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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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En esos momentos, llegó a entender la sensualidad de un modo vivo, natural.

Un rato después, cuando se acostumbró a la novedad de las burbujas, probó dar un pequeño salto, y la sorprendió la inesperada flotabilidad de su cuerpo. Nunca en la vida se sintió flotar, y la sensación le produjo euforia. Se movió otra vez, empleando los brazos, y sintiéndose mágicamente libre e ingrávida. Imitando a la mujer amistosa, se puso de espaldas levantando los pies y, durante varios segundos, flotó libre de las restricciones de la gravedad. ¡Era la gloria perfecta!

Cuando bajó los pies de nuevo hasta el fondo, miró alrededor y no vio a nadie que le prestara especial atención, comprendió con grata sorpresa que ahí, en el agua, era exactamente igual a los demás. Las propiedades de flotabilidad los igualaban. De súbito, también advirtió que los dientes ya no le entrechocaban, y el vello de los brazos ya no estaba erizado.

Betsy llegó demasiado pronto a buscarla para acompañarla al cuarto de baño privado donde la esperaba una bañera de metal con agua caliente, y espesas toallas turcas, blancas. Betsy la dejó disfrutar del agua mineral caliente unos diez minutos, hasta que golpeó la puerta y le ordenó que se secara y se preparase para el masaje. Cuando entró otra vez, le dijo a Agatha que se tendiera boca abajo en un banco de listones de madera, con una de las toallas debajo y la otra cubriéndola de la cintura para abajo.

Las friegas minerales fueron más restauradoras que cualquier cosa que Agatha hubiese imaginado. Cerró los ojos, mientras unas manos diestras trabajaban con sus músculos de tal modo que la hacían sentir como si flotara sobre una alfombra mágica. El cuello, los hombros, los brazos, las nalgas, las piernas… todo fue masajeado con igual experiencia y habilidad.

Una vez vestida, cuando entró en el montacargas, Agatha percibió que cierto milagro se había producido en su cuerpo. Claro que aún cojeaba, pero había desaparecido todo vestigio de dolor. Se sentía flexible, ágil, y profundamente vivificada ¡Como si fuese capaz de caminar kilómetros sin cansarse, corno si pudiese saltar cercas, correr subiendo las escaleras, saltar a la cuerda! Desde luego que no podía, pero sentirse así era casi tan bueno como poder.

Sonriente, Scott la esperaba en la entrada principal.

– ¿Cómo estuvo? -le preguntó cuando se acercó.

– ¡Oh, Scott, fue extraordinario! ¡Me siento renovada!

La tomó del brazo y rió, hondamente satisfecho por la euforia de ella. Era un placer ver a Agatha, por lo general tan reservada, burbujeando como las propias aguas.

– ¡No me duele nada! ¡Y mira! Me siento como si pudiera volver caminando a Kansas. Pero en el agua, ¡podía flotar, era celestial! ¡En verdad floté! Había una mujer que me sonrió y me dijo algo amable, entonces yo la observé y traté de imitarla. Brinqué. ¡De verdad, brinqué! No necesité más que un pequeño impulso con un pie, y salté como todos los demás, flotando como un corcho. Oh, Scott, fue sensacional, nunca en mi vida me sentí tan libre de preocupaciones. -Miró, nostálgica, sobre el hombro hacia la casa de baños-. ¿Podré venir otra vez, mañana?

Gandy rió, le apretó el codo y luego puso la mano de ella en el pliegue de su codo.

– ¿Cómo podría negártelo?

– ¡Oh, pero…! -En la frente de la mujer aparecieron arrugas de consternación-. ¿No es muy caro?

– Deja que yo me preocupe por eso.

– Pero…

– ¿Tienes hambre?

– Pero…

– Yo sí. Y White Springs es famoso por tener algunas de las mejores cocinas del Sur. La especialidad son las codornices. Te llevaré de regreso al hotel y te atiborraré de pechuga de codorniz salteada en manteca con setas negras y salsa de nuez, y arroz con azafrán humeante.

