La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
Pero si hubiera sido así, ¿por qué lady Violet me había aceptado como criada? Sin duda yo era un indeseado recordatorio de lo sucedido.
A menos que mi empleo fuera una especie de recompensa. El precio que debía pagar a cambio del silencio de mi madre. Por eso ella se había mostrado tan segura, tan confiada en que habría un puesto para mí en Riverton.
Entonces lo supe. Era muy simple. El pez nadó hacia la claridad, sus escamas brillaron como nunca, ¿Cómo no lo había descubierto antes? La amargura de mi madre. La incapacidad del señor Frederick para volver a casarse. Todo adquiría sentido. Él también había amado a mi madre. Por eso había venido al funeral. Por eso me miraba de esa manera tan extraña, como si hubiera visto un fantasma. De ahí su alivio cuando me fui de Riverton, y que le dijera a Hannah que no era necesaria allí.
– Grace, me pregunto si… -continuó Alfred tomando mi mano.
Hannah. Nuevamente el descubrimiento me dejó atónita.
Ahogué una exclamación. Eso explicaba tantas cosas: la solidaridad, sin duda fraternal, que nos unía.
Las manos de Alfred sujetaron las mías, impidiendo que me desmayara.
– Vamos, Grace -dijo sonriendo nerviosamente-, no te desmayes ahora.
Mis piernas no me sostenían. Sentí que se quebraban en un millón de minúsculas partículas que caían como la arena cae de un cubo.
¿Lo sabía Hannah? ¿Sería ése el motivo por el que había insistido en que la acompañara a Londres, eligiéndome cuando sintió que todos los demás la abandonaban, y arrancándome la promesa de que nunca la abandonaría?
– Grace, ¿te sientes bien? -preguntó Alfred. Su brazo me servía de apoyo.
Asentí, tratando de hablar, sin conseguirlo.
– Bien, porque todavía no he dicho todo lo que quería. Aunque presiento que ya lo has adivinado.
¿Adivinado? ¿Lo que ocurrió entre mi madre y Frederick? ¿Lo que sucedió con Hannah? No, Alfred había estado hablando de… ¿de qué? De su nuevo negocio, de su amigo de la guerra…
– Grace -Alfred tomó mis manos entre las suyas, me sonrió y tragó saliva-, ¿me harías el honor de ser mi esposa?
Sentí una repentina ráfaga de lucidez. Parpadeé. No pude responder. Los sentimientos y pensamientos me avasallaban. Alfred me había pedido que me casara con él. Alfred, a quien adoraba, estaba de pie frente a mí, con el rostro congelado, esperando que le respondiera. Mi lengua trataba de modular palabras que mis labios no podían pronunciar.
– ¿Grace? -repitió Alfred mirándome con los ojos muy abiertos, llenos de aprensión.
Sentí que en mi rostro aparecía una sonrisa, me oí reír. No podía parar. También estaba llorando. Las lágrimas humedecían mis mejillas. Supongo que era un ataque de histeria. En los últimos y breves instantes habían sucedido demasiadas cosas. Demasiadas para asimilarlas de golpe. El impacto de comprender la clase de relación que me unía al señor Frederick, a Hannah. La sorpresa y el deleite de la propuesta de Alfred.
– Grace, ¿significa eso que aceptas? -preguntó Alfred, observándome desconcertado-. Quiero decir, ¿que aceptas casarte conmigo?
Casarme con él. Yo. Era mi sueño secreto y sin embargo cuando se hacía realidad descubría que me encontraba totalmente desprevenida. Hacía tiempo que lo había catalogado como una fantasía juvenil. Había dejado de imaginar que alguna vez pudiera volverse realidad. Que alguien me haría esa proposición. Que Alfred me haría esa proposición.
Asentí, y logré dejar de reír. Me oí decir «sí». Fue apenas un susurro. Cerré los ojos. La cabeza me daba vueltas. Un poco más alto: «Sí».
Alfred dio un grito de alegría y yo abrí los ojos. Lo vi sonreír, rebosante de alivio. Una pareja que pasaba por la otra acera se volvió para mirarnos y Alfred les gritó: «¡Ha dicho sí!». Luego volvió a mirarme, y apretó los labios. Trataba de no sonreír para poder hablar. Aferró mis brazos. Estaba temblando.
