Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
– ¿Todo el negocio?
– Bueno, ¿qué otra cosa puedes hacer con ese museo de nidos de pájaros y mariposas, y esos gabinetes llenos de cintas, encajes, y ese enorme escritorio de tapa enrollable? Hasta podrías dejarle los muebles de tu apartamento… eso, claro, si estás de acuerdo. Te aseguro que tenemos todos los que queremos en Waverley. ¿No crees que sería un cambio agradable para Violet tener un lugar propio en lugar de un cuarto minúsculo en la pensión de la señora Gill?
Pensar en Violet frenó a Agatha. Se había convertido en una verdadera amiga, y dejarla sería muy triste, por cierto. Scott dijo:
– Yo creo que Violet sería la primera en insistirte para que aceptaras. ¿Me equivoco?
Como si estuviese ahí, Agatha escuchó las risitas de Violet ante la súbita aparición de Scott en la tienda, vio a la pequeña mujer sonrojándose cuando él se inclinaba sobre la mano surcada de venas azules y la rozaba con los labios, oía el suspiro cuando se hundía en la silla y se abanicaba la cara enrojecida con un pañuelo perfumado de lavanda.
– Cada vez que te acercabas a Violet ella deseaba tener cuarenta años menos. ¿Cómo podría esperar una opinión objetiva de alguien así?
Gandy rió.
– Entonces, ¿lo harás?
Tal vez fuese virgen, hasta inocente. Pero había unas vibraciones inconfundibles entre ella y Scott Gandy. Y según las emociones del momento, podía creer en ellas o no. Sin embargo, en los momentos de lucidez comprendía que entre ellos existía una innegable atracción física que crecía a cada hora que pasaban juntos.
Tendría que preguntarle qué intenciones abrigaba en ese sentido… ¿no? Ahora que Jube se iba a casar con Marcus, ¿estaba ella destinada a convertirse, a su debido tiempo, en la amante? Un hombre como Scott no pasaría mucho tiempo sin mujer y, aunque no había dicho que la amaba, debía de considerar innecesario el amor en lo que se refería a la convivencia. Después de todo, tampoco amaba a Jube. Sí, debería preguntárselo, pero, ¿cómo aborda una mujer un tema como ese con un hombre que ni la besó después de cinco meses de separación? Una mujer como Agatha Downing no lo hacía.
Al fin, aspiró una bocanada trémula, contuvo el aire un momento, y lo soltó de una vez.
– Lo haré. Con una condición.
– ¿Cuál?
– Que dejaré todo a Violet, menos mi máquina de coser. Si quiere una, tendrá que comprársela. La mía es un regalo tuyo y creo que es lo más adecuado para llevar a Waverley para hacer el vestido de Jube.
– Muy bien. Considera pagado el transporte.
Cuando la acompañó hasta la puerta, no se despidió con el beso que ella esperaba sino con un firme apretón de manos que sellaba el pacto entre los dos.
La llevó a los baños dos veces por día los dos que siguieron, mientras se quedaron a disfrutar del manantial, y aunque la relación se volvió más amistosa que nunca en lo relacionado con la conversación y la mutua compañía, en ningún momento de esos dos días en White Springs él hizo el menor avance hacia ella…
Hasta que estuvieron en la estación de trenes y se despidió otra vez de ella.
¿Qué habría en las estaciones de tren que sumía sus corazones en la desolación aún antes de que se dijeran adiós?
Un instante antes de que abordase, la tomó de los brazos y la besó en la boca. Cuando lo hizo, Agatha sintió que estaba resuelto a que el beso fuese breve y amistoso. Pero cuando, al terminar la miró a los ojos, a los dedos enguantados que descansaban sobre el pecho de él, la tentación fue demasiado grande y la atrajo hacia él, con más dulzura esta vez, y le dio un beso húmedo, voluptuoso, con la lengua diciéndole adiós dentro de la boca, haciéndola sentir las rodillas flojas y el corazón a punto de estallar como un cañón.
Cuando la apartó y la miró a los ojos, Agatha tuvo la espantosa sensación de que los hombres y las mujeres se besaban así en todo el mundo en momentos similares, y que sólo su falta de experiencia la hacía creer que había algo especial entre ella y Scott, algo que significaba más de lo que en realidad era.
¿Por qué esperaste tres días para hacerlo?, quiso preguntar.
Pero una mujer decente no hace esas preguntas.
