Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
1 ... 90 91 92 93 94 95 96 97 98 ... 127
Перейти на страницу:

– He preparado una sopa para la cena. Tal vez no se parezca a lo que sueles comer en la gran casa de Londres, pero será suficientemente buena para personas sencillas como yo.

– Me encantará la sopa.

Comimos en silencio. La tía ocupó la cabecera de la mesa. A sus espaldas la cocina irradiaba calor. Yo elegí el asiento de mi madre, junto a la ventana. La escarcha se había convertido en nieve y golpeteaba contra los cristales de la ventana. Por lo demás, el único ruido perceptible era el que hacían nuestras cucharas y, ocasionalmente, el crepitar del fuego en la cocina.

– Supongo que quieres ver a tu madre -señaló mi tía cuando dimos por terminada la cena.

Mi madre estaba tendida en su colchón, con el cabello castaño suelto, echado hacia atrás. Yo estaba acostumbrada a verla con el pelo recogido. Pude apreciar que era muy largo y mejor que el mío. Alguien, quizá mi tía, la había cubierto con una manta liviana que le llegaba hasta el mentón, como si estuviera dormida. Parecía más ajada, más vieja, más consumida de lo que recordaba. Era difícil distinguir su silueta bajo la manta. Después de tantos años, el colchón se había ahuecado con la forma de su cuerpo. Incluso parecía que no estaba allí, que se había desintegrado.

Bajamos y mi tía preparó el té. Lo bebimos en la sala de estar sin apenas hablar. Después comenté que estaba cansada debido al viaje, y comencé a estirar sobre el sofá las sábanas y la manta que mi tía me había preparado, pero no pude encontrar el almohadón de mi madre, no estaba en su lugar. Mi tía me observaba.

– Si lo que buscas es el almohadón, lo tiré. Estaba raído y mugriento. Le descubrí un agujero en la parte de abajo. Y pensar que lo suyo era la costura. -Chasqueó la lengua-. Me gustaría saber qué hacía con el dinero que yo le enviaba.

Mi tía se fue a dormir en la habitación contigua a la de su hermana muerta. Oí el crujido del suelo de madera, y el chirriar de los muelles de la cama. Luego la casa quedó en silencio.

Tendida en el sofá, a oscuras, no podía conciliar el sueño. Imaginaba a mi tía observando con mirada crítica los objetos de mi madre, a quien la muerte había tomado desprevenida, sin darle la posibilidad de prepararse para dar mejor impresión. Debería haber llegado yo primero para ocuparme de eso. Por fin, lloré un poco.

La enterramos en el cementerio, cerca del prado de la feria. El cortejo fúnebre fue reducido pero respetable: la señora Rodgers, la propietaria de la tienda de vestidos del pueblo para quien mi madre hacía trabajos de costura. Y el doctor Arthur. Era un día gris, como correspondía a la ocasión. El aire estaba fresco y todos sabíamos que la nieve volvería a caer de un momento a otro. El vicario leyó rápidamente un pasaje de la Biblia, con un ojo atento al cielo. No supe si su mirada se dirigía a Dios o si le preocupaba el tiempo. Habló sobre el deber y la responsabilidad, y la dirección que imprimen al curso de la vida.

No puedo recordar los detalles, mi mente estaba dispersa. Seguía tratando de recordar cómo era mi madre durante mi infancia. Es gracioso. Ahora que soy vieja los recuerdos acuden a mi mente sin que los invoque: mi madre enseñándome cómo limpiar las ventanas para que no quedasen marcas; mi madre cociendo el jamón para Navidad mientras el vapor le quitaba vitalidad a su cabello; mi madre haciendo un gesto de desaprobación cuando la señora Rodgers le decía algo acerca de su esposo. Pero entonces sólo pude ver el rostro hundido de la noche anterior.

Una ráfaga de aire helado azotó mi falda, que se adhirió a las medias. Miré hacia el cielo, cada vez más oscuro, y distinguí una silueta en la colina, junto al antiguo roble. Era un hombre. Un caballero, hubiera asegurado. Tenía un largo abrigo negro y un sombrero rígido y brillante. Llevaba un bastón, o tal vez fuera un paraguas cerrado. En un primer momento no le presté demasiada atención. Supuse que era alguien que visitaba otra tumba. Era extraño que un caballero, que seguramente tendría un cementerio familiar en su propia finca, llorara a un difunto entre las tumbas del pueblo. Pero en aquel momento no lo pensé.

