Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
Luego, regresaba a casa con sobras para Moose y lo observaba comer, después lavarse, enroscarse formando una bola y dormirse contento. A la hora de dormir, se ponía el camisón que había usado la noche que durmió en la cama de Scott, se cepillaba el cabello, manipulaba las pesas del reloj y, cuando ya no podía posponerlo más, se acostaba: era una vieja doncella que envejecía, y dormía con un gato manchado, mientras el péndulo se balanceaba en la oscuridad.
La mayoría de las noches permanecía despierta, escuchando el tintineo del piano y el rasgueo del banjo, pero el jolgorio de abajo había concluido para siempre. Cerraba los ojos y veía largas piernas elevándose hacia el techo, y volantes rojos alrededor de medias de red negras, y un hombre con un cigarro entre los dientes, un Stetson de copa baja, y un niño pequeño espiando desde abajo de una puerta vaivén.
Una noche en que sus inquietos recuerdos se negaban a disiparse, se levantó de la cama y bajó, empuñando la llave que Scott le había dejado. Entró por la puerta trasera de la taberna y se quedó quieta, sosteniendo la lámpara en alto, observando como la luz alumbraba el pasillo hasta el cuarto donde había dormido Willy. El catre ya no estaba. Quedaban los armazones en que se apoyaban los barriles, y el olor rancio de la cerveza vieja. Pero el niño no estaba, y tampoco los vestigios de su presencia. Recordó la última noche, cuando ella y Scott lo llevaron a acostarse, y él la besó. Pero el recuerdo se le clavó en el corazón, y prefirió salir de la despensa.
En el salón principal, las sillas estaban dadas vuelta sobre las mesas y la barra. Pero el piano no estaba, ni Dierdre y su Jardín de las Delicias. La luz de la linterna proyectaba sombras caprichosas que trepaban por las paredes y caían entre las mesas mientras Agatha se movía entre ellas. Ahí perduraba el olor del whisky y, tal vez, el inefable resabio de humo de cigarro.
Algo crujió, y Agatha se detuvo alzando la linterna para escudriñar los rincones. Como a través de un largo túnel, llegó el tintineo lejano de la música, una canción alegre que flotó en la noche con la tenue resonancia de un clavicordio. Agatha ladeó la cabeza y escuchó. Ahora los reconocía: eran un piano y un banjo que tocaban juntos, y de fondo, el eco débil de risas y pies golpeando sobre el suelo de madera.
Chicas de Buffalo, por qué no salen esta noche,
Salen esta noche, salen esta noche…
Sonrió y giró hacia el lugar donde había estado el piano. Donde Jube, Pearl y Ruby revoleaban los pliegues de tafetán y levantaban los tacones con notable sincronización.
El sonido enmudeció. Las imágenes se desvanecieron. No era más que la imaginación de Agatha, las tontas divagaciones de una mujer melancólica, nostálgica, sola en una taberna abandonada, temblando con su camisón sobre el que, una vez, un hombre había apretado su cuerpo y un niño apoyado su cabeza.
Ve a la cama, Agatha. Aquí no hay nada para ti, sólo angustia y el comienzo de una desdicha mayor.
Después, nunca más volvió a la taberna, excepto una de día, para mostrársela a una persona interesada en alquilarla como almacén para productos secos. Pero cuando la esposa del hombre levantó la nariz y olfateó, afirmó que nunca podrían quitar de ahí el olor a whisky, y se fueron sin mirar siquiera la despensa.
Agatha se preguntó si vendrían otros inquilinos nuevos que, quizás, iluminaran su vida con nuevas amistades, distracciones. Pero, ¿quién iría otra vez a ese desolado pueblo vaquero? Ahora que las tabernas estaban cerradas, ni los vaqueros mismos. Al llegar la primavera, la vivacidad que acarrearían los animales y sus conductores no se haría presente. Ni ruido, ni desorden ni barullo. Por mucho que se hubiese quejado antes, los echaría mucho de menos. Los vaqueros y su desorden formaban parte de su vida tanto como la sombrerería. Pero, sin ellos y la prosperidad pasajera que traían, las temporadas cambiarían y el pueblo se marchitaría, igual que Agatha y su tienda, y a nadie le importaría.