– Tenía la esperanza de que aceptarías.
Asentí otra vez, sonreí. Pasaban demasiadas cosas.
– Grace -pronunció suavemente-, me preguntaba… ¿puedo darte un beso?
Supongo que dije «sí» porque a continuación él levantó una mano para sostener mi cabeza, se inclinó hacia mí y sentí la rara y placentera extrañeza del contacto de sus labios en los míos. Fríos, suaves, misteriosos.
El tiempo parecía transcurrir lentamente.
Alfred retrocedió y me sonrió, tan joven, tan apuesto a la luz del atardecer.
Luego enlazó su brazo con el mío -era la primera vez que lo hacía- y comenzamos a caminar por la calle. No hablábamos, simplemente caminábamos juntos, en silencio. Sentí a través de la tela de mi camisa el roce de su contacto. Me estremecí. Su calidez, su presión, eran una promesa.
Alfred acarició mi muñeca con los dedos enguantados y experimenté una excitación desconocida. Mis sentidos se habían agudizado, como si alguien me hubiera despojado de una gruesa capa de piel, lo que me permitía sentir más intensamente, más libremente. Me acerqué un poco más. Pensaba cuántas cosas habían cambiado en el transcurso de un día. Había descubierto el secreto de mi madre, había comprendido la naturaleza del vínculo que me unía a Hannah, Alfred me había pedido que me casara con él. Estuve a punto de contarle mis deducciones acerca de mi madre y el señor Frederick pero las palabras murieron en mis labios. Tendríamos tiempo de sobra más adelante. La revelación era demasiado reciente, quería disfrutar a solas, un poco más, del secreto de mi madre. Y quería saborear mi propia felicidad, de modo que permanecí en silencio y seguimos caminando, con los brazos entrelazados, en dirección a la casa de mi madre.
Momentos preciosos, perfectos, que he recordado en infinidad de ocasiones a lo largo de mi vida. A veces imagino que llegamos a la casa, entramos y hacemos un brindis a nuestra salud y nos casamos inmediatamente después. Y vivimos felices el resto de nuestra vida hasta hacernos viejos.
Pero no es lo que sucedió, como tú bien sabes.
Rebobino. Vuelvo a escuchar. Estábamos a mitad de camino, habíamos pasado la casa del señor Connelly -la brisa traía melancólicos acordes de música irlandesa- cuando Alfred dijo:
– Debes comunicarlo en cuanto regreses a Londres.
Miré a mi prometido.
– ¿Comunicarlo?
– A la señora Luxton -afirmó sonriente-. Cuando nos casemos ya no tendrás que servirla. Nos mudaremos a Ipswich inmediatamente. Puedes trabajar conmigo si lo deseas, ocuparte de llevar la contabilidad. O si lo prefieres puedes hacer trabajos de costura.
¿Dar la noticia? ¿Dejar a Hannah?
– Pero, Alfred -objeté sinceramente-, no puedo dejar mi puesto.
– Por supuesto que puedes. -En su sonrisa se percibía cierto desconcierto-. Como yo.
– Pero es diferente… -Trataba de encontrar palabras para explicarlo, para que él comprendiera-. Soy una doncella. Hannah me necesita.
– Ella no te necesita a ti, necesita una esclava que le ordene los guantes. -Su voz se suavizó-. Eres demasiado buena para dedicarte a eso, Grace, mereces algo mejor. Ser dueña de ti misma.
Quise explicarle que sin duda Hannah encontraría otra doncella, pero yo era más que eso. Que estábamos unidas, ligadas, desde aquel día en el cuarto de los niños, cuando las dos teníamos catorce años, cuando yo me preguntaba cómo me sentiría si tuviera una hermana. Cuando le mentí a la señorita Prince para ayudar a Hannah, tan instintivamente que me asusté.
Decirle que le había hecho una promesa. Que le había dado mi palabra cuando me rogó que no la abandonara.
Que éramos hermanas. Hermanas secretas.
– Además -continuó Alfred-, viviremos en Ipswich, por lo que difícilmente podrás seguir trabajando en Londres -advirtió, y me dio un golpecito cariñoso en el brazo.