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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Agatha cerró la puerta de la tienda por última vez, giró para echar una última mirada a la cortina verde que había levantado todas las mañanas y bajado todas las tardes durante más años de los que quería recordar. Alzó la vista hasta la ventana del apartamento, allá arriba. El comentario nostálgico que hizo adentro se debía a su cariño por Violet. Pero al darle la espalda al edificio no sintió ni una fugaz punzada de remordimientos. Fue un lugar solitario todos los años que vivió allí, y marcharse era un placer.

Pero cuando ella y Violet se despidieron junto al tren humeante, a las dos las asaltó un súbito y agudo dolor. Los ojos de ambas se encontraron y supieron que, con mucha probabilidad, sería la última vez que se veían.

Se abrazaron fuerte.

– Fuiste una amiga auténtica, Violet.

– Tú también. Y no pierdo la esperanza de que el señor Gandy se ilumine y te tome como amante, si no como esposa.

– Violet, eres escandalosa -dijo, riendo con los ojos húmedos.

– Querida, te contaré un secreto que no le conté a nadie hasta ahora. Una vez, cuando tenía veintiún años, tuve un amante. Fue la experiencia más maravillosa de mi vida. Ninguna mujer tendría que perdérsela. -Agitó un índice torcido bajo la nariz de la amiga-. ¡Recuérdalo, si se presenta la ocasión!

Todavía riendo con los ojos llorosos, le prometió:

– Lo recordaré.

– Y dales saludos de mi parte, y dale a ese apuesto Gandy un beso en la mejilla, y dile que es de Violet, que quiso hacerlo cada vez que él entró en la tienda. ¡Y ahora, sube a ese tren, chica! ¡Rápido!

Por eso fue fácil partir: Violet la ayudó, con su espíritu indoblegable. Sólo cuando estuvo a unos ochocientos metros de camino, Agatha soltó libremente el llanto. Pero, en cierto modo, eran lágrimas de alegría. ¡Y, por cierto, Violet le había dado en qué pensar!

Lo pensó en las pocas horas de vigilia que quedaron durante el largo viaje al Sur, evocando a Violet, preguntándose quién habría sido el amante, y si se habría topado con él a lo largo de los años. ¿Cuánto habría durado el romance? ¿Por qué no se casaron? ¿Qué fue lo que la convirtió en la experiencia más maravillosa de la vida?

Agatha solía pensar que sólo las malas mujeres se unían con hombres fuera del matrimonio, pero Violet no tenía nada de mala. Era una buena mujer cristiana.

La idea le dio vueltas en la cabeza, mientras se producía la ya conocida transformación fuera de la ventanilla del tren, dejaba atrás el invierno cambiándolo por la primavera, el tiempo frío por el tibio, el barro por las flores. Entretanto, danzaban ante los ojos de Agatha imágenes de Scott y de Willy…

Hasta que fueron algo más que imágenes. Reales, de pie sobre la plataforma de guijarros rojos de la estación, escudriñando las ventanas que pasaban raudas; Scott, alzando un dedo para señalar: «¡Ahí está!». Los dos, saludando con la mano, jubilosos, sonrientes. El corazón de Agatha se hinchó al ver a sus dos amores, y aunque nunca había estado en Columbus, Mississippi, la sensación de bienvenida era fuerte, aguda y dulce. Cuando se apeó, estaban al pie de la escalerilla, Willy encaramado al brazo de Scott.

– ¡Gussie, Gussie! -gritó, arrojándose hacia ella.

La abrazó e hizo caer el sombrero que usaba sólo porque tenía tantos que no le cabían en la sombrerera. Scott lo agarró con la mano libre, mientras ella y Willy se abrazaban.

– Oh, Willy, te eché de menos.

Cerró los ojos para contener las lágrimas de felicidad. Se besaron: sabía a zarzaparrilla. Le apartó el cabello y le sujetó el rostro, sin cansarse de contemplar las mejillas pecosas y los preciosos ojos castaños.

– Scott dice que te quedarás para siempre. ¿Es verdad, Gussie, es verdad?

Agatha le sonrió a Scott.

