Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
El doctor Andújar lo felicitó por su decisión.
– Realmente, es una magnífica idea. En Gerona hacía falta una clínica así y solucionarás incluso el problema de algunos médicos jóvenes que quieren licenciarse del Ejército. Tendrás un gran éxito y te resarcirás de las condiciones en que te ves obligado a trabajar en el Hospital.
– Sí, pero tendré que traerme de fuera el personal subalterno. Las monjas no me gustan, ya sabes. Y estoy dispuesto a pagar lo que sea para contar con un buen anestesista.
– ¡Oh, claro! El anestesista es el alma del quirófano.
– El alma no sé. El alma, tal vez sea el enfermo; pero desde luego es una de las piezas clave.
CAPÍTULO XXIX
El Gobernador no se bañaba en agua de rosas. Cruzaba, ¡a qué negarlo!, una etapa difícil. Sus disputas con María del Mar lo desasosegaban, como es natural, aunque estaba habituado a ellas y sabía que su esposa no cambiaría, que su único afán era renunciar a toda actividad pública y regresar a Santander. Pero él estaba decidido a continuar en la brecha, precisamente porque, pese a la inauguración de los comercios, al auge de la provincia en muchos aspectos y a la laboriosidad de sus habitantes, hechos que no se podían negar, ocurrían a su alrededor cosas que no le gustaban ni pizca. Cosas que a lo mejor no hubieran ocurrido en Almería si lo hubieran destinado allí; o por lo menos, no en igual medida.
Resumiendo, el Gobernador no estaba ciego y cuando preguntaba: "¿No te ilusiona todo esto?", se refería más bien al futuro que al presente. Sí, tenía plena confianza en el porvenir de España y no compartía las dudas del doctor Chaos respecto a la calidad de la raza, que juzgaba inferior a las llamadas nórdicas. Su fe en la eficacia del Movimiento Nacional era insobornable. Sin embargo, tenía plena conciencia de que todo cuanto Manolo y Esther decían sobre la creciente ola de inmoralidad que azotaba la provincia, era verdad.
Muchos factores se habían confabulado para que tal situación se produjese: las necesidades de la posguerra; la dureza de aquel invierno; la guerra internacional. Esta última cortaba de raíz las fuentes de suministro que hubieran podido hallarse en otros países. Nada podía llegar por la frontera francesa. Y en cuanto al mar, era un mar plagado de minas magnéticas y de buques de vigilancia, hasta el punto que los pocos mercantes españoles que iban a América, en uno de los cuales viajaba Sebastián Estrada, hermano de Alfonso, habían sido pintados con los colores de la bandera nacional, para que su neutralidad fuera reconocida y respetada.
De modo que el racionamiento impuesto por la Delegación de Abastecimientos y Transportes, donde trabajaban el señor Grote y Pilar, iba haciéndose cada día más riguroso, con la consiguiente alarma del vecindario y el aumento de la especulación. Ya Amanecer dedicaba entera la segunda página a reseñar las consabidas instrucciones: hoy reparto de arroz; mañana, de garbanzos; pasado mañana, de alubias. Prácticamente todo estaba intervenido, incluso el material óptico, y se había creado un organismo denominado Servicio Nacional del Trigo para controlar la distribución de la harina y la elaboración del pan. Para la circulación de determinados productos se expedían guías especiales. Se hablaba de la cebada como sucedáneo del café, de suerte que, en el Nacional, el camarero Ramón gritaba ya: "¡Un exprés de cebada!". Escaseaban el tabaco y el azúcar. En resumen, se había vuelto a una situación que distaba mucho de parecerse a la del período 'rojo', pero que obligaba a las amas de casa a hacer toda clase de equilibrios. Los hados adversos habían decretado que la abundancia, que la maravilla de los escaparates rebosantes de artículos de toda índole, durara sólo unos meses. Manolo y Esther habían dicho: "Como el Gobernador no pare esto, media población vivirá del robo". La hipérbole apuntaba certero. Ahora bien, ¡qué difícil ponerle remedio! La Policía y la Guardia Civil se mostraron dispuestas a colaborar, pero hubieran sido necesarios tantos ojos como estrellas tenía el firmamento de enero. La guerra había enseñado a las gentes mil argucias para ocultar lo inocultable y para valorizar escandalosamente cualquier mercancía.
