Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
1 ... 93 94 95 96 97 98 99 100 101 ... 189
Перейти на страницу:

—Bueno, sírveme una taza.

—¿Un poco de coñac?

—Ten un poco de respeto por el uniforme... Bueno, diablos, no puedo negarme.

—Por mi editor —dijo Gillcuddy levantando la taza—. Dijo que si no cumplía con el contrato no me quedarían ganas de firmar más.

—Es una profesión dura.

—Sí, pero se gana dinero.

Harry creyó oír vagamente el estruendo de un trueno en la distancia. ¿Se acercaba una tormenta de verano? Sorbió el café. Desde luego, era un brebaje de primera.

Cuando salió afuera no vio ninguna nube de tormenta. Harry estaba en pie desde la madrugada. Los granjeros del valle seguían extraños horarios, lo mismo que los carteros. Había visto el brillo perlino de la cola del cometa que envolvía la Tierra. Era como la neblina formada por el humo y la contaminación, sólo que limpia. Había una extraña inmovilidad en el ambiente, como si el tiempo hubiera quedado en suspenso, esperando algo.

De modo que Jason Gillcuddy regresaba a Chicago, hasta la próxima vez que tuviera que recluirse para ponerse a régimen y escribir otra novela. Harry le echaría de menos. Jason era el hombre más culto del valle, tal vez con la excepción del senador... que era realmente un hombre de carne y hueso. Harry lo había visto ayer desde lejos, cuando llegó en un vehículo del tamaño de un autobús. Tal vez le vería hoy.

Harry conducía a buena marcha en dirección a la casa de Adams cuando la camioneta empezó a dar saltos. Frenó. ¿Se habría pinchado un neumático? La carretera se movía y parecía retorcerse, y el vehículo se bamboleaba locamente. ¡A pesar de que se había detenido seguía moviéndose! Cerró el contacto. ¿Aun así seguiría moviéndose?

Pensó que no debería haberse fijado en aquella botella de coñac, pero en seguida le asaltó la idea de que podría tratarse de un terremoto. Los temblores habían cesado. Se dijo que en aquella región no había líneas de fallas.

Prosiguió la marcha, más lentamente. La granja de Adams se encontraba a bastante distancia en la nueva ruta que había trazado para llegar allí temprano. No se atrevía a subir a la casa, con lo que ganaba un par de minutos. La señora Adams no había vuelto a quejarse, pero hacía semanas que Harry no veía a Donna.

Harry se quitó las gafas de sol. El día había oscurecido sin que se diera cuenta, y seguía oscureciéndose: las nubes recorrían el cielo con una velocidad desacostumbrada, y los relámpagos brillaban entre sus negras masas. Harry no había visto nunca algo parecido. Sí, era una tormenta de verano. Iba a llover.

Soplaba un viento de todos los demonios. El aspecto del cielo había pasado de feo a horrendo. Harry no había visto jamás semejante agitación de nubes negras ni tal aparato eléctrico. Pensó que debería haber dejado el correo en el buzón de la entrada. Así se vengaría de la señora Adams. Pero tal vez sería Donna la que tendría que ir a buscar las cartas bajo la tormenta. Harry avanzó hasta la casa y aparcó bajo el voladizo del porche. Al bajar del coche empezó a llover, y aquel voladizo apenas ofrecía protección. El viento lanzaba la lluvia en todas direcciones.

Si al menos fuera Donna quien abriera la puerta... Pero lo hizo la señora Adams, cuyo rostro no mostró el menor signo de placer al verle. Harry alzó la voz por encima del fragor de la tormenta.

—Su correo, señora Adams —le dijo en un tono tan frío como la expresión de la dama.

—Gracias —dijo ella, y cerró la puerta bruscamente.

Llovía a cántaros, y el agua, al mezclarse con el polvo acumulado en la camioneta, formaba sucios arroyuelos marrones que avergonzaron a Harry. No creía que el vehículo estuviera tan sucio. Subió a bordo, ya medio empapado, y arrancó.

¿Sería frecuente en el valle aquella clase de tiempo? Hacía un año que Harry vivía allí, y no había visto nada ni remotamente parecido. ¡Era como el Diluvio Universal! Estaba deseando preguntarle a alguien qué opinaba de aquello, a cualquiera, menos la señora Adams.

