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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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– ¡Igual fue un accidente! ¿Por qué estás tan seguro de que no lo fue?

– Qué te parece, Angélica, si ahora nos tomáramos un whisky fuerte, sólo con el hielo, un lingotazo bueno con esa cálida nocturnidad del whisky en la garganta, esa consoladora fijación de atizarnos un buen whisky a estas horas de la noche. Hagamos eso, Angélica: sírveme un whisky doble y triple, con unos hielos, y sírvete tú misma otro igual, ten la bondad.

Angélica se levanta con el aire de quien sigue las instrucciones de un apuntador o de un director de escena, se encorva al andar y tiene un aspecto desarreglado, aunque va vestida con gran sencillez con un traje de punto verde oscuro, muy francés. Pero parece otra. Y al moverse, al servir el whisky, al regresar a su asiento, parece una mujer enferma y de más años. Sitúa su vaso de whisky sobre el brazo del sillón, tras haber situado el vaso de Juan sobre una mesita auxiliar al otro lado del sillón frente al fuego. Por un instante se abre el silencio entre los dos, se oye el tintineo del hielo en los vasos, se oyen las bocanadas de la vieja galerna afuera. Contra los cristales, de pronto, la lluvia. La sensación de comodidad de este cuarto de estar es intensa ahora: al callarse Juan, al regresar Angélica a su sitio, al tomar en silencio sus whiskies, una sensación de bienestar, que no casa del todo con la tensión interna de los frascos de Juan Campos, invade la habitación como una presencia momentáneamente benévola, que ni Angélica ni Juan habían convocado y que, reanimados por la copa, aturdidos aún por la melopea verbosa de Juan Campos, ambos aún ignoran. Es obvio que Juan, al dejar de hablar y enfrascarse en silencio en el paladeo de su whisky -que es como un paladeo del fuego de encina de la chimenea y de la unificada atmósfera estudiosa y lujosa de su despacho-y ha perdido gas. Angélica, por su parte -a consecuencia quizá de sus breves intervenciones que la han reanimado-, se siente mejor ahora, menos congelada aunque no más segura de sí misma. Desde que comenzó su relación con Juan no ha vuelto a comunicarse con Jacobo. Ni con nadie. Y la ocasión de comunicarse por lo menos con Andrea con motivo de la terrible muerte de Antonio y de Emilia se le fue de las manos porque, en opinión de Angélica, Juan no la abandonó ni un instante para evitar que en un momento de debilidad telefoneara. Es más: Angélica tiene la impresión (aunque las impresiones de Angélica estos días fluctúan tanto que resulta difícil, incluso para la propia interesada, servirse de ellas como punto de referencia) de que Juan llegó a decir: ahora o nunca, si telefoneas ahora, Angélica, nunca regresarás a mí, yo te repudiaré. No obstante lo cual nunca tampoco regresarás a Jacobo, que ya te ha repudiado por adúltera, ni a la amistad con mis otros dos hijos, Fernandito y Andrea, porque lo que hicimos no tiene vuelta de hoja, o paso atrás. Si ahora llamas te repudio yo y nunca te perdonarán ellos. Sólo si no les llamas seremos tú y yo una sola carne ahora y siempre. Esto es, por supuesto, demasiado largo y conceptual para constituir una impresión, se trata más bien del análisis de una impresión que reproduce desde fuera el interior de Angélica, que no es articulado. Pero que no es tampoco completamente ciego. Angélica en este instante tiene esa reducida capacidad perceptiva de ciertos animales subterráneos, quizá el topo o algún otro animal subterráneo de pequeño tamaño que siente la presencia enemiga de los reptiles o de los perros sin saber lo que son. Sólo peligros, que de pronto se volverán devoraciones. Entrecerrados los ojos, incapaz de librarse de la sensación de frío y de peligro, ha escuchado a Juan todo este rato sin entenderlo todo todo el tiempo, sólo reanimada ahora brevemente por el whisky y el silencio, y el crepitar de los leños en la chimenea. Ahora Angélica quisiera ser la Angélica anterior a la Angélica de ahora, una chica segura de sí misma que opinaba que Matilda, su suegra, equivocó su vocación de medio a medio. Pero Angélica sabe que lo que ahora es ya no es aquello, y lo que Angélica es ahora depende de lo que será Angélica mañana, que a su vez depende por completo de lo que Juan tenga intención de hacer con su nuera: de momento lo único evidente es que Juan se siente solo, y en parte incómodo, en una casa sin Antonio y Emilia y necesita que Angélica cumpla con eficacia e impersonalidad de buen servicio doméstico, las funciones que aquellos dos desempeñaron. Angélica confía en que este silencio confortable, el tintineo del hielo, el crepitar del fuego, la velada luz de las lámparas del despacho de Juan, cierren la noche, esta noche, felizmente por fin, y lo siguiente sea ya sólo irse a dormir y quedarse dormida a la primera hasta el día siguiente. Lo malo es que ese irse a dormir no es ya un simple irse a dormir sola en su cama, sino un ir a compartir la enrarecida cama de Juan Campos, que, visto ahora de cerca, no da la impresión de dormir nunca, y que una vez dentro de la cama se limita a cerrar engañosamente los párpados, y a permanecer completamente inmóvil con las manos cruzadas sobre el pecho justo hasta el instante en que Angélica que ha ido quedándose traspuesta se sumerge de un saltito en la primera oleada grande de su primer buen sueño. Entonces Juan Campos se despierta y pregunta: ¿Angélica, estás despierta? Aún no es hora de subir al dormitorio de Juan a no dormir, en realidad es muy temprano, sólo un poco pasadas las doce, pendiente de un hilo queda por deletrear toda esta noche.