Cuando el vicario arrojó el primer puñado de tierra sobre el ataúd de mi madre, volví a mirar hacia el árbol. El caballero todavía estaba allí. Observándonos, según advertí. Había empezado a nevar, y miró hacia arriba. Pude ver su rostro.

Era el señor Frederick, aunque estaba muy cambiado. Como un personaje de cuento de hadas que ha sido víctima de una maldición, había envejecido súbitamente.

El vicario concluyó apresuradamente, y el hombre de la funeraria ordenó que, habida cuenta de las condiciones climáticas, la tumba se cubriera rápidamente.

Mi tía estaba junto a mí.

– Qué descaro -farfulló.

Creí que se refería al sepulturero o incluso al vicario. Pero cuando seguí la dirección de su mirada comprobé que se refería al señor Frederick. Me pregunté cómo podía saber quién era. Supuse que mi madre le habría dicho quién era en alguna visita de mi tía a Riverton.

– Qué descaro. Presentarse aquí -repitió meneando la cabeza y apretando los labios-. Ni siquiera en esta ocasión puede comportarse correctamente, después de todo lo que hizo.

Para mí sus palabras no tenían sentido. Cuando quise preguntarle a qué se refería, ella ya había dado media vuelta y estaba sujetándose el sombrero mientras le daba las gracias al vicario por el servicio. Interpreté que culpaba a la familia Hartford por los problemas de salud de mi madre, aunque la acusación me parecía injusta. Porque si bien era cierto que los años de servicio habían debilitado su columna, la artritis y el embarazo habían sido los responsables de que perdiera su trabajo.

De pronto todos los pensamientos relacionados con mi tía se evaporaron. De pie junto al vicario, con un sombrero negro en la mano, estaba Alfred.

Desde el otro lado de la tumba me miró y me hizo una seña.

Yo dudé y asentí torpemente. Me castañearon los dientes.

Él avanzó hacia mí. Yo no le quitaba los ojos de encima. Temía que, si lo hacía, él desaparecería. En un instante estuvo a mi lado.

– ¿Qué tal lo llevas?

Asentí otra vez. Aparentemente era todo lo que lograba hacer. En mi cabeza las palabras se arremolinaban a toda velocidad, no podía controlarlas. Había pasado semanas de dolor, de tristeza, de confusión, esperando su carta, pasando noches en vela mientras imaginaba el momento en que nos reuniríamos y las explicaciones que le daría. Y finalmente…

– ¿Estás bien? -preguntó. Su mano se extendió tímidamente hacia la mía, pero luego pareció recapacitar y volvió a posarla sobre el ala del sombrero.

– Sí -logré decir. Sentí la ausencia de su mano sobre la mía-. Gracias por venir.

– No podía dejar de hacerlo.

– ¿No te causará problemas?

– Ninguno, Grace -aseguró, haciendo girar el sombrero entre los dedos.

Esas últimas palabras quedaron flotando, solitarias, entre nosotros. Mi nombre sonaba familiar y frágil en sus labios. Dejé que mi atención se dirigiera a la tumba de mi madre, observé el rápido trabajo del sepulturero. Alfred miró en la misma dirección.

– Siento lo de tu madre.

– Lo sé -me apresuré a responder.

– Estuve con ella la semana pasada…

– ¿De verdad? -pregunté, dejando de mirar hacia la tumba.

– Le llevé un poco de carbón. El señor Hamilton dijo que no lo necesitábamos.

– ¿Eso hiciste, Alfred? -exclamé con admiración.

– Una noche hizo mucho frío, no me agradaba la idea de que tu madre enfermara.

Me sentí llena de gratitud. Me habría considerado culpable si mi madre hubiera muerto a causa del frío.

Sentí que una mano aferraba mi muñeca. Mi tía estaba de pie junto a mí.

1 ... 90 91 92 93 94 95 96 97 98 ... 127
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)