Hasta aquel día, el valle había estado bajo los efectos de la estación seca. El breve curso de agua de Carper Creek apenas tenía espesor, era un riachuelo que mojaba la base de los pulidos cantos rodados blancos que formaban su cauce, por lo menos hasta aquella mañana. Pero cuando Harry Newcombe pasó por el puente de madera, las aguas arremolinadas llegaban a tal altura que de vez en cuando rebasaban la orilla. La lluvia seguía cayendo furiosamente.

Harry siguió adelante. Tenía que dejar dos sobres en el buzón de Gentry. Sólo había visto una vez al granjero, y en aquella ocasión Gentry le había apuntado con una escopeta. Era un ermitaño y no tenía necesidad de recibir puntualmente el correo. A Harry no le gustaba aquel hombre.

Las ruedas de la camioneta perdieron el contacto con el suelo firme y giraron de un modo desconcertante antes de volver a posarse en la carretera. Harry se dijo que antes o después quedaría atrapado en el fango. Ya había perdido la esperanza de completar su ruta. Tal vez podría pedir un poco de comida y un sitio para dormir en casa de los Miller.

Llegó a un tramo de la carretera muy empinado. Avanzó lentamente, cegado por la lluvia, los relámpagos y la oscuridad en los intervalos. Vio un espacio vacío a su izquierda y la ladera de una colina a la derecha, todo ello cubierto de árboles. Empezó a rodear la colina. Dentro del vehículo el aire era caliente y estaba completamente húmedo.

De repente frenó en seco. Se había producido un deslizamiento de tierras que cruzaba la carretera, arrastrando troncos desgajados y ramas. Pensó por un momento en volver atrás, pero ello significaba pasar de nuevo por las casas de Gentry y los Adams, lo que no le hacía ninguna gracia. La lluvia ya había disuelto parte del barro acumulado, y la cuesta arriba no era tan pronunciada. Metió la primera marcha y avanzó sobre el barro. La camioneta se tambaleó. Harry trató de enderezarla usando el volante y el acelerador, mordiéndose los labios. Era inútil, pues el mismo barro estaba en movimiento. ¡Tenía que salir de allí! Dio gas y las ruedas giraron en vano mientras el vehículo se ladeaba. Harry cerró el contacto, se echó al suelo del vehículo y se cubrió el rostro con los brazos.

La camioneta empezó a oscilar, balanceándose como un barco anclado, hasta que el balanceo la hizo volcar. Cayó sobre algo sólido, rodó por encima y chocó con otro obstáculo. Finalmente se detuvo. Harry levantó la cabeza.

Un tronco de árbol había roto el parabrisas. Antes de quebrarse, el vidrio de seguridad se había curvado hacia adentro. Aquel tronco y otro más mantenían el vehículo sujeto, como si fueran cuñas. Estaba volcado sobre el lado del pasajero, y para levantarlo haría falta bastante ayuda, por lo menos un remolque y hombres provistos de sierras mecánicas.

Harry había sido retenido por el cinturón de seguridad. Lo desabrochó cautelosamente y llegó a la conclusión de que no estaba herido.

¿Qué haría ahora? Tenía el deber de proteger el correo, pero no podía quedarse allí todo el día. Consideró las posibilidades de completar la ruta, y se echó a reír, porque era evidente que no podría hacerlo en lo que restaba del día. Tendría que dejar que el correo se acumulara hasta el día siguiente. El Lobo se pondría furioso... y Harry no podría evitarlo.

Cogió la carta certificada para el senador Jellison y se la guardó en el bolsillo. Había un par de paquetes pequeños que a Harry le parecieron valiosos, y se los metió en otro bolsillo. Los paquetes grandes, los libros y el resto del correo tendrían que esperar.

Salió de la camioneta y empezó a andar bajo la lluvia, que le azotaba el rostro, le cegaba y empapaba. El barro se deslizaba bajo sus pies, y tuvo que agarrarse a un árbol para no caer al turbulento torrente en que se había convertido el riachuelo. Permaneció allí inmóvil durante largo rato.

1 ... 93 94 95 96 97 98 99 100 101 ... 189
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)