– Pero…

– Y después, una porción de tarta Selva Negra, con un enorme copete de crema batida. Y mucha agua mineral para beber.

– Pero…

– No quisiera criticarte, Gussie, pero estás muy repetitiva. ¿Sabes cuántas veces dijiste pero? Estás aquí como invitada mía, y así será. No quiero escuchar otra palabra al respecto.

El comedor del Telford era elegante, con manteles almidonados y vajilla de plata verdadera. Era un mundo de diferencia con el restaurante de Cyrus y Emma Paulie. A Gandy le complacía poder invitar a Agatha a una cena elegante en un lugar así. Disfrutó verla comer las perdices con setas negras y los otros platos que sugirió. Lo hizo con gran placer, como si la hora en el baño medicinal le hubiese aguzado en gran medida el apetito. Por algún motivo, esperaba verla comer con la melindrosa afectación de casi todas las mujeres modernas, y el hecho de que no fuera así lo fascinaba más que cualquier estúpida simulación que hubiese mostrado.

Tenía las puntas del cabello mojadas y, a medida que se secaba, los mechones escapaban del peinado y formaban diminutos tirabuzones detrás de las orejas. La luz de las lámparas lo encendía y proyectaba sombras en el cuello y los hombros del vestido verde esmeralda. De manera parecida, las pestañas sombreaban los ojos claros.

Otra vez se le ocurrió besarla. Le brillaban los labios al morder la perdiz enmantecada, pero cada vez que alzaba la vista y lo sorprendía mirándola, se limpiaba cuidadosamente con la servilleta y bajaba los ojos.

Reflexionó sobre los motivos que lo impulsaron a llevarla ahí. En efecto, quería invitarla a tomar las aguas, y a aprovechar todos los beneficios físicos que le brindarían. Pero, para ser sincero consigo mismo, había otra clase de experiencias físicas que quería brindarle. Dio un mordisco a una tierna y suculenta perdiz y paseó la vista de los pechos plenos al torso esbelto de su compañera de mesa. No era la clase de mujer a la que uno compromete bajo la falsa excusa de «llevarla a tomar las aguas». Cuando sucediera, si sucedía, que tenía con ella un contacto íntimo, se sentiría obligado a hacer lo que debía.

Agatha dio un bocado, alzó la vista y lo vio admirando sus atributos femeninos. Dejó de masticar. Scott bebió un sorbo de agua mineral. La tensión zumbó alrededor de los dos el resto de la comida.

La mujer se limpió los labios por última vez, y dejó la servilleta. Gandy apartó el plato de postre, pidió una taza de café y encendió un cigarro, después de cortarlo con unas diminutas tijeras de oro.

– Veo que todavía las tienes.

– Sí, señora.

Mientras encendía el cigarro, Agatha observaba cómo los labios y el bigote adoptaban la forma de él. Después, se sumergió en el aroma picante y lo disfrutó una vez más. Le surgió un recuerdo, claro como un reflejo sobre aguas tranquilas.

– Recuerdo el día en que el óleo ese de Dierdre llegó a Proffitt. Pagaste mi cena en el restaurante de Paulie y yo me puse tan furiosa contigo que quería… quería meterte el dinero por el gaznate.

– Y tú eras tan remilgada y correcta que yo me sentí avergonzado como el demonio por haberte hecho caer en el barro.

– ¿Avergonzado, tú?

Alzó las cejas.

– Así es.

– No creí que fueras capaz de avergonzarte de nada. Siempre me pareciste tan… tan arrogante y seguro… Y tan irritante con tu tendencia a bromear. Oh, cómo te odiaba.

Scott se respaldó en la silla en una postura negligente y rió.

– Se me ocurre que tenías buenos motivos.

– Dime -dijo Agatha, cambiando bruscamente de tema-, ¿cómo está Willy?

Las cejas de Scott se unieron, y se inclinó hacia adelante, golpeando distraído el cenicero con el puro.

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