La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
Sus ojos color avellana me miraban muy serios, su mandíbula estaba tensa.
– ¿Qué ibas a decirme?
Él sonrió nerviosamente.
Se oyó el sonido de los goznes de hierro y la puerta de la zona trasera se abrió, dejando a la vista la gruesa silueta de la señora Townsend. Sus mejillas regordetas estaban rojas por haber estado junto al fuego y la boca dibujaba una «o» de emoción.
– ¡Aquí están! ¿Qué hacéis ahí fuera con este frío? -exclamó, y dirigiéndose a los que estaban dentro dijo-: Ya les anuncié que eran ellos. -Se volvió para hablar con nosotros-. Le dije al señor Hamilton: «Oigo voces afuera». Él respondió que era sólo mi imaginación, porque no había razón para que alguien deseara estar a la intemperie en lugar de entrar en un lugar cálido y agradable. Yo contesté que no podía darle una explicación, pero que, salvo que mis oídos me engañaran, ahí estabais. Y así fue. Tenía razón, señor Hamilton -gritó la cocinera antes de extender su brazo e invitarnos a pasar-. Pasad, os vais a morir de frío ahí afuera.
20. La elección
Había olvidado cómo era la zona de servicio de Riverton: la oscuridad, los techos bajos, el frío suelo de mármol. Había olvidado también el viento invernal que entraba desde el jardín, que silbaba a través de las grietas abiertas entre los bloques de piedra. La casa del número diecisiete, en cambio, contaba con los sistemas más novedosos de aislamiento y calefacción, instalados por iniciativa de Deborah.
– Pobrecita -dijo la señora Townsend abrazándome, invitándome a apoyar mi cabeza en su cálido pecho. Los hijos que nunca tuvo podrían haber disfrutado de una agradable sensación. Pero, como mi madre sabía de sobra, la familia era lo primero que un sirviente debía sacrificar-. Ven, siéntate. Myra, prepara una taza de té para Grace.
– ¿Dónde está Katie? -pregunté sorprendida.
Todos se miraron entre sí.
– ¿Qué ha ocurrido? Nada desagradable, supongo. Alfred me lo habría dicho.
– Se ha casado -reveló Myra con disgusto antes de dirigirse rápidamente a la cocina.
No podía creerlo. La señora Townsend bajó la voz y dijo velozmente:
– Un tipo del norte, que trabaja en las minas. Yo la había enviado al pueblo con un encargo, y allí lo conoció. Niña tonta. Todo ocurrió con una rapidez espantosa. No me sorprendería que hubiera un bebé en camino.
La cocinera se alisó el delantal, complacida con el efecto que sus palabras habían tenido sobre mí, y miró hacia la cocina.
– Trata de no hablar de eso delante de Myra, está verde de rabia, como los dedos de un jardinero, aunque ella asegure que no es así.
Asentí, demudada. ¿La pava de Katie casada? ¿Con un hijo en camino?
Mientras trataba de acostumbrarme a las importantes novedades, la señora Townsend seguía insistiendo en que me sentara junto al fuego, en que estaba demasiado delgada y pálida y que un poco de su budín de Navidad me ayudaría a restablecerme. Cuando salió para buscar una porción, sentí que todos me miraban atentamente. Aparté a Katie de mis pensamientos y me interesé por saber cómo estaban las cosas en Riverton.
Todos permanecieron en silencio, mirándose unos a otros, hasta que el señor Hamilton habló.
– En fin, Grace, las cosas no siguen como tú las recuerdas.
Le pregunté a qué se refería.
– Todo es mucho más tranquilo ahora -explicó alisándose la chaqueta-. Trabajamos a un ritmo más lento.
– Esto parece un castillo fantasma -comentó Alfred, inquieto. Desde que llegamos se había quedado junto a la puerta-. Los de arriba vagan de un lado a otro como almas en pena.
– ¡Alfred! -le llamó la atención el señor Hamilton, aunque con menos vigor del que yo habría esperado-. Estás exagerando.
– No exagero, señor Hamilton. Grace es una de nosotros, podemos decirle la verdad. -Alfred me miró-. Es lo que te conté en Londres. Desde que la señorita Hannah se fue, el amo no ha vuelto a ser el mismo.