– Bueno, creo que sí. Traje todas mis pertenencias, hasta la máquina de coser y a Moose.

– ¡A Moose! ¿En serio?

– En serio. Está en una cesta para aves en el vagón del equipaje, y el guardia le dio de comer.

Willy derramó ruidosos besos sobre Agatha que caían en cualquier parte.

– ¡Jesús! -se alegró-. ¡Moose! ¿Oíste eso, Scotty! ¡Trujo a Moose!

– Trajo a Moose -lo corrigió Scott. Cuando Agatha le sonrió, Willy la atrapó por las mejillas exigiendo atención exclusiva.

– Vas a ver mi yegua. ¡Se llama Cinnamon, y está preñada!

– ¡No me digas!

– Scotty me dejó ver cómo la preñaban.

– Ya veo que llegué justo a tiempo para encaminar tu educación por donde tiene que ir, teniendo en cuenta que tienes cinco años.

– Seis. Cumplí años.

– ¡Cumpliste años! Y yo me lo perdí…

Compuso una expresión de exagerada pena.

– No importa. Cumpliré más el año próximo. Vayamos a buscar a Moose. Zach está esperando con los carros.

Willy saltó de los brazos de Scott al suelo de adoquines y salió corriendo, dejando a Gandy y a Agatha frente a frente. Sin barreras entre ellos, las miradas se toparon y se sostuvieron. La sensación de prisa se disipó.

– Hola, otra vez -dijo ella.

– Hola. ¿Cómo fue el viaje?

– Agradable. Apresurado. Gracias por la estupenda ubicación. Esta vez, en verdad dormí.

– ¿Esta vez?

– En la otra ocasión estaba demasiado excitada para dormir. Ésta, me hallaba demasiado agotada para no hacerlo.

– ¿Tuviste problemas para arreglar las cosas en Kansas?

– Todo salió perfecto. -Sintió tal tentación de tocarlo que, de súbito, cedió. Se puso de puntillas, le enlazó un brazo en el cuello y lo besó en la mejilla-. Éste es de parte de Violet. Me pidió que te dijera que quiso hacerlo cada vez que entrabas en la sombrerería.

Le apoyó en la espalda la mano que sostenía el sombrero al mismo tiempo que bajaba la cabeza para darle el gusto.

Cuando Agatha quiso apartarse, la sujetó con el brazo. Le aparecieron los hoyuelos en las mejillas y la voz se hizo más queda.

– Ése es de Violet. ¿Y de tu parte?

Tuvo la presencia de ánimo de besarlo jocosamente en la otra mejilla, en son de broma.

– Ése es de mi parte. Y ahora, dame mi sombrero.

Se lo puso en la cabeza.

– Creí que habías abandonado los sombreros.

– Es mucho pedir para una mujer que los usó toda su vida. Conservé mis preferidos, y éste era el lugar más apropiado para llevarlos.

Estiró la mano para acomodarlo, pero Gandy lo hizo por ella, y contempló el resultado con ojo crítico.

– Mmm. Me parece que no -decidió, y se lo quitó-. Siempre estás mejor sin sombrero.

– Eh, vosotros, vamos -interrumpió Willy-. Zach está esperando.

A desgana, Scott prestó atención al niño.

– Está bien, está bien. Ve a decirle a Zach que acerque la carreta al vagón de equipajes, al otro extremo, y nosotros iremos para allá.

Gandy tomó a Agatha del brazo y caminaron por los adoquines hacia el vagón de equipajes.

– ¿Le dejaste la sombrerería a Violet?

– Sí. Estaba encantada. ¿Quién es Zach?

– Hijo de uno de nuestros antiguos esclavos. Es muy hábil con los caballos, y está enseñándole a Marcus el oficio de cuidador y herrador. De modo que trajiste la máquina de coser.

– Por supuesto. No querría hacer un vestido de novia sin ella. ¿Alguno de los otros vino al pueblo contigo?

– No, pero están todos en casa, esperando. ¿Necesitas algo de aquí antes de irnos a Waverley? Es una hora de camino y no venimos todos los días.

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