los oyentes; cada uno de ellos había soltado un jadeo indignado. Francesco estaba entre ellos.

Luego el fraile inclinó humildemente la cabeza. Cuando miró de nuevo a la congregación, habló con una voz razonable y gentil.

– Pero ¿cómo debo dirigirme a mis críticos, que dicen que no hablo en el nombre de Dios? Os lo diré ahora, el Señor en Su infinita sabiduría, muy pronto dará una señal para silenciarlos para siempre. No tengo ningún deseo de tentar a Dios; pero si es necesario, le daré a Florencia su milagro.

Francesco se mostró distraído durante el trayecto a pie hasta el carruaje. Estaba tan absorto en sus pensamientos que, cuando le hablé, me miró y por un instante pareció no reconocerme.

– Fray Girolamo necesita un milagro -comenté con cauteloso respeto-. Esperemos que Dios provea uno pronto.

Mi marido me dirigió una mirada penetrante, pero no replicó.

¡Malditos sean Ascanio Sforza y su hermano Ludovico! ¡Maldita sea la carta del profeta a los príncipes! Uno de los agentes de Ludovico la consiguió, y el cardenal Ascanio la entregó directamente a las manos ansiosas del Papa. Nuestro control de la Signoria no puede durar. Incluso los piagnoni están divididos ahora. Si el fraile continúa como tú dices, el interdicto papal de Florencia es inevitable.

He intentado hacer con Su Santidad del mismo modo que hice con Pico. Pero Alejandro es demasiado astuto, está muy bien protegido. No hay ninguna esperanza de que podamos reemplazarlo por alguien más favorable a nuestros objetivos.

El tiempo del profeta se está agotando rápidamente, y el mío aún no ha llegado. Ya no puedo confiar en las tropas papales; no tengo suficientes amigos en la Signoria. ¡Pero no me rendiré! Aún queda una manera. Dale al profeta su milagro.

Si eso fracasa, debemos encontrar el modo, rápidamente, de ser agradables a la Signoria y al pueblo. Si a Savonarola le toca ser el diablo, entonces debo ser presentado como el salvador. Considéralo, y dime tu opinión.

En el estudio de la Santissima Annunziata miré el retrato en el caballete. La pintura aún se estaba secando -una capa de un pálido rosa daba un suave brillo a mis mejillas y labios-, así que no me atreví a tocarla, aunque mis dedos flotaban ansiosos en el hueco de mi cuello.

– Allí hay un poco de azul -dije. También había verde; una leve insinuación de una vena debajo de la piel. Seguí la línea con el dedo; sentí que, si podía apoyarlo en la madera, notaría mi propio pulso-. Parece como si estuviese viva.

Leonardo sonrió.

– ¿No lo habías visto antes? Hay veces que creo que la veo latir. En ese lugar tu piel es muy translúcida.

– Por supuesto que no. Nunca me he mirado en el espejo durante tanto tiempo.

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