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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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– Sabes lo último de mi padre? Había pensado irme sin contártelo, para qué darle vueltas, pensaba. Y ahora al despedirnos no puedo evitar querer contártelo. El otro día mi padre, al acabar de almorzar, se me acercó y me invitó a dar un paseíto con él por el jardín. Era de pronto el de antes otra vez: estas transformaciones instantáneas que hace ahora. De pronto es el de antes, de pronto ya no. Creí que quería contarme lo suyo con Angélica. Pensaba darle un palo fuerte. Resultó que era otra cosa: sé lo de Emeterio y tú, que lo dejáis, nadie me lo ha contado, os vi hablando el otro día, yo en seguida veo las crisis, las huelo, y ahora tú te vas a Madrid, según has dicho, ¿es cierto que lo dejáis? Le dije que sí, que qué hostias le importaba a él. Estuvo encantador: se mostró encantador: me conmovió. El hijoputa sabe que me conmueve con facilidad, cada vez menos, pero todavía me conmueve. Y lo de Emeterio me costó trabajo. Lo que mi padre debió de percibir fue el dolor, él percibe esas cosas en los demás, las huele, como sangre. No creo que debieras, dijo, dejar a Emeterio así, de golpe. La homosexualidad está hoy de moda, no hay por qué sufrir. Disfruta de Emeterio. Gozar es un deber que tienes contigo mismo, con Emeterio. Me cogió cansado, ésa es la verdad, me sorprendió el repentino interés por este asunto, perdí pie por un momento y mencioné lo que tú y yo hablamos, y que dejar a Emeterio no era un capricho, sino una decisión pensada, y le conté lo que dijiste tú, que no fue, por cierto, que lo dejara, sino que lo pensara. Entonces, mi buen padre, abrió la inmensa cola de su brillantísima ironía, como un pavo real. Dio por lo bajo ese alarido que dan los pavos reales machos repentinamente y que en su caso fue la exclamación: ¡craso error, oh, craso error! Tienes derecho a disfrutar tu juventud, tu cuerpo, tu Emeterio, que es tuyo, no renuncies, no le dejes, que se joda la puta novia, eso dijo. Y yo le dije: ¿sabes qué, papá? Jódete tú. Y me largué.

La marcha de Fernandito deja una estela invisible en el sepia del jardín. El húmedo atardecer es un perro abandonado. Ronda alrededor de Antonio, le observa temeroso, le sigue dentro de la casa. Todas las luces del Asubio están apagadas. Antonio imagina el Porsche Boxster de Fernandito acelerando hacia Castilla. El acongojado corazón del chico acongoja a Antonio también. Todas las penas de todos los dolientes del mundo unificadas en este atardecer sepia como el pelaje húmedo de un perro, un bonito perro de caza que por un momento hizo gracia a un dueño caprichoso, el pelaje húmedo de la tarde con el rabo entre piernas. La muerte es igual para todos, ése es el privilegio de la muerte. La pena, en cambio, que conduce a la muerte es distinta en cada caso. No se oye nada dentro del Asubio, es como una tarde de un día de fiesta, todos han salido. O el último día de vacaciones, los niños han vuelto a los colegios, Emilia y Matilda están de viaje, Antonio se ha quedado a recoger, están apagadas todas las chimeneas. En ocasiones así, Antonio bajaba a casa de Boni y Balbi a echar una parrafada y ver la tele. Al día siguiente dejándolo todo recogido ya, regresaría a Madrid. Hoy también, la casa está cerrada, las luces apagadas, el jardín es un perro mojado que da vueltas alrededor de Antonio. Se encamina Antonio hacia su lado de la casa, más que nunca esta tarde se divide el Asubio en dos lados: el lado de los Campos y el lado de Emilia y de Antonio. En la cocina está terminando de recoger Balbanuz, Antonio invita a Balbanuz a tomar un café con Emilia y con él. No puede obturar, Antonio, ahora una intensa tristeza ante esta diminuta ceremonia del café con leche y del bollo suizo o, con frecuencia, el fruit cake que Matilda enseñó a hacer a Balbi. Emilia se alegra de ver a Balbi. Antonio hace el café con leche, no hay bollos suizos, hay galletas María. Ni la niñez ni el futuro menguan, recuerda Antonio. Pero esta tarde no brota existir innumerable en el corazón de Antonio, sólo melancolía, la enfermedad prohibida la melancolía es maldad. Nunca hubo melancolía en casa de Matilda, en vida de Matilda. Ahora la melancolía es una tarde sepia y húmeda, el perro abandonado que da vueltas alrededor del corazón agobiado de Antonio Vega. Antonio cuenta que Fernandito acaba de irse. Mientras da esta información, la imagen de Fernando desdeñando el estúpido consejo paterno -estúpido por superficial y por maligno- se le viene a la cabeza. Y como si Balbi adivinara que está pensando en eso dice:

– Qué pena que se vaya Fernandito.

– Ya, sí que es una pena, pero tiene que volver a su trabajo -dice Antonio, que desea mantener la conversación a su nivel más cotidiano.

– Ya ninguno son niños ya -comenta Balbi y sonríe-. Yo soy una vieja chocha.

– ¡Qué vas a ser, Balbi! -exclama Emilia divertida.

Antonio teme que ingenuamente Balbi traiga a cuento ahora la sensación de soledad que obviamente les embarga a los tres, y que está relacionada con la muerte de Matilda. Para evitar ese tema -aunque Balbi es siempre discreta- Antonio dice:

– ¡Creo que Emeterio se nos casa!

– No sé si tanto, pero sí, sale con esta chica, Carmen. Estaría bien que se casaran, sí.

– Muy convencida no es que suenes, Balbi -comenta Emilia, que ha encendido un cigarrillo.

Antonio tiene la impresión de que tal vez, si él fuera ahora capaz de empujar, como un levantador de pesas, todo el peso a la vez hacia arriba, con pectorales, brazos y hombros, todo hacia arriba, se iría la melancolía de golpe.

– No es que no esté convencida, es una buena chica de Lobreña. Y bueno, está bien que se casen. Los padres de ella van a pagar la entrada del piso y nosotros vamos a ayudar con el alquiler del local del taller. Eso es lo que hemos hablado. Es una chica seria y buena, una chica de aquí.

Antonio recuerda intensamente a Fernandito ahora. Y su valiente decisión de proteger esta posible felicidad casera de Emeterio con Mari Carmen: el taller mecánico, las mensualidades de la hipoteca, la graciosa y engorrosa prole futura. Mentalmente le abraza.

Así transcurre la pacífica tarde. La única otra nota compleja la percibe Antonio a través de Balbanuz, una vez más.

– Que digo yo, Antonio, que el señor parece haberse reanimado mucho, ahora que la señorita Angélica se ha instalado en la casa. Es, claro que sí, natural, y a la vez no es natural del todo. Seguramente Jacobo está de acuerdo, quizá se estaban distanciando, la gente joven hoy en día no son como nosotros, la convivencia es más difícil, cada cual por su lado. Mejor está aquí la señorita Angélica que en Madrid sola en su piso, o en casa de sus padres…

– Seguro que sí, Balbi, seguro que sí.

En la elaborada elocución de Balbi hay lo informulado como un punto mínimo que vuelve pensativo al radiólogo que examina la placa del pulmón una sombra fuera de lugar. Antonio cree que eso es lo único que Balbanuz percibe con respecto a Juan y su nuera. Más vale que Bonifacio y Balbanuz no sepan los detalles. Está claro, sin embargo, en este instante, que por una vez en su vida Balbanuz no está siendo del todo directa o sincera: está siendo pasiega, casi sin querer. Se da cuenta, sin duda, Balbanuz, de lo que está ocurriendo en la casa. Pero no hay nada que Balbanuz se autorice a sí misma a decir o a pensar que implique una censura ni tan siquiera implícita de Juan Campos. Está seguro Antonio de que Boni y Balbi no censurarán lo que para ellos es una situación incomprensible y anómala incluso cuando están solos. En esto los guardeses del Asubio son poco de pueblo: son como antiguos fareros, acostumbrados a entretenerse solos, a vivir aislados, a no juzgar. Así era todo antes, los juicios sumarísimos se atropellan ahora en el tobogán de la conciencia de Antonio, como víboras. En esto, el teléfono interior, el teléfono de Juan, irrumpe en la habitación sobresaltando a los tres. Antonio toma el auricular, escucha en silencio. Cuelga el auricular.

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