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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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– Puedes empezar a buscar ya si quieres, Juan. Un mes aproximadamente, y nos iremos, incluso antes si encuentras a alguien antes…

– Así sea -replica Juan con una vocecita meliflua.

Antonio sale de la habitación. Al salir de la habitación se vuelve y da la espalda a Juan, recorre con decisión los pasos que le separan de la puerta de la sala. Abre la puerta de la sala. Va a salir. Entonces lo insólito sucede: Juan Campos pega un grito. Es la primera vez que Juan levanta la voz. Antonio no recuerda que Juan pegara una voz nunca, no le recuerda iracundo. Este grito parece la voz de otra persona, como si de pronto hubiese aparecido una tercera persona en la habitación que le gritara al irse. Tan violento es el grito que Antonio permanece de espaldas enmarcado por el marco de la puerta sin volverse. Esto es lo que oye, que ya no es el grito mismo, sino como una verbalización posterior al grito, que conserva del grito la violencia, la extrañeza, como si esa tercera persona recién llegada, que Antonio no viera porque sigue de espaldas, explicara, destemplada aún, lo que el grito gritó sin concepto:

– ¡Tú no sabes nada! ¡No sabes esto de qué va! ¡Crees que me conoces, y no me conoces! ¡Ella os engañó! ¡Ella mintió! ¡ La Turpin mintió! ¡Por eso liquidé sus negocios de cualquier manera, perdiendo dinero, y en especial aquel famoso Narcisa Investments, pensado para herirme…!

Antonio da un paso al frente, y cierra tras de sí la puerta. No hay ninguna luz encendida en la casa. En el vestíbulo, un resplandor subacuático, verdinegro, recuerda la lluvia, el acantilado, el fracaso. No ha tardado mucho. Cuando Antonio entra en su cuarto de estar, aún charlan tranquilas Emilia y Balbi. Desea decir: ojalá te quedaras con nosotros, Balbi. Pero no dice nada. Balbi se va al poco rato.

