Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
El rostro de Wald Ober no resultaba visible, pero en su voz era fácilmente perceptible un matiz sarcástico.
—Pantallas imperiales de la cuarta generación, con triple redundancia y frecuencias superpuestas, con todas las fases de protección coordinadas por los ordenadores de su nave. Su casco está hecho con placas de aleación especial. Le dije que habíamos estado investigando.
—Su avidez de conocimientos me parece de lo más encomiable —dijo Tuf.
—Puede que su siguiente sarcasmo sea el último que profiera, mercader. Así que más le valdría intentar que, al menos, sea bueno. Lo que intento decirle es que conocemos a la perfección todos sus recursos y sabemos, hasta el decimocuarto decimal, la cantidad de castigo que pueden absorber las defensas de una sembradora del CIE y que estamos preparados para darle más de lo que puede manejar —giró la cabeza a un lado—. Listos para empezar el fuego —le ordenó secamente a un subordinado invisible. Cuando el oscuro casco giró nuevamente hacia Tuf, Ober añadió. Queremos el Arca y no podrá impedir que la consigamos. Treinta segundos.
—Me temo que no estoy de acuerdo con ello —dijo Tuf con voz tranquila.
—Harán fuego cuando yo dé la orden —dijo Ober. Si insiste en ello, me encargaré de ir contando los últimos segundos de su vida. Veinte. Diecinueve. Dieciocho…
—Jamás había oído contar con tal vigor —dijo Tuf—. Por favor, le ruego que no se deje distraer por mis malas noticias y no cometa ningún error.
—… Catorce. Trece. Doce.
Tuf cruzó las manos sobre el estómago.
—Once. Diez. Nueve —Ober miró con cierta inquietud a un lado y luego nuevamente hacia la pantalla.
—Nueve —anunció Tuf—, un número precioso. Normalmente le sigue el ocho y luego el siete.
—Seis —dijo Ober, con voz algo vacilante—. Cinco.
Tuf aguardó en silencio.
—Cuatro. Tres —dejó de contar— ¿Qué malas noticias? —rugió súbitamente encarándose con la pantalla.
—Caballero —dijo Tuf—, si piensa usted gritar, tenga la bondad de ajustar el volumen de su comunicación —alzó un dedo. Las malas noticias son que el mero acto de abrir un agujero en las pantallas defensivas del Arca, lo cual no tengo duda alguna de que le resultará fácil conseguir, pondrá en funcionamiento un pequeño dispositivo termonuclear que he situado con anterioridad en la biblioteca celular de la nave, destruyendo con ello todo el material de clonación que hacen del Arca una nave sin parangón, de valor incalculable y ampliamente codiciada por todos.
Hubo un largo silencio. Los relucientes sensores escarlata que ardían bajo el oscuro visor de Wald Ober parecieron arder aún más ferozmente al clavarse en la pantalla que mostraba los impasibles rasgos de Tuf.
—Está mintiendo —dijo por último el comandante.
—Ciertamente —dijo Tuf—, me ha descubierto. Qué idiotez por mi parte el suponer que me resultaría fácil engañar a un hombre de su perspicacia con un engaño tan clara mente infantil. Y ahora me temo que abrirá fuego contra mí, haciendo pedazos mis pobres y anticuadas defensas, con lo cual demostrará que he mentido. Permítame un instante para despedirme de mis gatos —cruzó las manos lentamente sobre su gran estómago y esperó a que el comandante le contestara. La flota de S’uthlam, según indicaban sus instrumentos, se encontraba ahora a distancia de tiro.
—¡Eso es justamente lo que haré, condenado aborto! —gritó Wald Ober.
—Aguardaré con abatida resignación —dijo Tuf sin moverse.
—Tiene veinte segundos —dijo Ober.
—Me temo que mis noticias le han confundido, ya que la cuenta anterior se había detenido en el número tres. Sin embargo, aprovecharé sin vergüenza alguna su error para saborear todos los instantes de vida que aún me quedan.
Durante un tiempo que pareció interminable se contemplaron en silencio. Cómodamente instalado en el regazo de Tuf, Dax empezó a ronronear. Haviland Tuf movió la mano y empezó a pasarla suavemente sobre su largo pelaje negro. Dax aumentó el volumen de su ronroneo y empezó a clavar sus garras en las rodillas de Tuf.