En cambio, dijo:
– Adiós. Y gracias por darme la posibilidad de nadar en White Springs. Nunca lo olvidaré.
– Yo no te di nada. White Springs siempre estuvo ahí para que tú lo tomaras.
Pero no era así, y ambos lo sabían. Le había dado más que cualquier otro ser humano. Le había dado el amor de ella hacia él, aunque no le hubiese dado el suyo propio. Y Agatha descubrió que eso era casi tan bueno como si le correspondiese.
Capítulo 20
El balanceo del tren creaba un ánimo que la llevaba a la introspección: el paisaje que se movía cada vez más rápido, hasta convertirse en una mancha verde a lo lejos, el retumbar incesante del metal chocando con otro metal y que subía desde abajo hasta que se convertía en algo tan propio como los latidos del corazón, el penetrante silbato que viajaba en el viento como un suspiro fantasmal, mientras que afuera el verde se transformaba en negro, y un rostro miraba al pasajero, y ese rostro era el de ella misma. Era como si alguien devolviese una mirada desde el inconsciente, exigiendo un examen.
En el camino de regreso a Proffitt, Agatha pasó las horas pensando en la apuesta que iba a hacer… y vaya si era una apuesta. El purgatorio contra el cielo. Porque vivir en la casa de Scott Gandy nada más que como la gobernanta era condenarse al purgatorio eterno. Lo amaba, lo quería, quería compartir la vida con él, pero como esposa, nada más. Sin embargo, él no mencionó ni amor ni matrimonio. Vivir en esa casa, reservarse sus sentimientos, ¿sería realmente preferible a quedarse sola en Proffitt?
Sí. Porque en Waverley también estaba Willy, y el amor del niño significaba para ella casi tanto como el de Scott.
¿Y qué se podía decir de las oportunidades para el cielo? Todo lo que había deseado, que un día Scott la mirara en los ojos y le dijese que la amaba, que quería casarse con ella y hacer que Willy fuese de ellos para siempre. Así era cómo tenía que ser. ¿Alguna vez lo comprendería él?
Ah, pero era un riesgo, una apuesta, porque no lo sabía. Ya antes había apostado contra Scott Gandy y perdió, y le dolió. Pero el amor era algo contagioso y una persona inteligente apostaría todas las veces.
Y Agatha Downing era una dama inteligente.
Dejar a Violet fue menos doloroso de lo que Agatha había imaginado, principalmente porque la amiga estaba embelesada con su nueva condición de mujer de negocios. Y, tal como predijo Scott, después de haber vivido en un cuarto de la pensión de la señora Gill, el apartamento de Agatha le parecía una casa lujosa de veraneo. Además, estaba maravillada porque Agatha había ganado un lugar en el hogar de LeMaster Scott Gandy, el hombre cuya sonrisa la hizo ruborizarse y reír tontamente tantas veces.
No obstante, a último momento, cuando ya tenía las cosas empacadas, la muestra cuidadosamente guardada entre capas de ropa, en un baúl (había donado los sombreros viejos a Violet) revisó el apartamento a la caza de toda posesión personal significativa, dio las instrucciones finales relacionadas con el estado de los libros contables de la tienda, Agatha miró en torno y se encontró con los ojos de Violet.
– Pasamos muchas horas juntas, aquí, ¿no es cierto?
– Ya lo creo. Hemos dado infinidad de puntadas entre estas paredes. Pero también reímos mucho.
Agatha esbozó una sonrisa triste.
– Sí, es verdad. -Moose, desde el interior de una cesta para aves, lanzó un quejido de protesta-. ¿Estás segura de que no te importa que me lleve al gato?
– Desde luego que estoy segura. ¡El animal de la señora Gill se fue por tres días, otra vez, la semana pasada y volvió apestando a dicha paradisíaca, el pelo todo apelmazado, y cojeando, qué te parece! Me habría gustado verla. Tt-tt. Como sea, dentro de nueve semanas habrá una nueva carnada de gatitos en la pensión, y Josephine no sabrá qué hacer con ellos cuando empiecen a trepar por las cortinas y a afilarse las garras en los muebles. No, tú llévale a Moose a Willy, que es con quien debe estar. -Hizo una pausa y miró alrededor-. Bueno, y ahora será mejor que os llevemos a vosotros dos a la estación, no sea que el tren llegue temprano. Como estará el señor Gandy esperándote en el otro extremo de la línea, no quisiera que lo pierdas. Tt-tt.