La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
La pequeña aventura del ascensor tuvo el don de despertar el interés de Tasslehoff, quien decidió que, como de momento no había de hallar solución a sus múltiples problemas, era mejor no perder el tiempo en devanarse los sesos y estudiar su entorno. Así pues, disfrutó del viaje en el artilugio a pesar de que, en algunos lugares particularmente escabrosos, la desvencijada cesta —manipulada por musculosos enanos, que tiraban de los largos cabos de cuerda mediante ingeniosas poleas— rebotó en los aserrados cantos de piedra, zarandeando a sus ocupantes e infligiéndoles cortes y magulladuras en todo el cuerpo.
Tales incidentes fueron en realidad un acicate dentro de la monotonía del periplo, más aún porque los guardianes que escoltaban a los dos cautivos mostraban el puño cerrado e imprecaban en lengua enanil a los encargados de la cuerda siempre que se estrellaban.
En cuanto al gnomo, la experiencia le excitó hasta lo impensable. Tras arrancar un carboncillo de las paredes de la montaña y pedir prestado a Tas uno de sus pañuelos, se acurrucó en el suelo del aparato y comenzó a diseñar los planos de un nuevo ascensor, perfeccionado de acuerdo con sus conocimientos técnicos.
—El sistema de poleas ha de ser propulsado por vapor y activarse mediante cables —reflexionó, pletórico de entusiasmo, a la vez que esbozaba lo que al kender se le antojó una gigantesca trampa sobre ruedas para langostas—. Arriba y abajo, inclinación hacia la parte trasera, capacidad treinta y dos. ¿Se atora? Alarma. Campanillas, silbatos o cuernos de caza.
Cuando llegaron al fin al plano inferior, Tasslehoff resolvió observar con extrema atención por dónde andaban a fin de encontrar la salida en el caso de que consiguieran fugarse. Pero Gnimsh le impedía concentrarse, obstinado en enseñarle el boceto e instruirle sobre los pormenores.
—Es fantástico, amigo —contestaba, distraído, a la inagotable verborrea de su acompañante, con el corazón más deprimido que la oquedad donde se hallaban—. ¿Una música suave, interpretada por un flautista en un rincón resonante? Una idea espléndida, digna de ti.
Espiando los subterráneos mientras los guardianes les azuzaban, el kender suspiró. Aquel laberinto no sólo era tan tedioso como el Abismo, sino que además olía mucho peor. Una hilera de hediondas celdas surcaba los muros, iluminadas por humeantes antorchas y abarrotadas de enanos hasta el límite de su capacidad. El aire viciado, los efluvios de los prisioneros, asfixiaban al desalentado hombrecillo.
Estudió los habitáculos, con creciente pasmo, en su peregrinar por el pasadizo que separaba los calabozos. Aquellos cautivos no tenían aspecto de criminales, eran familias enteras de criaturas que, arropadas en mugrientas mantas, se apiñaban en deterioradas banquetas o se asomaban a los barrotes.
—¿Qué es esto? —inquirió a uno de los centinelas, vapuleando su manga. Había aprendido algunas frases en lengua enanil en el curso de sus transacciones con Flint, que le permitían comunicarse con sus aprehensores—. ¿Por qué están encerrados aquí todos esos desdichados?
Esperaba haberse expresado con corrección, ya que existía la posibilidad de que hubiera preguntado sin proponérselo por el paradero de la taberna más próxima. Mas el soldado le sacó de dudas al anunciar escuetamente, furibundos sus ojos:
—Dewar.
11
Una visita inesperada
—¿Dewar? —inquirió Tas.
El guardián, poco deseoso de establecer diálogo, dio un agresivo empellón al kender para que siguiera caminando. El hombrecillo tropezó y, una vez equilibrado, echó a andar, aunque sin cesar de escrutar el subterráneo y preguntarse qué sucedía. Mientras tanto, Gnimsh, asaltado por un nuevo arranque de inspiración, disertaba sobre la «hidráulica» de su invento.
Tasslehoff se sumió en sus cábalas, pues acababa de recordar que en alguna ocasión había oído el apelativo «dewar» y no acertaba a precisar cuándo. De pronto, halló la respuesta.