La Navidad era una ocasión para sufrir. La única alegría de Agatha, bastante modesta, por cierto, fue confeccionar el ganso relleno para Willy y enviárselo, junto con la primera carta. Estaba llena de cháchara intrascendente acerca de lo grande que estaba Moose, cómo se le colgaba del ruedo del vestido con las uñas, qué le regalaría a Violet para Navidad, y lo bello que estaba el tejado de la Iglesia Cristiana Presbiteriana cubierto de nieve. No daba indicios de la abrumadora soledad y tuvo cuidado de no preguntar cómo estaba Scott ni enviarle ningún mensaje personal.
Cada vez que pagaba el alquiler, hacía el cheque y escribía la dirección en el sobre con más cuidado que ninguna otra de las cosas que hacía en esa época, trazando cada letra como si fuese un grabado en cobre, tan intrincado que parecía un bordado sobre la funda de una almohada. Pero en la carta sólo decía que le enviaba el alquiler mensual de veinticinco dólares, y un informe de cualquier posible comprador que hubiese visitado el edificio. Excepto en la de enero, que fue cuando aparecieron la mujer que olfateaba y su marido, esa parte podía descartarse.
Había palabras efusivas que ansiaba derramar, pero se contenía, temerosa de parecer una solterona desesperada, hambrienta de amor… precisamente lo que era.
Pasaba los días ayudándose por medio de una alegría falsa que desaparecía en cuanto Violet le daba la espalda. Pero cuando quedaba sola en la tienda, a menudo se sorprendía con las manos quietas, contemplando el taburete de Willy y se preguntaba si habría crecido tanto como para no necesitarla; cómo sería Waverley, dónde vivían él y Scott, y también, en ocasiones, si la echarían de menos, y si volvería a verlos alguna vez. Entonces, aparecía Moose, se le refregaba contra los tobillos y hacía: «Mrrr…», lo único que se escuchaba en la sombrerería, y Agatha tenía que esforzarse por salir de una honda lasitud que la saturaba cada vez más a medida que se arrastraba el invierno.
Diciembre, con la insoportable Navidad.
Enero, con un frío punzante que le aumentaba el dolor de la cadera.
Febrero, con ventiscas que soplaban desde Nebraska y ensuciaban la nieve de tierra, dejándola tan pardusca y desdichada como la vida de Agatha.
La que trajo el telegrama fue Violet. Violet, con los ojos azules iluminados como picos de gas, y las manos venosas agitándose en el aire, y el cabello azulado estremeciéndose. Y, otra vez, con esa curiosa risa que parecía un resoplido.
– ¡Agatha! ¡Oh, Agatha! ¿Dónde estás? Tt-tt.
– Aquí estoy. Junto al escritorio.
– ¡Oh, Agatha! -Cerró de un golpe la puerta que daba a la calle. La persiana se levantó y se enroscó en el cilindro, pero ella no lo advirtió-. ¡Tienes un telegrama! ¡De él! Tt-tt.
– ¿Un telegrama? ¿De quién?
Agatha creyó que se quedaba sin respiración.
– Tt-tt. Yo venía a trabajar, como de costumbre, cuando alguien me llamó desde atrás, me di la vuelta y ahí estaba ese joven, el señor Looby, de la estación, y me…
– ¿De quién, Violet?
– …dijo, «Señorita Parsons, ¿va usted a la sombrerería?» Y yo le dije: «Sí, por supuesto. ¿Acaso no voy a la sombrerería todos los días, a las nueve en punto de la mañana?» Y el señor Looby me dijo…
– ¿De quién, Violet?
A estas alturas, a Agatha le temblaban las manos y el corazón le retumbaba en el pecho.
– Bueno, no tienes por qué gritarme, Agatha. Ya sabes que no todos los días recibimos un telegrama. Del señor Gandy por supuesto.
– Del sen… -Le falló la voz-. ¿El señor Gandy? -logró decir, en un segundo intento.