—¡Oh! ¡Váyase al infierno, condenado aborto! —dijo Wald Ober señalando con un dedo la pantalla. Puede que haya logrado detenernos por el momento, Tuf, pero le advierto que ni sueñe con la posibilidad de irse. Su biblioteca celular se perdería igualmente para nosotros si escapara y caso de tener que elegir entre su huida y su muerte, me quedo con su muerte.
—Comprendo su posición —dijo Haviland Tuf—, aunque yo, por supuesto, optaría por la huida. Sin embargo, tengo una deuda que saldar con el Puerto de S’uthlam y no puedo huir tal y como usted teme sin perder mi honor, con lo cual le ruego acepte mis garantías de que tendrá todas las oportunidades del mundo para contemplar mi rostro, y yo su temible máscara, mientras permanecemos atrapados en esta incómoda situación.
Wald Ober nunca tuvo la ocasión de replicar. Su máscara de combate se esfumó de la pantalla y fue reemplazada por un rostro femenino, no demasiado agraciado. Tenía labios anchos; una nariz que había sido rota en más de una ocasión; una piel aparentemente dura como el cuero y con el tono entre azul y negro que es resultado de una prolongada exposición a las radiaciones duras y de muchas décadas consumiendo píldoras anticarcinoma, y unos ojos claros que brillaban entre una red de pequeñas arrugas. Todo ello iba rodeado por una asombrosa aureola de cabellos grises.
—Eso es lo que pasa por hacernos los duros —dijo ella. Ha ganado, Tuf Ober, a partir de ahora es usted una escolta honorífica. Cambie la formación y acompáñele a la telaraña, ¡maldición!
—Qué amabilidad y consideración —dijo Haviland Tuf—. Me complace informarle de que estoy en condiciones de efectuar el último pago que se le debe al Puerto de S’uthlam por las reparaciones del Arca.
—Espero que haya traído también un poco de comida para gatos —dijo secamente Tolly Mune. Ese teórico suministro «para cinco años» que me dejó, se agotó hace ya dos —suspiró. Supongo que no sentirá deseos de retirarse y vendernos el Arca.
—No, ciertamente —replicó Tuf.
—Ya me lo pensaba. De acuerdo, Tufi vaya abriendo la cerveza. Hablaré con usted tan pronto llegue a la telaraña.
—Sin la menor intención de ser irrespetuoso, debo confesar que en este momento no me encuentro en el estado anímico más propicio para atender a una huésped tan distinguida. El comandante Ober me ha informado, hace muy poco, que fui juzgado y declarado criminal y hereje, concepto que me resultaba de lo más curioso dado que, ni soy ciudadano de S’uthlam, ni profeso su religión dominante, pero no por ello ha dejado de inquietarme. En estos momentos me encuentro dominado por el miedo y la preocupación.
—Oh, eso —dijo ella—. Era sólo una formalidad carente de todo significado práctico.
—Ya veo —dijo Tuf.
—¡Infiernos y maldición! Tuf, si vamos a robar su nave necesitamos una buena excusa legal, ¿no? Somos un condenado gobierno. Se nos permite robar todo lo que nos venga en gana, siempre que podamos adornarlo con una reluciente cobertura legal.
—Rara vez durante mis viajes me he encontrado con un funcionario político dotado de una franqueza como la suya, debo admitirlo. La experiencia me resulta más bien refrescante. Con todo, y pese a encontrarme ahora algo más tranquilo, ¿qué garantías tengo de que no continuará en sus esfuerzos por apoderarse del Arca una vez esté a bordo?
—¿Quién, yo? —dijo Tolly Mune. Vamos, ¿cómo podría hacer algo semejante? No se preocupe, vendré sola —sonrió—. Bueno, casi sola. Espero que no tendrá objeción a que me acompañe un gato, ¿verdad?
—Ciertamente que no —dijo Tuf—, y me complace saber que los felinos entregados a su custodia han prosperado durante mi ausencia. Estaré esperando ansiosamente su llegada, Maestre de Puerto Mune.