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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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—Tienes razón —concedió el kender—. Lo intentaré.

«Poseo el valor suficiente para recorrer la senda oscura», se dijo Tas, evocando una vez más las palabras de Fizban. Respiró hondo, extrajo un alambre de su saquillo y se puso manos a la obra. Después de todo, ¿qué era la muerte para un kender sino la mayor aventura que puede concebirse? Además le aguardaba Flint en el mundo de ultratumba, sin duda necesitado de su presencia para salir de mil embrollos.

El recuerdo del enano confirió una inusitada firmeza a sus manos, que manipulaban el alambre con acierto. De pronto, le alertó un grito de furia, seguido por el estrépito que producían los aceros al entrechocarse.

Se interrumpió un instante, ansioso por contemplar la escena. Tika no había aprendido el arte de la esgrima, pero era una experta en manejar los altercados cotidianos de las tabernas. Dibujaba su espada sesgos y reveses en el aire, apoyados por un salvaje torbellino de puntapiés, puñetazos sin tiento e incluso mordiscos que forzaron a los draconianos a retroceder unos pasos frente a la inesperada ferocidad de sus arremetidas. Todos ellos presentaban sanguinolentos surcos en sus cuerpos, y uno se desplomó con el brazo cercenado en un charco formado por su verde savia.

No podría contenerles durante mucho tiempo, así que Tas reanudó su trabajo aunque con mano insegura después de presenciar tan encarnizada lucha. La clave estaba en hacer saltar la cerradura sin activar la trampa, constituida por una aguja sujeta a un fuelle.

La fina herramienta se deslizó de su laxa mano, y se reprendió por tan absurda torpeza. ¡Era indigno de un kender comportarse como un cobarde! Recogiendo el alambre lo insertó otra vez con sumo celo mas, cuando casi había conseguido su propósito, alguien lo empujó.

—¡ Pon un poco más de cuidado! —riñó a Tika con la cabeza vuelta hacia ella. ¡El sueño! Así era cómo la había amonestado y también, al igual que en la premonitoria pesadilla, vio a la muchacha a sus pies, bañados de sangre sus pelirrojos bucles.

¡No! —se rebeló en un paroxismo de excitación. En aquel momento el alambre resbaló y se golpeó la mano contra la cerradura.

Cedió el cerrojo con un ruido sordo, provocando al hacer lo un leve chirrido apenas audible, un eco sibilante que anunciaba que la trampa se había liberado.

Vislumbró Tas, con los ojos desorbitados, una gota de sangre en la punta del dedo más próximo a la dorada aguja que sobresalía del fuelle. Los draconianos lo sujetaban por el hombro, pero los ignoró. Poco importaba que lo aprehendieran. El agudo dolor de su miembro no tardaría en extenderse a todo su cuerpo.

«Cuando llegue al corazón dejaré de sufrir. Para entonces ya no sentiré nada», se dijo en una nebulosa.

Oyó un clamor de trompetas, de metálicos clarines que hendían la fresca atmósfera. ¿Dónde habían sonado antes? «En Tarsis, antes de que aparecieran los dragones, recordó.

Los centinelas lo soltaron y se alejaron a toda carrera por el pasillo.

«Debe ser una alarma general», adivinó el kender, comprobando con interés que las piernas no lo sostenían. Se deslizó hasta el suelo, junto a Tika, y estiró la mano a fin de acariciar los bonitos rizos de la muchacha, ahora teñidos de púrpura. Tenía el rostro lívido, los ojos cerrados.

—Lo lamento, Tika —se disculpó Tas con un nudo en la garganta. El dolor se propagaba rápidamente, se habían entumecido sus dedos y pies hasta quedar inertes. Lo siento Caramon, te aseguro que lo he intentado.

Sollozando en silencio, Tasslehoff apoyó la espalda en la puerta y esperó el fin.

Tanis no podía moverse si bien, tras oír el desgarrado grito de Laurana, tampoco deseaba hacerlo. Suplicó para sus adentros que un dios condescendiente le asestara un golpe mortal mientras permanecía arrodillado a los pies de la Reina Oscura, pero las divinidades no le otorgaron su gracia. La sombra se desplazó cuando la soberana centró su atención en otro punto, lejos de él, y el semielfo se esforzó por incorporarse con el rostro enrojecido de vergüenza. No osaba mirar a Laurana, ni siquiera enfrentarse a los ojos de Kitiara pues temía el desdén que sin duda se reflejaban en ellos.

