El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Me caen bien -dijo Barbara.
– Sí; a mí también. Una pareja muy agradable dijo Richard, sin tener idea del vendaval de justicia que estaba llevando Solimene a su puerta, y que ya empezaba a bramar y a cernerse en lontananza.
Era el 16 de diciembre de 1985, un día que pasaría a los anales de la Mafia. Paul Castellano iba a asistir a una reunión, acordada con mucho tiempo, con Armand Dellacroce, para darle el pésame por la muerte del padre de Armand, Aniello Dellacroce. Si Paul hubiera tenido los ojos bien abiertos, si hubiera estado atento, en guardia, habría tomado las debidas precauciones. No era ningún secreto que John Gotti odiaba a Paul, que Gotti era extremadamente ambicioso. Las señales eran patentes, pero Paul Castellano no las veía; de hecho, estaba ciego ante ellas. Llevaba ya cosa de nueve años dirigiendo la familia Gambino. A casi todos los miembros de la familia les parecía que aquello ya duraba demasiado.
El Asador de Sparks estaba en la calle Cuarenta y Dos Este, entre las avenidas Segunda y Tercera. Es una calle de mucho tráfico. Se trataba de un restaurante caro, elegante, de los favoritos de Paul. En la mayoría de los escaparates había decoraciones navideñas. En la esquina bulliciosa de la Segunda Avenida, un Papá Noel del Ejército de Salvación hacía sonar una campanilla y decía «ho, ho, ho». La Navidad estaba en el aire. Las calles estaban llenas de gente que iba de tiendas, de gente que volvía del trabajo o que iba a reunirse con amigos. Paul Castellano debía llegar a las cinco y media. Era un maniático de la puntualidad. Se esperaba que fuera puntual.
Richard salió de su casa aquella tarde a las dos. Se había puesto dos jerséis gruesos y, encima, una gabardina. Llevaba en el bolsillo izquierdo el gorro que le había dado Gravano, un 38 en el bolsillo derecho, dos pistolas más bajo el cinturón. También llevaba un cuchillo atado a la pantorrilla y, en el bolsillo izquierdo, el walkie-talkie que le había dado Gravano. En vez de ir a Manhattan en su coche tomó el autobús. No quería tener que preocuparse de que nadie lo viera subir o bajarse de su coche, ni que quedara ninguna huella de que su coche había estado en Nueva York. Llevaba puesta una gorra de un sindicato. La perspectiva de aquel trabajo, su peligro, su audacia, lo emocionaba. Aquello era lo que le gustaba hacer a Richard: tentar al destino, forzar la suerte al límite, atravesar esa frontera peligrosa. No sentía ningún miedo ni tensión, solo euforia. Era un cazador que perseguía a una presa grande.
Richard salió del edificio de la Autoridad Portuaria y caminó hacia la parte alta por la Octava Avenida, pasando ante muchas tiendas que vendían pornografía de la que distribuía él. Dobló a la derecha por la calle Cuarenta y Seis y se dirigió al este, hacia el Sparks. Las calles estaban abarrotadas de gente que iba de compras, turistas navideños, gente bulliciosa en la ciudad más bulliciosa del mundo. Había mucho tráfico, ruido constante de bocinas, tintineo metálico de campanillas en las manos con guantes blancos de los Papá Noel que había en casi todas las esquinas.
Richard, según sus planes, había llegado un poco temprano y mataba el tiempo mirando escaparates, entrando y saliendo de las tiendas, avanzando poco a poco hacia el este, midiendo el tiempo cuidadosamente para llegar en el momento oportuno. Había estado explorando aquella manzana el día anterior y sabía exactamente dónde se colocaría. Teniendo en cuenta que la calle Cuarenta y Seis era de un solo sentido hacia el este, él se pondría en el lado norte de la calle, para poder avanzar directamente hacia su objetivo por la espalda. Cuando Richard llegó a la Tercera Avenida, se puso el gorro de piel ruso. El walkietalkie sonó. Comunicaron a Richard que Paul llegaría a su hora. Se situó ante el Sparks, en la acera de enfrente, y se puso a esperar. Nadie se fijó en él, a nadie le importaba. Mientras estaba allí de pie, no tenía idea de quién serían los otros asesinos del equipo. No era por casualidad. Así lo querían Gravano y Gotti.