XLII

Antonio acompaña a Balbi hasta la puerta de la calle. Cruza casi todo el jardín con ella. Al irse Balbi se borra el sentido de la continuidad del tiempo. Al regresar lentamente al cuarto de estar con Emilia, Antonio siente que no hay continuidad. Como si al irse Balbi, al entrar en su casa, al cerrar la puerta, se hubiese cerrado la noche sobre sí misma. Hay en Antonio ahora un sentido de acabamiento, de cierre completo. Así es la muerte ajena. Cuando alguien que queremos fallece, y regresamos a los lugares donde vivíamos con el fallecido, todo son tareas inacabadas, todo nos habla del mañana que ya no se cumplirá. Y cualquier cosa que veamos, que perteneció al difunto, es desgarradora porque designa el incumplimiento final, designa nuestro final también. Pero la idea de nuestro final no es desgarradora de la misma manera, no sabemos cuándo tendrá lugar y vivimos, de hecho, como si no fuera a tener lugar, porque no será en ningún caso una experiencia para nosotros, no experimentaremos nuestra muerte. Mientras yo existo no existe la muerte es el tópico que más profundamente expresa nuestra vivencia de nuestra muerte propia. La muerte ajena, en cambio, lo irrecuperable de la persona fallecida, eso es desgarrador. Antonio entra en casa dando vueltas a estas ideas, tan comunes a todos nosotros. Desde que murió Matilda, Emilia ha vivido la experiencia desgarradora de la muerte de Matilda. No ha logrado desactivar esa experiencia, no ha logrado desactivar el desgarro. Antonio se siente esta noche responsable del decaimiento de Emilia, culpable por no haber hecho más. ¿Y qué más es ese que pudimos hacer y que no hicimos? ¿Pudimos ser más cariñosos? ¿Debió Antonio Vega llevar a su mujer al médico? Por más que recorra la vida con Emilia de este último año y pico, Antonio no encuentra ninguna culpa grave que atribuirse. Quizá no ha sido especialmente cariñoso, pero es que Antonio Vega siempre es muy cariñoso con Emilia, es constantemente cariñoso con ella, han tenido una comunicación muy continua. Es cierto que Antonio no ha logrado entrar en ese reducto que todos los seres humanos finalmente tenemos y que nos hace únicos y misteriosos incluso para quienes mejor nos conocen. Cuando queremos a una persona mucho, es decir, cuando la singularizamos y la individualizamos con tal precisión en el espacio y en el tiempo, y en los sentimientos, y en el comportamiento que no puede confundirse con ninguna otra nunca, entonces es cuando aparece el temor de que a pesar de toda esa profundidad de conocimiento queden todavía huecos por llenar, lados por conocer. Cuanto mejor conocemos a una persona durante más años, nos sobrecoge a veces el temor de que de pronto ya no lleguemos a alcanzarla por completo. Basta con que la persona en cuestión nos asegure que nos quiere, o que se siente querida y comprendida para que se disipe el temor, que en ciertas personalidades sin embargo pueden reaparecer una y otra vez. No es ciertamente temor a la infidelidad, no es miedo a ser traicionado -ese temor no aparece ya en personas seriamente comprometidas entre sí, de la misma manera que no aparecen ya los celos, o por lo menos no cuajan, aunque quizá rocen, casi humorísticamente, la conciencia de quienes se aman-: Antonio piensa que es miedo a la muerte de la persona amada, miedo a la finitud, y este miedo es invencible porque responde a un hecho que todos, por jóvenes que seamos, por bien que nos sintamos, tenemos siempre presente, el hecho de que hemos de morir y que las personas que amamos, aunque no dejen de amarnos, dejarán de existir (uno confía en que morirán después de haber muerto nosotros, pero eso no puede calcularse). Antonio Vega asocia esta noche, al sentarse junto a Emilia, estas ideas a la sensación de que a pesar de quererla y conocerla muy profundamente, algo de Emilia se le escapa, y es un misterio, junto con la idea de que por más que haga, no podrá librarla por fin de la muerte. A la vista está que no está pudiendo librarla de la muerte. ¿Cómo es que Antonio Vega no piensa lo que está pensando cualquier lector de este relato? ¿No es inverosímil que Antonio Vega no se plantee su presente situación en términos vulgares y corrientes? Al fin y al cabo todo lo que ocurre es que, una vez fallecida Matilda, Juan ha dejado de vivir el proyecto matrimonial que inauguró con Matilda, y que incluía la convivencia familiar con Emilia y Antonio: ahora Juan se ha desentendido de este proyecto, ha dejado de ver a Emilia y Antonio como amigos, y los ve como empleados: con los empleados se mantienen relaciones contractuales que no son indefinidas en el tiempo: así ahora han dejado de funcionar. Emilia y Antonio pueden irse de la casa y vivir por su cuenta. Y es obvio que Emilia debe ser puesta en manos de alguna clase de psicólogo o psiquiatra. Es muy posible que un tratamiento farmacológico adecuado estabilice a Emilia: los dos son, ciertamente, una pareja aún joven, tienen toda la vida por delante, tienen incluso una razonablemente buena posición económica. ¿Qué más se puede pedir? ¿Por qué el sentimiento de fracaso y de muerte embarga a Antonio Vega esta noche?

Para sorpresa suya, que contaba con que Emilia se hubiese adormecido frente a la tele, incluso ante la tele apagada, Emilia le recibe animosa y sonriente. Se ha servido un whisky, ha encendido un pitillo. Antonio se sirve él mismo un whisky. Piensa Antonio que la compañía de Balbi ha venido bien a Emilia. Hablar de Emeterio y de su próximo matrimonio, incluso no hablar de nada pero sentirse en la sensata compañía de Balbanuz ha tranquilizado a Emilia. Tiene gana de hablar:

– Algunos días te veo como un gato. Te miro y digo: es un gato. Haces cosas de gato…

– ¿Qué hago, maúllo? -pregunta Antonio.

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