– Creo recordar, Angélica, que querías saber cómo supe yo desde un principio que lo de Antonio fue un suicidio. ¿Quieres aún saberlo?

– Sí, supongo. ¿Cómo lo supiste?

– Lo supe porque la noche de autos les oí que bajaban al garaje y que arrancaban el monovolumen. Te habías quedado tú traspuesta, Angélica. Y yo dije: ¡mira por dónde, ahora se van! Oí las cubiertas en el grijo del jardín, miré el reloj. Nadie sale a las tres de la madrugada, entre tres y cuatro de la madrugada, para irse, simplemente de paseo. Era una huida en toda regla, pero ¿a dónde iban a huir estos dos?, no tenían escapatoria. ¡Se van a matar!, pensé. Y así fue. Al día siguiente lo supimos.

– Tengo la impresión Juan, perdona de que no estás, no sé cómo decirlo, diciendo la verdad… -dice Angélica, súbitamente repuesta.

Da la impresión de que algo, quizá el whisky, le ha despejado. Es posible también que Angélica esté ahora mismo persuadida de que Juan tiene razón y de que no hay para ella vuelta atrás. Y esta imposibilidad de modificar lo ya hecho -esta consagración a Juan Campos que ya es irreversible, y que en su momento le pareció deliciosa- le cause ahora desesperación: si así fuera el repentino deseo de hablar y de contradecir a Juan se debería a la pura desesperación de una Angélica acorralada en lo inexorable de su tragicómico destino.

– ¿Y cómo así, Angélica? Es casi imposible que no esté diciendo la verdad porque en lo relativo a Emilia y Antonio me he limitado a contarte que oí salir el coche y que me sorprendió lo absurdo de la hora y que me puse en lo peor. ¿Cómo no voy a estar diciendo la verdad? Sólo te estoy diciendo lo que hay, lo que pensé…

– Ya, pero estás ocultando, con estudiada frialdad, tus verdaderos sentimientos, que no son… que no pueden ser tan terriblemente fríos como suenan… Yo creo que también a ti te ha trastornado mucho esta desgracia y lo ocultas, me lo ocultas a mí por orgullo, o no sé…

– Está bien, Angélica, así está bien, así estás muy bien. Esta línea dubitativa te mejora el cutis, te favorece mucho. Porque tú, sí, Angélica, a diferencia de Matilda, puedes resultar un poquito, como diría, simple. Matilda era demasiado compuesta, y activa y complicada. Estaba en estado de metástasis, antes incluso de enfermar. Transformista, transformismo. Tú, en cambio, como mucho, estás traspuesta. Y eso produce un efecto dormitivo dulce, sí, pero monótono. Y claro, la verdad es que tu función aquí conmigo, aparte la gestión administrativa de esta casa, y aparte el erotismo antañón que me proporciona tu presencia en mi cama, tu función aquí es ser mi ayudante, pen-sar-con-migo. Lo nuestro es una cosa a dúo, Angélica. Y estas memorias, o este relato autobiográfico que hemos iniciado, sí requeriría una cierta metástasis por tu parte. Una cierta capacidad de metamorfosearte de vez en cuando en agitación y en duda: como ahora, que acabas de llamarme frío. El concepto de lo frío, Angélica, es melodramático. El malo es frío. La venganza se consume en frío. Los resentidos somos fríos. La inteligencia es fría. Los buenos en cambio son siempre acogedores, cálidos, calientes. Yo no sé bien lo que soy, ésa es la verdad. Y, ciertamente, con frecuencia no sé qué siento exactamente. Se me ocurren unas cosas y otras, pero no se me ocurren sentimientos apropiados: los sentimientos no son acontecimientos claros y distintos de mi vida mental. Otra manera de decir lo mismo es denominar- me pasivo. Y eso es verdad, soy muy pasivo. Como habrás descubierto ya, también en el amor soy pasivo. Prefiero ser acariciado, estimulado, que al contrario. Son cosas que no se pueden evitar. ¿Crees tú, Angélica, que esta frialdad que tú detectas, y de la que en cierto modo me haces responsable, constituirá de ahora en adelante un impedimento en nuestra relación? Lo sentiría por ti si ése llegase a ser el caso, porque todo lo que yo tendría que hacer, llegado el caso, sería quedarme donde estoy, tal como estoy, pasivo. En cambio tú, ¿qué harías tú, Angélica? Sería horrible para ti. Te verías arrojada una vez más al exterior, a las consecuencias sociales de tu adulterio conmigo, y eso sería lo que más tú temes, la desaparición social. Perderías toda significación. Ahora al menos eres mi secretaria y mi ayudante personal y mi querida. Pero sin mí, ¿qué sería de ti, Angélica, sin mí?

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