El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Te creo, te creo -dijo Remi.
Richard se volvió a los Estados Unidos, fue a Georgia e ingresó con desconfianza el cheque de quinientos mil dólares. Estaba lleno de inquietud. Esperaba que aparecieran agentes del orden y lo rodearan enseñándole las pistolas y las placas. Pero no pasó nada de aquello, y, para asombro y alegría de Richard, el cheque se cobró.
Richard empezó a preguntar a gente de la Mafia a la que había ido conociendo a lo largo de los años sobre las mejores maneras de mover el dinero. También habló con un abogado fiscal de Hoboken que conocía y que trabajaba mucho con gente del hampa. Con esa nueva información, Richard trazó un plan para mover el dinero haciéndolo pasar por varios bancos, uno de Luxemburgo, otro en las islas Caimán, y otro en Nueva Jersey, para dispersar los fondos de tal modo que no se pudieran detectar. Todo esto sucedía a pesar de las leyes bancarias actuales, que dificultan mucho más este tipo de transacciones.
Phil Solimene llamó a Richard varias veces pidiéndole que se pasara por la tienda, diciéndole que tenía «cosas buenas», pero Richard se encontraba por entonces muy ocupado con sus nuevas operaciones, estaba enfrascado en aquello, y ya no se sentía tan a gusto como antes en la tienda. Sabía que Percy House se había vuelto un soplón, y temía que a él lo relacionaran de algún modo con los asesinatos de Danny Deppner y de Gary Smith.
Por entonces, Richard pensaba mucho y a fondo en matar a Richie Peterson, antiguo novio de su hija Merrick. Era un punto flaco, sabía demasiado; pero, en último extremo, Richard decidió no hacerlo. Peterson le caía bien, y a Barbara también. Esperaría. Pero también sabía que había cometido un error al confiar sus asuntos a Peterson.
Richard tenía que volver a Zúrich para ocuparse del árabe. Preparó cuidadosamente el espray de cianuro, lo metió en un bote de espray especial, lo envolvió bien y lo guardó en su bolsa de aseo. Tenía que salir para Zúrich al día siguiente por la tarde. Pero antes tenía aquel asunto pendiente del traficante que tenía encerrados a aquellos niños en el sótano. Richard no se había olvidado de ellos; no dejaban de representarse sus rostros, y no podía descansar mientras no hubiera arreglado aquel problema, como decía él.
Cargó un revólver del 38 con balas de punta hueca, le puso un silenciador y fue en su coche a la casa del traficante. Le costó trabajo encontrar la casa, pero la localizó por fin. Era cerca de la medianoche. Richard pasó despacio ante la casa. Había luces encendidas en la planta baja. Siguió adelante por la carretera, aparcó su coche, se puso unos guantes de plástico y volvió hasta la casa andando con su paso rápido y largo. Entró sin titubear por el camino particular de acceso y se dirigió a la casa.
De pronto saltó una alarma y se encendieron las luces. Richard se quedó inmóvil. Las luces se apagaron. No pareció que nadie se hubiera dado cuenta. Llegó rápidamente a la casa y se movió a lo largo de la fachada, evitando el radio de acción de la alarma. En aquella región había ciervos, y Richard supuso que el traficante ya se había acostumbrado a que los ciervos hicieran saltar la alarma, y había bajado la guardia.
Con movimientos rápidos de felino, Richard llegó hasta la parte trasera de la casa. Se acercó a una ventana de la planta baja. No estaba cerrada con pestillo. La abrió muy despacio, y con dos movimientos rápidos ya estaba dentro de la casa aquel hombre grande, imponente, de una seriedad mortal. Oyó voces de hombres y avanzó hacia las voces, pisando con silencio. Había tres hombres, el traficante y otros dos a los que no había visto nunca Richard, sentados ante una mesa de comedor. Levantó el revólver del 38, apuntó, disparó enseguida a los dos primeros, dos tiros rápidos, pum, pum. El tercer hombre, conmocionado, estaba mirando a un lado y a otro para enterarse de qué demonios había pasado, cuando también recibió un tiro y cayó al suelo. Richard se cercioró de que todos habían muerto. Después fue directamente a la puerta que daba al sótano, corrió el cerrojo y la abrió.
– ¿Alguno de vosotros sabe contar hasta veinte? -dijo en voz alta.
Nadie respondió.
– He dicho que si alguno de vosotros sabe contar hasta veinte repitió.
– Yo sí -dijo una niña.
– Vale, muy bien. Cuando yo te lo diga, empieza a contar. Y cuando hayas terminado, todos podéis subir hasta aquí. En la cocina hay un teléfono. Esos hombres ya no os pueden hacer daño. No tengáis miedo. ¡Todo ha terminado! Llamad a la Policía, marcad el 911. Después, salid todos de la casa. La Policía os llevará con vuestras familias. De acuerdo: empieza a contar -dijo Richard; y se dirigió a la puerta principal, la abrió y se marchó, dejando la puerta abierta de par en par. Recorrió rápidamente el camino de entrada, llegó a la calle, volvió hasta su coche y regresó a su casa de Dumont. Ya se sentía mejor. Estaba seguro de que aquellos niños no tardarían en estar en buenas manos. Aquella noche durmió bien.
A la mañana siguiente, después de llevar a Barbara a desayunar en una buena cafetería, fueron a echar de comer a los patos en Demarest, que era, casualmente, la población donde se había criado Pat Kane. Richard estaba con un buen humor fuera de lo común. Barbara parecía contenta. Richard no había dicho nada de sus últimos negocios, ni ella se lo había preguntado. Se sentaron en un banco verde de madera a la orilla del estanque tranquilo y echaron de comer a los patos. Los patos se alegraban siempre de ver a Richard, lo conocían, y él los conocía a ellos. Había puesto nombre a muchos de ellos. Después, Richard dejó a Barbara en casa, fue a verse con John Spasudo y lo puso al día, sin contarle que había matado al traficante y a sus amigos ni decirle nada de que pensaba ir a matar a aquel árabe. Después de ver a Spasudo, Richard fue en su coche a Paterson. Phil Solimene ya le había llamado media docena de veces, y Richard quería ver de qué se trataba. Estaban allí reunidos los sospechosos habituales. Como de costumbre, todos se alegraron de ver a Richard, el Grande, el rey de la selva en persona. Dominick no estaba. Solimene y Richard se retiraron a solas a la trastienda.
– ¿Dónde te habías metido, Grandullón? -le preguntó Solimene.
– He estado ocupado -dijo Richard, sin decir nada de sus viajes a Zúrich. Seguía confiando en Solimene; sencillamente, era reservado por naturaleza y por costumbre.
– El otro día vino por aquí un viejo amigo mío -dijo Solimene-. Tiene un montonazo de armas, lo que quieras, hasta lanzagranadas, joder.
– ¿De verdad? ¿De dónde las saca?
– De la capital, del centro. Lo conozco desde hace veinte años. Estuvo fuera de la circulación una temporada. Si necesitas cualquier cosa, yo me encargo… cualquier cosa.
– No; de momento voy bien. ¿Puede conseguir granadas de mano?
– Desde luego, joder. Creo que tiene no se qué contactos en el Ejército.
– ¿Cómo se llama?
– Dom Provanzano.
– ¿Es pariente de Tony Pro?
– Puede, no lo sé con seguridad.
– Vale; me alegro de saberlo -dijo Richard; y dejó el tema. Tenía otras cosas en la cabeza, asuntos más importantes.
Solimene le preguntó por qué no se había pasado por allí últimamente.
– ¿Pasa algo malo, Grandullón?