Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
1 ... 89 90 91 92 93 94 95 96 97 ... 118
Перейти на страницу:

Después de tanto preocuparse, al bajar del tren descubrió que Scott no había ido a esperarla. La desilusión se convirtió en alivio, y otra vez en desilusión. Pero había líneas de coches de plaza para trasladar a los pasajeros y a sus equipajes de la estación a los hoteles. ¡Tantos coches…! ¡Tantos hoteles! ¡Tanta gente!

Le hizo señas a un conductor negro que se incorporó y la saludó con el amplio sombrero de paja.

– Buenas tardes.

– Buenas tardes.

Con tranquilidad, se apeó, acomodó el baúl y la caja de sombreros de Agatha en el compartimiento, y se acercó arrastrando los pies al costado del coche. Usaba sandalias de fieltro marrón, pero en los pies cambiados. Tenía las piernas arqueadas y los labios protuberantes.

– ¿A dónde?

– El hotel Telford.

– El Telford, muy bien.

Se sentó detrás del conductor, en un asiento de cuerno negro cuarteado, y la yegua blanca echó a andar con un clip-clop de los cascos sobre las calles arenosas, sin más prisa que el conductor. Agatha miraba ambos lados, tratando de absorberlo todo. En el aire había un olor desagradable pero, al parecer, era la única que lo advertía. Elegantes damas y caballeros paseaban por todos lados, cruzando las calles y las galerías de los hoteles, por senderos sombreados que parecían ir en una sola dirección. Un grupo de hombres montados con armas al hombro y codornices colgando de las monturas, iba por la calle, detrás de una jauría de galgos. El coche pasó ante un cartel en que se leía: Club de Caza – Se alquilan perros. Una mujer en silla de ruedas con respaldo de caña cruzó la calle tras ellos, empujada por un hombre robusto con sombrero de castor. Una banda de hombres risueños con equipos de pesca caminaban hacia ellos con cestas de pesca colgadas de los hombros mediante correas. Todos tenían la apariencia de estar divirtiéndose.

– ¿Señor? -le dijo al conductor.

– ¿Señora?

Se volvió a medias como si no pudiese girar más. Tenía el cuello entrecruzado de surcos tan profundos como para plantar semillas, si fuese de tierra en lugar de piel.

– Yo… nunca estuve aquí. ¿Qué hay en este lugar?

– Salt's d'agua min'ral -respondió, con palabras tan abreviadas que Agatha arrugó el entrecejo.

– ¿Cómo dijo?

– Saltos de agua mineral. Aguas curativas.

– Ah… agua mineral.

De modo que eso era lo que olía a huevos podridos.

– Está bien, señora. Aquí viene la gente rica, algunos a divertirse, algunos a descansar, otros a meterse en las aguas. Se van tan sanos como un pelo de rana.

Rió y se concentró de nuevo en guiar el vehículo. A los tres minutos, se detuvieron ante un impresionante edificio blanco de tres plantas con una profunda galería al frente, donde damas y caballeros sentados en sillas de mimbre bebían de vasos altos.

– Telford, señora -anunció el viejo, apartándose del asiento del conductor con artrítica lentitud.

Con los mismos gestos pausados, fue a retirar el baúl y la sombrerera del portaequipajes y los llevó al bullicioso vestíbulo.

– Vent'c'nco cent'vos, señora -dijo al volver, moviendo el sombrero de paja a izquierda y derecha, como si se rascara las sienes con él.

– No le entiendo.

– Vent'c'nco cent'vos, señora -repitió.

– ¿C…cómo?

Una familiar voz de bajo dijo junto a su oído, remarcando las palabras.

– Según creo, la tarifa es de veinticinco centavos, señora.

Nunca en su vida había experimentado una reacción tan explosiva al oír una voz humana. Se dio la vuelta con brusquedad y, ahí estaba, sonriéndole con esos ojos castaños, un par de hoyuelos, una boca tan conocida y maravillosa… y un bigote totalmente desconocido.

