El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Richard no quería pasar las fiestas lejos de su casa, de modo que dejó el viaje siguiente a Europa hasta después de Año Nuevo. Como de costumbre, Barbara celebró la Navidad por todo lo alto. Se gastó alegremente una fortuna en regalos, pasó varios días cocinando montañas de comida. Como de costumbre, Richard estaba callado y serio, pero cumplía fielmente con las apariencias de estarlo pasando bien. Pero sí que disfrutaba al repartir los regalos la mañana de Navidad, con gorro y camisa roja de Papá Noel.
Richard regresó a Zúrich poco después de Año Nuevo. Volvió a tomar una habitación en el Hotel Zúrich. Había intimado más con Remi. Este había cumplido siempre con todo lo que le había prometido, era hombre de palabra. Richard había llegado a apreciar a Remi en la medida en que era capaz de ello. Richard seguía participando en las operaciones de divisa nigeriana, pero no eran tan lucrativas como los cheques falsos. Y Remi todavía tenía pensado otro proyecto que expuso a Richard. No sabía cómo había conseguido Richard que al árabe le diera un infarto, pero estaba tan impresionado que consideraba a Richard capaz de llevar a cabo cualquier cosa. El nuevo proyecto consistía en robar un gran cargamento de diamantes de un tratante belga. Richard tomó un tren para visitar a Remi en la ciudad donde vivía, Amberes, y Remi le explicó que tenía tratos con un guardia de seguridad de un gran almacén de diamantes. Richard acompañó a Remi a ver aquel lugar. Estaba en el corazón mismo del famoso barrio de los diamantes de Amberes.
Richard se quedó maravillado al ver tantos diamantes hermosos expuestos, no había visto nunca nada como aquello, pero el plan no le gustaba en absoluto. La seguridad era más estrecha que el culo de una monja, según comentó hace poco, y no quería saber nada de intentar hacer allí ningún robo a mano armada. Había por todas partes guardias de seguridad armados, de cara seria, cámaras de vigilancia dispuestas estrategicamente para cubrirlo todo, y solo se entraba y se salía por una calle principal, una verdadera ratonera para el que quisiera huir rápidamente.
Esto no es para mí-dijo a Remi. Aunque Richard había disfrutado mucho viendo aquellos diamantes, no quería saber nada de robar allí.
De vuelta en Zúrich, Richard recibió un nuevo cheque; se volvió a los Estados Unidos, bajó a Georgia y lo ingresó. No sabía cuánto tiempo duraría aquel negocio; por eso trabajaba con diligencia.
Cuando Richard regresó a Dumont, tenía más recados de Phil Solimene. Richard le devolvió las llamadas. Solimene volvió a invitarlo a que se pasara por la tienda. Richard dijo que se vería con él en un Dunkin' Donuts de allí cerca, subió a su coche y fue a verse con Solimene. Se saludaron dándose un abrazo y besándose, como tenían por costumbre. Hablaron de la muerte de Castellano, de la habilidad con que John Gotti había conseguido tomar el mando de la familia.
– Tiene huevos y tiene maña -dijo Solimene, sondeando a Richard en busca de información, como le había pedido Kane. Pero Richard no dijo nada de su intervención en el asesinato.
Seguía confiando en Solimene, sí, pero aquello no era asunto suyo. Richard tampoco le contaba nada de sus viajes a Europa; aquello tampoco era asunto de Solimene. Richard le dijo:
– Phil, te lo digo como amigo: deja la puta tienda. Ya ha dado de sí lo que debía. Se acabó. Ha llegado la hora de pasar a otras cosas.
– ¿Es que te has enterado de algo, Grandullón?
– Lo que sé es que eso no puede durar toda la vida. Los polis saben lo que hay. El puto Percy House se ocupó de ello.
Aquel era un punto de fricción entre los dos. Solimene había dicho muchas veces que él respondía de House, pero los hechos habían demostrado lo equivocado que estaba.
– Mira -dijo Richard-, yo sé que uno se puede equivocar… que es cuñado tuyo, y no te guardo rencor a ti. Pero deja la tienda. Es mi consejo, lo puedes tomar o dejar.
– ¿Eso crees? -Sí.
– La dejaré, pronto.
– Bien.
– Ese Dom del que te he hablado… está consiguiendo a la gente cosas estupendas.
– ¿Crees que podría hacerse con algo de cianuro? -preguntó Richard como sin darle importancia.
– Claro, joder. ¿Por qué no te lo presento?
– Ahora mismo estoy muy ocupado, y la verdad es que ya conozco a bastante gente.
A pesar de los deseos de Solimene de promocionar más a Polifrone, se calló de momento; tenía mucho miedo a despertar las sospechas de Richard. Sabía que aquello equivalía a una muerte segura.
– Se lo preguntaré -dijo; y no añadió más.
Richard seguía sintiendo grandes deseos de matar a Percy House. Con él suelto, colaborando con las autoridades, Richard era vulnerable. Richard preguntó a Solimene si sabía dónde estaba Percy, si su mujer tenía noticias de él.
– No, no sé nada en absoluto, Rich. No tengo ni idea de dónde está -dijo Solimene.
– ¿Y Barbara Deppner?
– He oído decir que está con una hermana, pero no sé donde -dijo Solimene. Richard suponía, con razón, que si la Policía supiera verdaderamente algo acerca de él, ya lo habrían detenido; y al cabo de poco tiempo volvió a viajar a Zúrich y recibió otro cheque; pero antes tuvo que matar a un segundo hombre relacionado con el árabe al que había asesinado con el espray de cianuro. Este hombre tenía oficinas en un edificio nuevo en el centro de Zúrich. Remi explicó a Richard que el hombre amenazaba ahora con descubrir al banquero asiático.
– ¿Cuántos saben lo de ese tipo, joder? -preguntó Richard.
– Demasiados -dijo Remi.
El segundo tipo era un cambista de divisas, un tipo desagradable y pendenciero, según contó Remi a Richard. Este se puso en contacto con el hombre, le hizo creer que estaba interesado en hacer negocios con él, fue a su oficina a última hora del día y, en el momento oportuno, sacó un cuchillo que había comprado cerca de la Estación Central y se lo clavó al hombre en la nuca. Cortar el cuello y la arteria carótida era demasiado engorroso. Richard dejó al cambista allí muerto, ante su escritorio. Teniendo en cuenta la atención y el interés que tenía puesto la Policía en Richard, resulta asombroso que pudiera viajar con tanta libertad, salir y entrar del país a voluntad sin que nadie se enterara siquiera. Esto sucedía porque la Policía había renunciado a intentar seguir a Richard.
Pat Kane entró en su casa con la cara larga. Ya estaban a finales de la primavera y no habían avanzado nada.
– Creo que lo hemos perdido -dijo a Terry-. Todos… todos tenían razón. Sencillamente, es demasiado listo para mí, para nosotros, para lo que intentamos hacer.
– Patrick, lo atraparás. No te rindas. Tú no eres así-dijo Terry; y él comprendió que tenía razón. El no era así en absoluto.
48
Por entonces, Richard había llegado a despreciar a John Spasudo.
Si no hubiera sido porque le resultaba útil, porque Spasudo le proponía aquellos negocios tan rentables, Richard ya lo habría matado varias veces. Su relación hizo aguas, por así decirlo, una vez que Richard fue a visitar a Spasudo para entregarle un dinero, su parte del último cheque. Cuando Spasudo abrió la puerta, no invitó a Richard a pasar. Qué cosa más rara, pensó Richard.
– ¿Qué pasa, es que huelo mal? -preguntó Richard, ofendido.