El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Pensó que le sería imposible llegar hasta un teléfono. Era insensato aventurarse bajo aquella tormenta. Lo mejor sería esperar a que amainara. Por suerte había vuelto a seguir la ruta establecida, sin apartarse un ápice, así que el Lobo sabría dónde encontrarle... Pero ¿qué vehículo podría llegar hasta él en aquellas condiciones?
Restallaron dos relámpagos, muy juntos, seguidos por el estallido del trueno. Harry notó un cosquilleo en sus pies húmedos y al instante fue consciente del peligro. Se abrió camino penosamente hasta la camioneta y subió a ella. No estaba aislada del suelo, pero parecía el lugar más seguro para esperar a que pasara la tormenta eléctrica... y por lo menos no había dejado el correo abandonado. Aquello le había preocupado. Era mejor entregarlo tarde que exponerse a que lo robaran.
Se dispuso a ponerse tan cómodo como pudiera. Las horas pasaban y no había signo alguno de que la tormenta fuese a amainar.
Harry durmió mal. Se preparó un nido en el compartimiento de carga, utilizando circulares de compras y el periódico de la mañana. Se despertó a menudo, oyendo siempre el interminable tamborileo de la lluvia sobre la chapa. Cuando la tierra y el cielo, confundidos primero en una negrura iluminada por los relámpagos, pasaron a un gris opaco, Harry miró atentamente a su alrededor y encontró la botella de leche del día anterior. Su premonición de que podría necesitarla se había cumplido. Pero la leche no bastaba. Tenía hambre. Y además echaba en falta su café matinal.
—Lo tomaré en la siguiente casa que visite —se dijo, e imaginó una gran taza de café humeante, quizá con un chorrito de coñac, aunque nadie más que Gillcuddy iba a ofrecérselo.
La lluvia había aflojado un poco, y la intensidad del viento también había disminuido. «O es eso o me estoy quedando sordo. ¡Me estoy quedando sordo! Bueno, tal vez no.» Alegre por naturaleza, encontraba con rapidez el lado divertido de una situación difícil. «Menos mal que hoy no es el día de reparto de basura.»
Apartó los pies de la saca de cuero donde habían permanecido secándose durante la larga noche, y se puso las botas. Luego miró el correo. La luz apenas era suficiente.
—Sólo cogeré las cartas. Dejaré los libros.
Se preguntó si debería llevarse también el Congressional Record del senador Jellison y las revistas. Decidió hacerlo. Al final habían metido en la saca todo menos los paquetes más grandes. Se levantó y abrió con dificultad la portezuela, que ahora era como una escotilla, pues el lateral y el techo del vehículo habían invertido sus posiciones. Arrojó la saca al exterior y luego salió él. La lluvia seguía cayendo, y colocó un trozo de plástico sobre la saca.
El barro se había ido acumulando junto a la camioneta y llegaba al nivel de las ruedas. Harry se echó la saca al hombro y empezó a andar. Notó el suelo inestable bajo sus pies y se apresuró a salir de allí.
Tras él, los árboles cedieron bajo el peso de la camioneta y el barro. Las raíces se separaron del suelo y el vehículo, perdidos sus apoyos, empezó a deslizarse, cada vez con más rapidez.
Harry meneó la cabeza. Aquel había sido probablemente su último circuito. A Wolfe no le gustaría perder un vehículo. Harry empezó a subir la resbaladiza cuesta embarrada, mirando a su alrededor en busca de un palo. Por fin encontró un tronco que sobresalía del barro, largo y flexible.
La marcha fue más fácil una vez llegó a la carretera. Iba cuesta abajo, desandando el largo desvío desde la casa de los Adams. El pesado barro se desprendió de sus botas y notó los pies más ligeros. No perdía de vista la falda de la colina, en previsión de que hubieran más deslizamientos de barro.
—Tengo el pelo completamente mojado —refunfuñó—, pero así conservo el cuello caliente.
La carga era pesada. Lástima que no tuviera un cinto para sujetarla a la cadera. Decidió cantar para entretenerse:
«Salí a dar un paseo junto al estanque, qué suerte si encontrara un machacante y pudiera pagar la maldita cuenta. Tenía la garganta seca y sedienta, y elevé una plegaria a las alturas rogando me sacaran de tales apreturas...»
Llegó al final de la pendiente y vio una torre de transmisión destrozada. Los cables de alta tensión cruzaban la carretera de un lado a otro. La torre de acero había sido alcanzada por un rayo, quizá por varios, y parecía retorcida en la punta. ¿Cuánto tiempo llevaría así? ¿Y por qué no había ido nadie a repararla? Harry se encogió de hombros. Entonces observó los cables telefónicos. También habían sido derribados. No podría llamar desde el próximo lugar al que llegara.
Llegó a la puerta de los Miller. No se veía a nadie. En el sendero de acceso no había huellas recientes de automóviles. Harry se preguntó si se habrían marchado la noche anterior. Desde luego, no lo habían hecho hoy. Sus pies se hundieron en el barro mientras subía el largo camino hasta la casa. El teléfono no funcionaría, pero podría conseguir una taza de café, a lo mejor hasta le llevarían a la ciudad.
Harry llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta. La puerta estaba ligeramente entreabierta. Dio una voz a través de aquella abertura, pero nadie contestó. Notó el olor de café.
Se quedó inmóvil un momento, y luego sacó dos cartas y un ejemplar de Ellery Queen's Mistery Magazine, empujó la puerta y entró en la casa, con la correspondencia en la mano, como el pasaporte de un embajador. Cantó en voz alta:
«Encontré de improviso a un viejo conocido, Jock O'Leary de nombre, alcohólico perdido. Estaba alicaído por falta de cerveza. Fui hasta su yacija y le acerqué mi cabeza. Se puso muy contento, pero le duró poco: su mujer de un disparo le atravesó el coco. Le acerqué nuevamente la cabeza y resucitó, mas la testa sonriente por el suelo rodó, esta vez su mujer se la había cortado. Para ella llegó el momento esperado. Se puso de rodillas y así al cielo oró: ¡Cuarenta años aguanté y por fin se acabó!»
Harry dejó el correo sobre la mesa de la sala, donde solía amontonar los impresos el día de reparto de basura, y se dirigió a la cocina, atraído por el olor del café. Siguió cantando en voz alta. Así no le dispararían creyéndole un intruso.