– Es cierto que estaba alterado, pero no sólo porque la señorita Hannah se había ido en malos términos con él, sino también porque perdió su fábrica y a su madre -aclaró Myra. Luego se inclinó hacia mí-. Si pudieras ver cómo están las cosas arriba… Todos ponemos nuestro mayor empeño, pero no es fácil. Él no permite que contratemos gente para hacer reparaciones, dice que el ruido de los martillos lo altera. Nos hemos visto obligados a clausurar la mayor parte de las habitaciones. Como asegura que ya no recibirá invitados, cree que no es necesario desperdiciar tiempo y energía en tareas de mantenimiento. Una vez me descubrió limpiando la biblioteca y estuvo a punto de pedir mi cabeza. -Myra echó un vistazo al señor Hamilton-. Ya nadie se ocupa de controlar las cuentas.
– Porque no hay una mujer que dirija la casa -sentenció la señora Townsend, que mientras regresaba con una porción de pudín se lamía la nata del dedo-. Siempre es así cuando falta una mujer.
– Él pasa la mayor parte del tiempo en el salón -prosiguió Myra-, fumando su pipa y mirando por la ventana. O escuchando viejas canciones. A veces da miedo.
– Ya es suficiente, Myra -interrumpió el señor Hamilton, con cierta impotencia-. No nos corresponde criticar al amo -concluyó, y se quitó las gafas para frotarse los ojos.
– Sí, señor Hamilton -respondió Myra. Luego me miró y dijo rápidamente-. Tendrías que verlo, Grace. No lo reconocerías. Ha envejecido en muy poco tiempo.
– Lo he visto -afirmé.
– ¿Dónde? -preguntó el señor Hamilton algo alarmado y volvió a ponerse las gafas-. Espero que no haya estado vagando cerca del lago.
– Oh, no, señor Hamilton. Nada de eso -le aseguré-. Lo vi en el cementerio del pueblo, en el funeral de mi madre.
– ¿Estuvo en el funeral? -exclamó Myra abriendo los ojos.
– Lo distinguí observando en la colina que está junto al cementerio. Desde allí podía verlo todo.
El señor Hamilton miró a Alfred pidiendo confirmación. Él se limitó a encogerse de hombros.
– Yo no lo vi.
– Pero estaba allí -aseguré con firmeza-. Estoy segura de haberlo visto.
– Espero que sólo haya salido a dar un paseo, a tomar un poco de aire -comentó el señor Hamilton sin convicción.
– No caminó demasiado -advertí vacilante-. Se quedó de pie, como desorientado, mirando hacia la tumba.
El señor Hamilton y la señora Townsend se miraron.
– Sí, bien, siempre tuvo predilección por tu madre, mientras trabajó aquí.
– ¿Predilección? -exclamó la señora Townsend arqueando las cejas-. ¿Llama a eso predilección?
Los miré a ambos. En su expresión había algo que no podía comprender. Una información que yo desconocía.
– ¿Y cómo van tus cosas, Grace? -se interesó súbitamente el señor Hamilton, apartando los ojos de la señora Townsend-. Ya hemos hablado bastante de nosotros. Háblanos de Londres. ¿Cómo está la joven señora Luxton?
Sus voces sonaban lejanas. En mi mente algo se estaba definiendo. Susurros, miradas, insinuaciones que habían revoloteado en ella durante largo tiempo, empezaban a tomar forma de manera reveladora.
– ¿Y bien, Grace? -se impacientó la señora Townsend-. ¿Te ha comido la lengua el gato? ¿Qué noticias puedes darnos de la señorita Hannah?
– Lo siento, señora Townsend -me disculpé-. Estaba distraída.
Como todos me miraban ansiosos, les conté que Hannah estaba bien. Me pareció que era lo correcto. De otro modo, no habría sabido por dónde empezar: las discusiones con Teddy, la visita a la adivina, la inquietante afirmación de que ya estaba muerta. Decidí hablar, en cambio, de la hermosa casa, de los vestidos de Hannah y de sus elegantes invitados.