Si alguien llevaba pistola, sería Tommy Bilotti, el guardaespaldas de Paul. Richard se aseguraría de que no le diera tiempo de echar mano a la pistola, ni mucho menos servirse de ella. Aquella era su misión. Lo haría bien, o moriría en el intento.
A Richard le parecía que todo iba a cámara lenta. Las imágenes y los sonidos se volvían más agudos, más precisos y definidos. Esperó. A las cinco y media en punto llegó ante el restaurante el coche oscuro que usaba Paul para ir por la ciudad. Paul iba en el asiento trasero. El coche se detuvo. Se acercaron a él rápidamente, como aparecidos por arte de magia, hombres con gabardinas y gorros de piel. Richard saltó a la acción. Se dirigió al coche, cruzando la calle con rapidez. Cuando Castellano se bajó del coche, lo estaban esperando dos hombres con gabardinas y gorros de piel rusos que le dispararon con pistolas inmediatamente. No se enteró siquiera de que había pasado. Tonnny Bilotli no tuvo tiempo de reaccionar: conmocionado, atónito, vio por la ventanilla cómo mataban a Paul, sin llevar la mano a la pistola, con las dos manazas apoyadas en el techo del coche. Ni siquiera vio llegar a Richard cuando este se le acercó y lo mató de un tiro, se volvió y se alejó rápidamente por la Segunda Avenida, perdiéndose entre la multitud alborotada. Richard se volvió para cerciorarse de que no lo seguían. Llevaba todavía en la mano la pistola, dispuesto a matar a cualquiera que cometiera la estupidez de seguirle los pasos. No lo seguía nadie.
Paró un taxi en la Segunda Avenida e hizo que lo llevara a la parte alta. Se bajó del taxi en la calle 100 y un segundo taxi lo dejó directamente en la estación de autobuses de la Autoridad Portuaria. Se quitó la gabardina y el sombrero de piel, pagó al taxista, entró tranquilamente en la estación de autobuses y tomó un autobús para volver a Nueva Jersey, confundiéndose con la multitud apresurada de trabajadores y de gente que volvía de tiendas cargada de paquetes. Se bajó del autobús en Bergenfield y echó la gabardina, el gorro y el walkie-talkie a un contenedor verde, procurando empujarlos hasta el fondo del contenedor para que no los encontraran. Acto seguido, se volvió a su casa caminando tranquilamente, disfrutando del aire frío de diciembre, contento por lo bien que había ido todo, como un reloj. Pensó que Gravano y Gotti lo habían planeado todo de manera impecable.
Cuando llegó a su casa, Barbara y Chris estaban envolviendo regalos de Navidad. Richard se comió su cena, que Barbara le había guardado caliente. Después vio boletines de noticias que contaban que Paul Castellano y su conductor habían sido abatidos a tiros y habían muerto, y que todos los asesinos habían conseguido huir.
Cuando Pat Kane se enteró del asesinato de Castellano, pensó inmediatamente que Richard podía tener algo que ver con ello. Kane sabía que Richard había tenido relaciones especiales con la familia Gambino y era lógico pensar que pudiera estar complicado en el asunto. Llamó a la unidad de crimen organizado del DPNY, les expuso su sospecha, y le dijeron que todo había sucedido con tal rapidez y eficacia que no habían podido encontrar a ningún testigo capaz de darles una descripción detallada y aprovechable.
Unos tipos con gabardinas, todos con los mismos gorros de piel, ya sabe, de esos rusos, nada más. Es lo único que tenemos hasta ahora -le dijo Kenny McGabe, detective del DPNY.
– ¿Era alguno de ellos un hombre especialmente grande? -le preguntó Kane.
– No podemos saberlo, de momento -respondió McGabe.
Pero algo decía a Kane que Richard estaba metido en aquello. Parecía un trabajo de los que eran su especialidad. (Y tenía razón otra vez.) Comentó esto a algunos compañeros suyos de la Policía estatal, al teniente Leck y al detective Ernest Volkman, pero ambos opinaron que Kane iba por mal camino, que se estaba agarrando a un clavo ardiendo. Cosa extraña, si se tiene en cuenta que Kane llevaba tanto tiempo por el buen camino.