El Gobernador optó por añadir, al clásico sistema de las multas, el del bochorno público: hizo estampar en el periódico el nombre y los apellidos de los infractores. Pero no había forma de detener el alud. Cada día la lista de nombres era más numerosa y cada día era más audaz el ingenio de quienes querían amasar dinero a toda costa. Los tenderos sisaban; los joyeros compraban joyas procedentes de requisas de la guerra; los fabricantes de embutidos utilizaban carnes residuales; los constructores de viviendas ponían más arena que cemento; había quien acaparaba la calderilla; se adulteraban el alcohol… y hasta los tubos de inhalaciones. Los campesinos, los payeses, volvían a adueñarse de la situación. Querían comprar bañeras, objetos lujosos y aparatos de radio. Las familias residentes en la ciudad, sobre todo en Gerona y Figueras, tenían que arrodillarse, ¡otra vez!, ante ellos. De nuevo la venganza del surco contra el asfalto. El Gobernador quería asegurar por lo menos el suministro del pan y del aceite, por considerarlos artículos básicos, pero no conseguía evitar las más extrañas mezclas. Por otra parte, aumentaron en forma insospechada los rateros. Gerona recibió una oleada de gitanos y gitanas, que robaban la ropa tendida en las azoteas y los cepillos de las iglesias. Aparecieron también infinidad de "traperos". Al principio, actuaban aisladamente, cada cual con su carrito; pero pronto surgió un almacenista al por mayor -¡el patrón del Cocodrilo!- que dirigió las operaciones. Alquiló dos grandes locales en el barrio, en los que una docena de mujeres, con un pañuelo cubriéndoles la cabeza, seleccionaban el cobre, la lana, el papel… Una anciana medio bruja, llamada Rufina, que hasta entonces había andado por el monte recogiendo hierbajos, se convirtió en la pieza maestra de este negocio de discriminación. La apetencia de los traperos se intensificó de tal forma que muy pronto, sin dejar de husmear en los montones de basura, se decidieron lisa y llanamente por robar: robar neumáticos, artículos de cuero, cañerías de plomo y hasta lavabos…
Fueron unos meses duros, durante los cuales el Gobernador no pudo menos de recordar las advertencias del profesor Civil y del notario Noguer, al regreso de la Cerdaña, cuando él, entusiasmado por el recibimiento de que fue objeto, afirmó que el pueblo catalán era sentimental, tocado de infantilismo, y que debía gobernarse con sentido paternalista. "Los gerundenses -había objetado el profesor Civil- despertarán pronto de su beatitud y entrarán en un período de rabiosa ambición". "Mi impresión -había corroborado el notario Noguer- es que este espíritu de colaboración que encuentra usted ahora, es esporádico. ¡No querría decepcionarlo! Pero considero que la tarea de usted va a ser más compleja que la de mecer un niño en la cuna". El Gobernador, evocando estas palabras, barbotó: "¿Por qué habrá estallado, precisamente ahora, esa guerra europea? ¿Por qué?".
El Gobernador, decidido a actuar, empezó por practicar detenciones. Al dueño de un colmado de la Rambla, colmado La Inmaculada -denominación que desagradaba a Carmen Elgazu-, le fue descubierta una despensa repleta de géneros intervenidos, y el hombre ingresó en la cárcel. También fue detenido un funcionario del Servicio Nacional del Trigo, que se había convertido en el hombre de paja de un arrocero de País que se dedicaba a moler clandestinamente. Fue detenido el contable de Auxilio Social, hombre de confianza del profesor Civil, al que éste sorprendió en combinación con un importante mayorista de cereales. El comisario Diéguez, con su clavel blanco en la solapa, se dedicó a recorrer los trenes nocturnos y descubrió latas de aceite en la barriga de mujeres aldeanas que simulaban estar encinta. Etcétera. Todo ello originaba una desagradable situación, pues tales detenidos eran mezclados en la prisión con los reclusos políticos, los cuales los sometían a toda clase de vejámenes.