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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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¡Y luego estaba Elizabeth! Darcy sintió que se le cortaba la respiración. La cabeza y el corazón se le llenaron de tanta nostalgia que se sintió a punto de perder la razón. Las posibilidades de que Elizabeth contrajera un matrimonio ventajoso siempre habían sido escasas. Pero ahora las perspectivas eran nulas. La idea de verla como la esposa de otro hombre siempre había sido muy difícil de contemplar, pero ahora era improbable que le esperara algún tipo de felicidad en el futuro. Cerró los ojos para no pensar en los deseos del pasado, que la envolverían entre sus brazos protectores. ¡Debía pensar con claridad!

Tanto ella como sus hermanas, se dijo Darcy, obligándose a retomar el tema que lo ocupaba, se verían forzadas a casarse con hombres de clase inferior, si es que lograban casarse y podían encontrar hombres respetables que aceptaran pasar por alto la desgracia de la familia. Sin poder controlarse, se imaginó a Elizabeth como la esposa de algún granjero o empleado pobre, luchando diariamente, con una existencia difícil que acabaría con toda su vivacidad. Hizo rechinar sus dientes, reclinando la frente contra el frío cristal de la ventana. Trató de deshacerse de esa imagen con un rugido, pero la visión permaneció en su mente, convirtiendo a Elizabeth en la sombra de la mujer que podría haber sido. ¡Eso casi le hizo enloquecer! Y también lo impulsó a tomar una decisión. Dio media vuelta y observó el estudio como si todo Pemberley estuviera ante sus ojos. ¡No, no iba a desentenderse de la desgracia de Elizabeth! Si con su fortuna podía conseguir una solución aceptable y darle a ella una oportunidad de ser feliz, quizá pudiera usar su prestigio con el hombre adecuado -pensó enseguida en el tío de Elizabeth- para superar las objeciones a su participación.

Con renovada energía, regresó al escritorio y abrió su agenda. Pasó el dedo por las páginas para revisar sus compromisos, tomó nota de sus citas y sacó papel y tinta. Su administrador se quedaría perplejo al leer su mensaje, pero no había nada que hacer. Sherrill era un buen hombre y podría enfrentarse perfectamente a las responsabilidades que Darcy estaba a punto de darle. Lo que importaba ahora era la celeridad. Debía estar en Londres lo antes posible, aunque eso significase incluso no descansar o viajar en domingo. Con una letra que reflejaba la premura, estampó su firma en una segunda carta, que debía ser enviada a la ciudad delante de él, y sopló suavemente sobre la tinta húmeda, mientras pensaba en todo lo que tenía que hacer antes de partir. Luego dobló la carta, se dirigió a la puerta y le entregó las dos misivas al primer lacayo que encontró, con instrucciones sobre sus destinatarios. El ruido de voces procedente del vestíbulo principal le advirtió de que sus invitados estaban regresando del picnic. No tenía tiempo que perder en convenciones sociales ni defendiéndose de las pequeñas tretas y estratagemas de Caroline Bingley. Se dio la vuelta hacia las escaleras, que subió de dos en dos, y cuando llegó a su habitación, tocó con insistencia la campanilla para llamar a su ayuda de cámara.

– ¡Fletcher! -Darcy se acercó antes de que el hombre tuviera tiempo de recuperar el aliento, tras ser llamado de forma tan apresurada y subir corriendo dos pisos-. Salimos mañana para Londres. Haga el equipaje sólo con lo necesario, pues no voy a asistir a ninguna velada social en la ciudad, ni desempeñaré las actividades normales.

– ¿Londres, señor? -Fletcher resolló con sorpresa-. ¿Mañana? ¡Dios nos proteja, señor!

– Ojalá así sea y Dios nos proteja. -Darcy guardó silencio mientras contemplaba la cara de desconcierto de Fletcher y se preguntaba si sería prudente confiar en su ayuda de cámara-. Vamos al rescate de una jovencita, Fletcher -añadió finalmente, con una especie de sonrisa-, una actividad en la que usted y su prometida tienen alguna experiencia, si mal no recuerdo.

– S-sí, señor -respondió el ayuda de cámara de manera vacilante-. ¿Cuándo quiere partir, señor?