—¡Son los enanos oscuros! —exclamó, alborozado—. ¡Claro! ¡ahora sé de qué conozco ese nombre! Lucharon junto a los Señores de los Dragones, mas no vivían aquí la última vez, o supongo que he de decir la próxima, que visitamos el reino de las montañas. ¿O sería más correcto hablar en futuro? Me parece que me estoy haciendo un lío. Sea como fuere —desistió de conjugar apropiadamente los tiempos verbales—, esas criaturas no deberían alojarse en calabozos. ¿Qué crimen han cometido? —indagó de nuevo a su custodio—. Ha de ser algo terrible, puesto que les tenéis confinados en un lugar tan inmundo.
—¡Traidores! —le espetó el interrogado.
Llegaron a una celda situada en el otro extremo del pasadizo. El centinela desprendió un manojo de llaves de su cinto, insertó una en el cerrojo y abrió la puerta.
Tasslehoff espió el interior y distinguió a una treintena de dewar hacinados en todo su perímetro. Unos yacían aletargados en el suelo, otros dormían apoyados en la pared y un tercer grupo, acuclillados en corro junto a una oscura esquina, hablaban en voz baja cuando irrumpieron los recién llegados. Enmudecieron al verles, lo que hizo pensar al kender que estaban conspirando. No había mujeres ni niños en la cámara, tan sólo una asamblea de varones que miraron al trío con ojos rebosantes de rencor, de odio.
Tas asió el brazo de Gnimsh en el instante en que éste, aún obsesionado por cómo evitar que los ocupantes del ascensor quedaran atascados en el trayecto, se disponía a entrar en la mazmorra llevado de la inercia.
—Bien, bien —se encaró Tasslehoff con el soldado sin soltar al gnomo, al que había arrastrado hasta detrás de su espalda—. Ha sido un periplo muy instructivo, te lo aseguro. Pero ahora he de rogarte que nos devuelvas a nuestro calabozo que era, sin lugar a dudas, más aireado y espacioso que este cuchitril. Si lo haces te prometo que mi compañero y yo nos abstendremos de realizar excursiones no autorizadas por tu ciudad, aunque se trata de un lugar de lo más interesante y a ambos nos gustaría explorarlo.
El enano, por toda respuesta, arrojó al kender al centro de la estancia, con tal violencia que éste cayó despatarrado.
—Haz el favor de decidirte —reconvino el gnomo a su amigo, a la vez que salía catapultado detrás de él—. ¿Nos vamos o nos quedamos?
—Creo que no tenemos elección —susurró Tas, descorazonado.
Tomó asiento y estudió a los dewar, que observaban en silencio a los dos nuevos prisioneros. Los ecos de las pisadas de los guardianes en retroceso resonaron en el corredor, acompañados por las obscenidades y amenazas que les dedicaban desde las celdas circundantes.
—Hola —saludó el hombrecillo a los mugrientos enanos cuando se hubieron disipado los retumbos. Su tono era cordial, pero no les tendió la mano—. Me llamo Tasslehoff Burrfoot y éste es Gnimsh, un colega. Ya que por lo visto hemos de convivir en este agujero, será mejor que os presentéis y hagamos lo posible para que reine la concordia.
Pronunciadas estas palabras, Tas se incorporó y ojeó, desconfiado, a un individuo que también se había puesto de pie y avanzaba hacia ellos.
Se trataba de un enano de considerable estatura, cuyo rostro era apenas visible bajo el tupido velo de su barba y melena. Esbozó una aviesa sonrisa y una hoja de cuchillo refulgió en su mano, un arma surgida de la nada que blandió con aire bravucón mientras se encaminaba hacia el espantado hombrecillo. Tas, al sentirse acorralado, reculó hasta que el ángulo de los muros obstaculizó sus movimientos.
—¿Quiénes son estas personas? —vociferó Gnimsh, que le había seguido inmerso en sus cálculos y al fin se percataba del sombrío cubil donde habían ido a parar.
Sin darle opción a contestar, el dewar agarró al infortunado Tas por la cerviz y aplicó el cuchillo a su garganta.
«Ahora sí que mi muerte es inminente —recapacitó el agredido—. Flint debe de estar carcajeándose».
La afilada hoja surcó el aire en dirección a su presa, pero, con gran asombro por parte del kender, tan sólo rozó su piel. No era su sangre lo que quería el atacante, sino sus saquillos. Con mano experta, el fornido enano sesgó las correas que los sujetaban a su hombro y las sagradas pertenencias del hombrecillo se desplomaron en su derredor.