No obstante, la Señora del Dragón tenía asuntos más importantes en que pensar. Aquél era su momento de gloria, la culminación de todos sus planes. Estirando la mano, inmovilizó a Tanis en su poderosa garra al ver que disponía a ofrecerse como escolta de Laurana y lo empujó hacia atrás para situarse delante de él.

—Por último, deseo recompensar al siervo que me ayudó a capturar a la mujer elfa—declaró con arrogancia. El caballero Soth os ruega que le concedáis el alma de Lauralanthalasa, a fin de vengarse de la esposa que lo envolvió en su maleficio hace ya muchos años. Si está condenado a vivir en una eterna negrura, pide que al menos la Princesa comparta sus penalidades en la muerte.

—¡No! —Laurana alzó la cabeza, el terror había despertado sus embotados sentidos. —¡No!—repitió con voz ahogada.

Retrocedió unos pasos y examinó desesperada el recinto, ansiosa por hallar una vía de escape; no existía ninguna. El suelo era un hervidero de draconianos que la contemplaban divertidos y, en cuanto a Tanis, tenía el contraído rostro vuelto hacia la humana. La expresión del semielfo era impenetrable, pero Laurana advirtió una llama en sus ojos que no supo interpretar. Arrepintiéndose de su súbito estallido, decidió que prefería morir antes que exhibir una nueva flaqueza en presencia de aquella hostil asamblea. Enderezó la espalda en orgulloso ademán a la vez que levantaba el rostro, ahora bajo control.

Tanis ni siquiera la vio, las palabras de la Princesa tamborileaban en su cerebro nublando sus ojos y sus pensamientos. Se acercó enfurecido a Kitiara y le espetó:

—¡Me has traicionado! ¡Esto no formaba parte del plan!

—¡Calla! —le ordenó ella en su susurro—. ¡Si te oyen lo habrás destruido todo!

—¡Qué intentas...?

—¡Silencio! —fue la tajante respuesta.

—Tu obsequio me ha causado un inmenso placer, Kitiara —declaró la oscura voz penetrando la ira de Tanis—. Te concedo las peticiones que has formulado: el alma de la mujer será entregada a Soth, y aceptamos en nuestras filas al semielfo. Para sellar nuestro pacto, el llamado Tanis depositará su espada a los pies de Ariakas.

—Vamos, obedece —instó la dignataria a su nuevo oficial. Todas las miradas confluían en la plataforma.

—¿Cómo? —inquirió el interpelado sin ocultar su perplejidad—. No me habías hablado de tan absurda ceremonia. ¿Qué debo hacer?

—Asciende hasta la tarima de Ariakas y ofrécele tu acero, tal como te han indicado —le explicó Kitiara mientras lo escoltaba hasta la escalinata—. El lo recogerá y procederá a devolvértelo, confirmando así tu ingreso en los ejércitos de los Dragones. Es tan sólo un ritual, pero me ayudará a ganar tiempo.

—¡Tiempo para qué? ¿Qué ha concebido tu diabólica mente? —indagó Tanis con sequedad, apoyado ya su pie en el primer peldaño—. Deberías haberme informado...

—Cuanto menos sepas, mejor para ti. —La comandante exhibió una encantadora sonrisa, dirigida en realidad a la concurrencia que los observaba. Se produjeron unas risas nerviosas, algunas bromas de dudoso gusto frente a lo que parecía la despedida de un enamorado. Pero los ojos de Kitiara no guardaban consonancia con sus labios— .Recuerda quién queda junto a mí en esta plataforma —advirtió al semielfo y, acariciando la empuñadura de su espada, lanzó a Laurana una significativa mirada—. No hagas ninguna tontería.

La Señora del Dragón dio la espalda a su oficial y fue a situarse al lado de la Princesa elfa mientras Tanis, temblando de miedo y de rabia, bajaba torpemente la escalera que jalonaba la escultura en forma de ofidio con un torbellino en la cabeza. El tumulto de la asamblea se le antojó el embate de un embravecido océano, agravado por los destellos que emitían las lanzas y las llamas de las antorchas. Pisó al fin, cegado y confuso, el suelo y comenzó a andar en dirección a la plataforma de Ariakas sin saber dónde estaba ni qué hacía. Llevado por un simple reflejo, atravesó la fastuosa estancia.

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