– A las seis como más tarde. Eso será todo… No, espere. -Darcy detuvo al hombre antes de que pudiera hacer la inclinación-. No se lo cuente a nadie hasta esta noche; luego puede divulgarlo entre la servidumbre. Yo informaré al señor Reynolds, pero mis invitados no deben saberlo hasta que yo se lo diga.

– Sí, señor. -El sirviente hizo una reverencia.

– Y envíe a un criado en busca de la señorita Georgiana. Quiero hablar con ella enseguida.

– ¡Inmediatamente, señor Darcy! -Fletcher hizo otra rápida inclinación y desapareció por la puerta de servicio. Durante un momento, el caballero se quedó mirando la puerta cerrada, oyendo cómo se desvanecían los pasos de su ayuda de cámara. Con la conciencia tranquila, por el hecho de haber tomado una decisión sobre la que podía tener alguna influencia y sentir que estaba haciendo lo correcto, Darcy se sintió invadido por una dulce sensación de libertad.

– ¿Fitzwilliam? -Cuando Darcy le ordenó entrar, Georgiana apareció en el umbral. Levantó la vista de su maleta justo a tiempo para alcanzar a ver cómo se desvanecía la sonrisa del rostro de su hermana y se convertía en una expresión de desconcierto-. ¿Qué estás haciendo? ¿El equipaje? -Georgiana lo miró con asombro.

– Sí, preciosa, me marcho mañana a primera hora. -Darcy soltó lo que tenía en la mano y fue a su encuentro.

– Pero, nuestros invitados… -Georgiana lo miró, al tiempo que él la agarraba de las manos-. ¿Y la señorita Elizabeth?

Darcy miró a su hermana a los ojos y se sorprendió de ver la tranquila seguridad que vio en ellos. La cualidad de la clemencia… Sí, eso fue lo que Darcy vio en los ojos de Georgiana, los efectos de la clemencia y la sabiduría que ésta le había traído. Sentía la necesidad urgente de comunicarle sus planes. Georgiana, más que nadie, entendería lo que él estaba a punto de hacer.

– Es por el bien de la señorita Elizabeth que debo dejarte aquí sola para que atiendas a nuestros invitados y viajar a Londres no sé por cuánto tiempo.

– ¡Londres! ¿Por el bien de la señorita Elizabeth? -Darcy podía ver la batalla que libraban en el interior de Georgiana la curiosidad, la preocupación y el sentido de la discreción.

– Sí. Elizabeth… La señorita Elizabeth ha recibido una terrible noticia por correo justo minutos antes de que yo fuera a verla. Estaba tan conmocionada que me confió el contenido de la carta de la forma más natural. -Hizo una pausa-. Curiosamente, es un asunto que tiene cierta relación con nuestra familia, razón por la cual pienso que lo que yo pueda hacer será extraordinariamente significativo. -Miró directamente a los ojos de su hermana-. Le prometí a Elizabeth que guardaría silencio, pero es algo que tiene que ver con Wickham, querida. -Georgiana se quedó sin respiración y, por un momento, volvió a cruzar por sus delicados rasgos una mirada de dolor y vergüenza, pero esas emociones fueron rápidamente reemplazadas por la preocupación.

– ¿Wickham y la señorita Elizabeth? ¡Debes decirme de qué se trata, Fitzwilliam! -exigió Georgiana, apretando las manos de Darcy y mirándolo con intensidad.

– Wickham ha… ha comprometido la reputación de la hermana pequeña de la señorita Elizabeth…

– ¡No! -susurró Georgiana con voz ahogada.

– Me temo que sí. -Darcy la miró con inquietud, pero ella asintió y le hizo señas para que continuara-. Se la ha llevado a Londres y han desaparecido. En la carta era requerida la presencia de la señorita Elizabeth en su casa en Hertfordshire, al igual que la de su tío para que ayude al padre en la búsqueda. Supongo que ya se han marchado. Georgiana -Darcy suspiró-, no puedo dejar de pensar en que si yo hubiese hecho público el peligro que representaba Wickham, esto no habría sucedido. Tal vez estoy equivocado, pero en este momento no puedo más que sentirme culpable de comportarme de forma tan desconsiderada, sin pensar en la protección de nadie más allá de nuestra propia familia.

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