– Scott -fue lo único que se le ocurrió decir, porque le faltaba el aliento, la cabeza le daba vueltas y se sentía extrañamente débil.

El hombre tenía una apariencia tropical, con un traje de nanquín tan claro como un hueso blanqueado, un sombrero de paja de ala curva haciendo juego, y una banda negra que repetía el color del cabello largo hasta el cuello, las cejas y el nuevo bigote. Llevaba un chaleco ajustado en el torso, sobre una tintineante cadena de oro de reloj que unía los dos bolsillos. En la garganta llevaba una chalina de seda rayada, blanca y color triso, sujeta por un alfiler con una sola perla.

– Hola, Gussie.

Le tomó las manos enguantadas con las suyas, y las estrechó con fuerza mientras se sonreían con alegría franca y audaz.

Al instante, Gandy supo cuánto la había echado de menos. Y que no usaba sombrero, que el cabello era tan hermoso como siempre, el rostro agradable, la sonrisa especial. Y los pechos parecían pletóricos, el aliento trabajoso dentro del cuello alto del vestido que se había hecho para el té del gobernador. Y que el corazón le latía como un tambor.

– Lamento no haber estado cuando llegó el tren, pero no sabía bien cuál abordarías.

– No importa. Tomé un coche.

Al recordar que el cochero esperaba, Scott le soltó las manos y buscó en el bolsillo.

– Ah, la tarifa. Veinticinco centavos, ¿no?

– Sí, señor.

Pagó el doble de lo que costaba el viaje, y el cochero hizo dos reverencias. Entonces, se volvió hacia Agatha y le tomó otra vez las manos.

– Déjame mirarte. -Lo hizo durante largo rato, hasta que las mejillas de Agatha se sonrosaron-. Sin sombrero, gracias.

Ella inclinó la cabeza y rió, un poco avergonzada, y después la levantó y se topó con la sonrisa, siempre encantadora, y el aroma a cigarro que lo definía y que sería capaz de identificar entre miles.

– Gracias al cielo, no cambió nada -dijo Scott.

A su vez, ella le aseguró:

– En cambio, no puedo decir lo mismo de ti.

– ¿Qué? ¡Ah, esto! -Se tocó un instante el bigote y le tomó de nuevo la mano-. Me puse perezoso y dejé de afeitarme un tiempo.

Era una mentira evidente: el resto de la cara resplandecía, recién afeitada, y el bigote negro podía satisfacer exigencias militares. Le gustó de inmediato.

– Muy picaro -aprobó.

– Más bien apuntaba a parecer refinado.

Pero lo alegraba que le gustase.

– Quizá deba decir pícaramente refinado -concluyó, y los dos rieron, con el corazón liviano.

Otra vez, se quedaron mirándose, ignorando el ajetreo del hotel que proseguía alrededor de ellos, mientras las manos unidas colgaban entre los dos.

Scott le apretó con fuerza los dedos:

– Estás maravillosa -le dijo.

– Tú también.

Siguieron contemplándose. Y Gandy rió, como si la copa de su alegría simplemente desbordara.

Agatha también rió: ¿cómo controlarse cuando el corazón estaba tan dichoso? De pronto, le pareció imposible seguir mirándolo a los ojos.

– ¿Está Willy aquí?

Miró alrededor.

– No, nosotros dos solos.

Las miradas se enlazaron otra vez. Parados entre botones y cocheros, mujeres y hombres con niños a la rastra, y un trío de cazadores de codornices que se abrían paso hacia la cocina con la cena sin desplumar en la mano. A pesar de todo, Scott había dicho la verdad: estaban solos los dos. El bullicio de alrededor retrocedió, y se regocijaron con el reencuentro. Scott cambió las manos de posición, alzando las de ella hasta que las palmas se tocaron, los dedos se entrelazaron y estrecharon. El ensimismamiento mutuo continuó por un tiempo desusadamente largo, hasta que Scott comprendió, la soltó y se aclaró la voz.

1 ... 89 90 91 92 93 94 95 96 97 ... 118
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)