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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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– Raspaste la cera del suelo -dijo en voz suave-. Leatrice nos hará pasarla otra vez.

La respuesta del hombre consistió en soltar dos botones de la camisa, sacar los faldones de los pantalones y después, cruzar la habitación para levantarla. La llevó hasta la cama victoriana y cayó con ella sobre los suaves cobertores. Con el primer beso, su mano encontró el pecho, y antes de que terminase, estaba apretándola contra el colchón. Con el cuerpo de Marcus tendido junto a ella, Jube supo que en el trayecto entre el cobertizo y esa habitación, nada se había perdido.

La única clase de amor que Marcus conoció, fue comprado. Pero éste… por algún milagro lo había ganado. Con cada caricia, le demostró cuánto la valoraba. Su Jube, su hermosa e inaccesible Jube, a la que, a fin de cuentas, había accedido. Ella murmuraba en su oído, volcando en él las palabras de los dos que sólo uno podía pronunciar. Él habló con sus manos voraces, su boca que la idolatraba, sus ojos elocuentes. Cuando quedaron desnudos, la adoró cabalmente. Los demás hombres disponían de las palabras, que podían emplear para seducir y provocar. Como él no las tenía, usaba sólo su cuerpo.

Pero lo usó con tal habilidad, que Jube oyó su voz en cada lánguida caricia.

Jube, mi bella Jube. ¡Cuánto amo tu cabello, tu piel, tus ojos, tus pestañas oscuras, tu nariz adorable, labios hermosos, cuello suave, tus pechos, el lunar que hay en medio de ellos, la sombra, tu estómago tan blanco, y esto… esto, también, Jube… ahhh, Jube!

En el pasado, a menudo fingió pasión, pero con Marcus no fue necesario. Lo que sentía por él convirtió el acto, por primera vez, en un acto de amor.

Y cuando se cernió sobre ella y unió los cuerpos con un sólo impulso fluido, fue tan inevitable como el acoplamiento de las golondrinas en las vigas, las moscas en el aire, los caballos en el corral.

Cuando acabó, después de que llegaron a la cresta de la ola y pasaron más allá, descansaron con las frentes sudorosas pegadas. Jack trató de abrir la puerta y se alejó, rezongando, y el olor de pescado frito subía desde el comedor, y la voz retumbante de Leatrice les advirtió que se les hacía tarde para la cena, rieron mirándose en los ojos, y se abrazaron. Entonces, Marcus supo que no eran como Prince y Cinnamon. No podían separarse y seguir cada uno su camino como si eso significara poco más que la saciedad de un impulso animal.

Excitado, Marcus saltó de la cama tan bruscamente que Jube gritó y se abrazó. Tenía que preguntárselo en ese momento, antes de que bajaran a cenar. Frenético, buscó lápiz y papel en el armario, en los bolsillos de la chaqueta que se había sacado, en los cajones, sobre la mesa de refectorio que había entre las ventanas. Por fin, impaciente, apartó la pantalla de la chimenea, encontró un pedazo de carbón, empujó a Jube al otro lado de de la cama, quitó las mantas y escribió sobre la arrugada sábana de abajo:

«¿Quieres…

– Marcus, ¿qué estás haciendo? ¡Leatrice te arrancará la cabeza!

…casarte conmigo?»

Miró la pregunta, tan impresionada que los ojos parecían salírsele de la cara.

– ¿Si me casaría contigo? -leyó, atónita.

Marcus asintió, los ojos azules brillantes, el cabello rubio revuelto.

– ¿Cuándo?

Escribió sobre la sábana, y subrayó con énfasis:

«¡Ahora!»

– Pero, ¿y el sacerdote, el vestido, la fiesta de bodas, y… el…?

Marcus se arrodilló en medio de la cama sobre la palabra «casarte», la aferró de los brazos y tironeó de ella hasta que quedó también de rodillas, frente a él. La expresión de sus ojos hizo martillear el corazón de la muchacha, hasta que aplastó su boca contra la de ella con la misma autoridad que empleó para llevarla escaleras arriba, tres cuartos de hora antes.

Se apartó, aferrándola con los ojos con tanta fuerza como las manos que le apretaban los codos.

– ¡Sí! -pronunció ella, gozosa, rodeándole el cuello con los brazos-. Sí, oh, sí, Marcus, me casaré contigo. Pero dentro de dos semanas. Por favor, Marcus. Nunca he sido novia de nadie, y creo que me encantará.

