La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
– No lo sé, Juan. Estoy helada.
– ¿Sabes lo que te pasa, Angélica? No es que estés helada, es que te aterra el más allá. Ante eso estás. Por eso estás helada. Pero no hay más allá, hay sólo este más acá ahuecado por nuestros sentimientos de culpabilidad o por nuestros deseos de felicidad o por nuestro miedo a la muerte. Ni hay, más allá de esta habitación, en plena noche, en el jardín del Asubio, nada que dos adultos razonables como tú y yo no podamos controlar provistos de una gabardina y de un paraguas, como mucho un par de buenas botas camperas. Está oscuro, eso sí, y la oscuridad nos hacer retroceder a todos, incluso a los más razonables de todos, hacia primitivas zonas infantiles, zonas de desamparo que rozan el desamparo de los animales, de los primeros habitantes de la tierra. Zonas de nuestra niñez. La oscuridad evoca el desamor también, el que no haya de pronto presencia, calidez, acogimiento donde creímos que la había: amábamos a alguien, vivíamos convencidos de que este alguien a su vez nos amaba. Y de pronto un día descubrimos que no nos ama ya, y que quizá nunca nos amó. Nuestro sentimiento amoroso, el nuestro, no se interrumpe a la vez que desaparece su objeto correspondiente: lo amado, el amado, sigue siendo amable, seguimos amándolo, pero ahora ya no hay feedback: eso es también el significado de la oscuridad y de la noche. La noche, como el amado que ha dejado de amarnos, nos expulsa de sí misma. De ahí esa imagen bíblica tan eficaz que tantos terrores ha producido a millones de creyentes, la de ser arrojados a las tinieblas exteriores. Tú eres razonable, tan razonable como yo, Angélica, pero estás más cerca que yo, mucho más cerca, del instinto. Por eso tienes frío, porque temes que entre tantas vueltas como estamos dando aquí esta tarde, con tantas entrecruzadas referencias a sentimientos de vivos y difuntos, de pronto no podamos distinguir con claridad entre unos y otros. Por ejemplo: cuando murió Matilda hablar de ella con mis hijos, o con Antonio, o con Emilia, no se diferenciaba gran cosa de hablar de ella cuando se había sencillamente ido de viaje. En un caso para siempre, en otro, para un tiempo. En ambos casos, si se detenía uno en el punto cero, en la falta de Matilda, en su ausencia, resultaba conmovedor en exceso hablar de ella y evocarla porque no había modo de hacerla presentarse con sólo desear verla, o pensar en ella, o hablar de ella. Así también ahora Antonio sigue aquí. Emilia nunca tuvo para mí la presencia de Antonio. Emilia fue una presencia constante de Matilda y Antonio fue una constante presencia mía. Yo no contaba con que Antonio se suicidase o se fuese de la casa. ¡Me siento profundamente herido, Angélica, por eso…!
– ¡Pero, Juan, si tú mismo dijiste que querías que se fueran, que habías acabado por pensar en ellos como empleados, mucho más como empleados que como amigos, hablamos mucho rato de eso, sobre todo tú!
– ¡Era sólo un hablar, sólo un hablar!
– ¡Ahora echas de menos a Matilda! -dice Angélica de pronto.
– Verás, Angélica, pues no. Pero la asociación de ideas está bien, está muy bien. Yo no puedo decir que sea del todo verdad que eche ahora, o haya echado de menos nunca, a Matilda, mi mujer. Era a mí a quien echaba ella de menos más bien, era yo su ausente un poco. Era yo su amado, ella era la amante, y yo el amado. Y el amado no echa de menos al amante, nunca, o casi nunca, rara vez. Es más, casi preferiría que le echara de menos algo menos al objeto de poderse rebullir. Tú sabes la historia toda entera. Sé que el duelo por Matilda no fue algo que sintiera yo directamente. Atravesé el duelo, lo pasé por persona interpuesta, casi entero. Matilda se les había muerto a todos y de paso, como quien dice, a mí también. En cambio ahora, Angélica, Antonio se me ha ido sólo a mí. ¿Ves la relación, la contraposición?
– Lo que estás diciéndome es rarito un poco. No querrás decir que ahora de repente Antonio y tú…
– ¡No, no Angélica, no es eso! O, no es eso en esa cruda forma de ser eso, que eso tiene cuando los que lo piensan no saben qué pensar…
– Quieres decir que no estabais liados.
– Eso es, eso quiero decir exactamente. Pero si sólo quisiera decir eso, decirlo o callarlo daría igual. Porque no tendría la más mínima importancia. Nadie echa de menos a sus amantes o a sus ligues, son sustituibles. Sus fisonomías se diluyen instantáneamente una vez que se separan de nosotros. Antonio y yo no éramos amantes, Angélica, ni siquiera se nos ocurrió semejante cosa nunca. Sólo pensarlo nos hubiera parecido ya asqueroso, tedioso. Lo que yo sí era para Antonio, eso sí fui, era su fundamento. Antonio se fiaba de mí, confiaba en mí, yo era lo más fiable que Antonio conocía, lo mismo que Matilda para Emilia. Lo que ocurrió fue que, a diferencia de Matilda, a quien la muerte atacó a traición, y gracias a eso cobró a ojos de Emilia un renovado lumen gloriae, yo me quedé a verlas venir. Lo que tenía de fundamento yo, la fianza que yo proporcionaba a la confianza que Antonio me proporcionaba se escurrió, se aguó, se echó a perder en poco tiempo. Pero ese deterioro tan veloz (que Antonio Vega sólo al final comenzó a percibir con claridad) yo lo percibí desde un principio: nada podía hacerse. Yo contaba con poder jugar aún con Antonio Vega un largo juego entre fundado y fundamento. Yo contaba con que me necesitaba aún todavía cuando ya el deterioro fue visible, e incluso entonces más que nunca. E hice entonces varias pruebas para comprobar la solidez ontológica, tú me entiendes, Angélica, de esta relación. Le hice sentir que ya no le necesitaba yo a él, incluso le empujé a irse de esta casa. Y lo que te conté a ti del finiquito famoso fue en esta misma línea de pruebas y repruebas contrapruebas. ¿Qué le pasó a Antonio? ¿Por qué no me entendió?
– Vio que Emilia se dejaba morir y no quería vivir, y se dio cuenta de que él tampoco. ¿Esto, Juan, no te parece razonable?
– Fueron razonables los detalles, sí. La improvisada precisión de ese suicidio fue muy razonable, estoy de acuerdo. Desde el punto de vista de la razón instrumental, de la relación computacional entre medios y fines, la ejecución del acto fue perfecta: fue, como tú dices, perfectamente razonable. El absurdo fue que se matase así, de pronto. Lo irrazonable fue la muerte aunque la precisa búsqueda de la muerte, e incluso el intento de presentarla como un simple accidente, todo eso fue muy razonable. Matarse no. ¡Yo era su fundamento! Y Antonio mismo era él mismo, por sí mismo, también un fundamento (quizá mi fundamento), era el hombre más fiable que jamás he conocido. Lo absurdo, lo irrazonable fue su abismo. Esto es lo que no puedo comprender, no entiendo por qué se suicidó.