La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
Tiempo lluvioso de mediados de diciembre. Se echa encima la Navidad. Fernando Campos no tiene planes, se ha reintegrado sin dificultad en la oficina. El pequeño cementerio de Lobreña se ha ampliado un poco estos últimos años. En la parte del fondo, donde antes había una tapia vieja cubierta de musgo, hay ahora una tapia nueva, pintada de blanco, como un reciclado columbario. La pulcritud de este lado nuevo del viejo cementerio evoca un anexo de El Corte Inglés. Todo el proceso de incineración en Letona, la entrega final de las dos urnas con su vago aire de ánforas grecorromanas, la instalación ahora de las urnas en un mismo nicho del palomar, recuerda la sección de Complementos. Ya se ha comprado lo esencial para este otoño-invierno y sólo quedan por disponer, de una vez por todas, de los restos mortales, los complementos incinerados de Emilia y Antonio. Hubiera sido preferible echar las cenizas al cubo de basura, hubiera sido preferible echarlas al Cantábrico. Jacobo y Andrea insistieron, sin embargo, en que hubiese un lugar con su placa, sus nombres, las fechas de sus nacimientos y sus muertes. Y quizá tengan razón al fin y al cabo, piensa Fernandito, quizá yo mismo, si alguna vez vuelvo por aquí, desee volver a leer sus nombres, en este palomar del cementerio de Lobreña. Y quizá -piensa también, con un nudo en la garganta- Emeterio suba el día de difuntos con Carmen a dejar unas flores. Hay, de hecho, una repisita y un florerito tubular por nicho para colocar las flores, prender unas candelas. Y es seguro que Boni y Balbi vendrán y rezarán un padrenuestro por las almas de sus dos amigos. A la vez que piensa estas cosas, Fernando se imagina una vez más el cobertizo del garaje sin Antonio. Emeterio está de pie junto a él. Haber renunciado de antemano a luchar por Emeterio le ha tranquilizado. ¿Una tranquilidad efímera? ¿Fue, o hubiera acabado siendo, una pasión efímera? Estas interrogaciones interrogan, más allá de su contenido, como flechas atroces. La pasada noche recorrieron los dos toda la niñez común de bicis y bocadillos, de coles y aguadillas de caricias y trompazos. Antonio les enseñó un poco de boxeo -fue estupendo boxear los dos en un ring hecho en el garaje con cuerdas y con mantas-. Los dos, que este mediodía lluvioso de mediados de diciembre miran al frente, piensan en Antonio y Emilia, recuerdan desolados su niñez de canicas. ¡Oh niñez de canicas!
Están agrupados todos alrededor del nicho donde ya están instaladas las dos urnas de Antonio y Emilia. Espontáneamente se han organizado por parejas: Boni y Balbi, Emeterio y Fernando, Jacobo y Andrea. De pronto suena un móvil. Este familiar sonido evoca una vez más El Corte Inglés en la conciencia de Fernandito.
– Perdón, es mi móvil -dice Jacobo y se echa un poco atrás. Resulta ser Angélica.
– Soy yo, soy Angélica, Jacobo…
– ¿Qué quieres?
– ¿Cómo que qué quiero, dónde estás? -dice Angélica.
– En el cementerio, ¿no te has enterado? Enterramos hoy a Emilia y Antonio.
– Por favor, Jacobo, ¡claro que me he enterado!
– Entonces, ¿por qué no estás aquí?
– ¡Pero, cómo voy a estar ahí!
– Pues estando. Y mi padre también, se lo dices de mi parte.
– ¡Hubiera sido violentísimo! ¡Comprende que hubiera sido violentísimo!
– No, no lo comprendo. No te entiendo, Angélica.
– Te llamo desde mi cuarto, ¿sabes? He subido un momento y aprovecho para hacer esta llamada. Juan ha ido al baño. ¿No vas a venir a verme?
– ¿Quieres tú que vaya a verte?
– Jacobo, por Dios, ¡qué problemas me planteas! ¡No puedo ya con nada más, ni una cosa más!
– Bueno, ¿qué querías?
– ¿Cómo que qué quería? Quería esto, hablar contigo.
– Ahora no es momento.
– ¡Es que no tengo un momento, estoy tan ocupada! Está tu padre redactando sus memorias, ¿sabes?
– ¡Qué le den mucho por el culo! Esto también se lo dices de mi parte.
– Jacobo, no sé qué crees tú que está pasando. No tengo, como te digo, ni un momento libre. Tu padre está conmigo todo el tiempo, está pendiente todo el tiempo. No tengo ni un momento libre. Sólo este minuto que he tenido te he llamado. Siento coincidir con el entierro.
– ¿Qué tienes pensado hacer? Te lo pregunto ya que llamas. El divorcio o qué.
– Pero por Dios no, eso no. ¿Cómo el divorcio, tú estás loco? Sería un escándalo horrible, innecesario además. Esto queda entre nosotros, queda en casa, todo queda en casa.
– ¿Es eso lo que mi padre dice, que todo queda en casa? La verdad es que le pega decir eso. Es la clase de frase cínica que a mi padre le encanta.
Hay una pausa que coincide con la casi inmóvil dispersión del pequeño grupo que rodeaba los nichos. Se dispersan como si de pronto cada cual fuera por un lado, pero a la vez a pasitos, de tal suerte que vistos desde donde está Jacobo dan la impresión de moverse como a tientas lentísimamente centrifugados por el aire lluvioso, la grisalla verdinegra del mar. En esta pausa telefónica, Jacobo tiene la impresión de que su mujer estornuda o solloza. O quizá ha bajado la voz. O ha alejado el móvil de la cara y no se oye claramente lo que dice.
– ¿Qué dices? No te oigo, vamos a dejarlo, Angélica.
– Espera, por favor, es que yo tampoco soy feliz. Tú crees que estoy aquí tan confortable. También llevo lo mío…
– ¡Eso ya se sabe, chica, no hay rosa sin espina!
– ¡No te pega nada ser Jacobo así, tan cruel! -solloza ahora Angélica-. ¡Estoy agobiada aquí, estoy tan dividida, no sé, Dios mío, lo que hacer…!
– Y qué más da, da igual. El Asubio te prueba, te remonta, te pone. ¡Quédate con mi padre! Mi intención, Angélica, ya que, a juzgar por tu llamada, aún te interesa saberlo, mi intención es divorciarnos. Estoy de ti hasta las narices, quiero otra persona en quien pensar, otros asuntos. En el fondo me alegro de que seas tú quien tira la toalla. La única curiosidad que aún siento con respecto a ti es saber si, una vez divorciados, te aceptará mi padre con tanta facilidad como te acepta ahora. ¿Querrá mi padre que el papel que ahora desempeñas, secretaria, estricta gobernanta, o lo que seas, querrá mi padre que aún los sigas siendo cuando sepa que por fin eres toda suya, y vas a serlo? Yo no soy muy listo, Angélica. Sólo tengo el sentido común que me hace falta tener para lo mío. Y el sentido común es malicioso. Al final yo mismo me he vuelto malicioso también. Y me malicio, que tu papel como divorciada en casa de mi padre, va a perder muchos enteros. ¡Vas a bajar en bolsa, divorciada, en picado, Angélica, mi vida!