La besó otra vez, con dureza al principio, después con suavidad, preguntándose si una alegría tan inmensa no sería fatal.

Llegaron tan tarde a la cena que se había acabado el pescado frito. Leatrice iba alrededor de la mesa recogiendo platos, ceñuda. Se detuvo al verlos apresurándose y parándose, sin aliento en la puerta del comedor, las caras resplandecientes de alegría.

Scott levantó la vista de la taza de café y se encontró con los ojos de Jube. Todos los demás se ruborizaron y prestaron súbita atención a las migas que había sobre el mantel.

Antes, Marcus llevaba la delantera, y ahora era Jube. Agarrándole la mano, miró de frente a Gandy y anunció:

– Marcus y yo vamos a casarnos.

Seis cabezas se levantaron sorprendidas. Gandy apoyó la taza.

– Dentro de dos semanas -se apresuró a agregar Jube.

Todos los ojos se volvieron hacia Gandy, esperando su reacción.

Lentamente, una sonrisa le estiró las mejillas. Cuando llegó a los ojos y se le formaron los hoyuelos, la tensión que reinaba en el comedor se disipó.

– Bueno, ya era hora -dijo, marcando las palabras.

Jube se le arrojó en los brazos.

– Oh, Scott, soy tan feliz…

– Y yo lo estoy por ti.

Estrechó la mano de Marcus y le palmeó la espalda, al tiempo que Jube iba recibiendo abrazos de todos. Cuando terminaron las felicitaciones, Scott pasó un brazo por la cintura de Jube:

– Insisto en que se pronuncien los votos en la alcoba nupcial -le dijo.

Jube miró a Gandy a los ojos y le provocó una de las mayores tormentas emocionales de su vida, al afirmar:

– Y yo insisto en invitar a Agatha a la boda.

Capítulo 19

Oh, ese invierno, ese invierno interminable en que la soledad aniquilaba a Agatha todos los días… Antes había estado sola, pero nunca de manera tan despiadada. Antes de la llegada de Scott, Willy, y toda la familia adoptiva de Gandy, su soledad fue apacible. Había aprendido a aceptar el hecho de que su vida no sería más que una sucesión infinita de días invariables, y que sus cénits y nadires oscilarían en tan mínima medida que casi no se distinguirían entre sí. A aceptar la blandura, el orden, la conformidad. Y la carencia de amor.

Entonces, llegaron ellos trayendo consigo música, confusión, disconformidad y risas. En lo que se refería al tiempo cronológico, esas presencias duraron lo que un relámpago, unos pocos meses en un mar de años y años de soledad. Pero en lo que concernía a la vida, experimentó en esos pocos días más vitalidad emocional concentrada que en el resto de su existencia, de eso estaba segura. Al haberlos perdido, estaba condenada a un eterno dolor.

Cuando se marcharon, ah, cuánta monotonía. La rutina tenía dientes y talones, la desgarraba. Nunca volvería a reconciliarse con ella.

Lo peor era el crepúsculo, esa hora del día entre la ocupación y la preocupación, la hora de las sombras largas y las lámparas encendidas, cuando los tenderos bajaban las persianas, las mujeres tendían la mesa, y la progenie se reunía en cocinas donde ardía fuego, los padres daban gracias por el alimento, los niños derramaban leche y las madres regañaban.

Veía a todos acabar el día en medio de esas bendiciones y lamentaba saber que nunca las tendría. Saludaba a Violet, subía, encendía la lámpara y, a veces, cuando hacía buen tiempo, veía que la pantalla necesitaba una limpieza. Se sentaba a leer The Temperance Banner y, si tenía suerte, algún artículo le interesaba. Miraba el reloj después de cada artículo y, a vece,s con fortuna, lo miraba sólo cinco veces antes de que se hiciera la hora de ir a cenar al restaurante de Paulie. Se tanteaba el peinado perfecto y, de vez en cuando, si era afortunada, tenía suficientes mechones sueltos como para justificar tener que rehacerlo. Iba cojeando al restaurante de Paulie a comer su cena sola, y a veces, con buena suerte, un niño se sentaba en una mesa vecina y la miraba sobre el respaldo de la silla. Bebía la taza del café que señalaba el fin de la cena, sin nadie con quién conversar pero, a veces, si tenía suerte, un hombre en una mesa cercana encendía un cigarro después de cenar. Y por unos momentos fugaces, Agatha miraba a lo lejos y fingía.

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