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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Takhisis, la Reina de la Oscuridad, había regresado.

Pero no del todo.

Aunque contemplaba sobrecogido al tenebroso ente que se perfilaba en el elevado nicho, aunque el terror aplastaba su cerebro y le dejaba embotado, incapaz de sentir nada que no fuera su propia zozobra, Tanis comprendió enseguida que la Reina no estaba presente en su forma física. Era como si se hubiera moldeado en sus mentes para que ellos mismos proyectaran su imagen en la plataforma. Sólo estaba allí porque su voluntad forzaba a las de otros a percibirla.

Algo la retenía, interceptando su reaparición en el mundo. Una puerta misteriosa, pensó Tanis a la vez que las palabras de Berem bailaban enmarañadas en su recuerdo. ¿Dónde se encontraba ahora el Hombre Eterno? ¿Dónde habían conducido a Caramon y a los compañeros? El semielfo se dijo con pesadumbre que casi los había olvidado, que se habían desvanecido de su cerebro al absorberle la preocupación por Kitiara y Laurana. No lograba centrar sus ideas y, aunque creía conocer la clave de aquel rompecabezas, necesitaba tiempo para reflexionar.

Resultaba imposible recapacitar en tales circunstancias La sombría figura creció en intensidad, hasta que su negrura pareció crear un gélido vacío en la sala de granito. Tanis no podía desviar la mirada, se sentía obligado a contemplar aquel temible espectáculo de tinieblas que lo atraía de forma irremediable. En el instante en que le asaltó la sensación de ser succionado por el abismo, oyó una voz en su interior.

—No os he reunido aquí para presenciar cómo vuestras mezquinas reyertas y vuestra fútil ambición arruinan la victoria que se avecina. Recuerda quién gobierna estas huestes, Ariakas.

El interpelado hincó una rodilla, al igual que todos cuantos ocupaban la Cámara, e incluso Tanis se sintió invadido por una servil devoción. Era inútil luchar contra ella. Aunque abominaba aquella perversidad asfixiante, se erguía en el nicho una diosa, una de las forjadoras del mundo. Había reinado desde el principio de los tiempos y seguiría haciéndolo hasta el final.

La voz volvió a hablar, como una llama que quemaba su mente y las de los otros presentes.

—Kitiara, tu conducta nos ha complacido en el pasado, y aún nos satisface más tu actual obsequio. Trae a la mujer elfa para que la examinemos y decidamos su destino.

Tanis vio que Ariakas regresaba a su trono, no sin antes dirigir a Kitiara una venenosa mirada.

—Así lo haré, Vuestra Oscura Majestad —respondió la dignataria con una reverencia—.Acompáñame —ordenó a Tanis al pasar junto a él en la escalinata.

Las tropas de draconianos se apartaron para franquear su avance hacia el centro de la sala. Kitiara descendió los peldaños de la plataforma seguida por Tanis mientras las tropas cerraban filas detrás de ellos después de abrirles camino.

Al llegar a la base de la colosal escultura en forma de serpiente, la Dama Oscura se encaramó a la angosta escalera que sobresalía como un rosario de espolones en su parte posterior a fin de situarse en el centro de la plataforma que la coronaba. Tanis subió más despacio, atribuyéndolo a que los peldaños eran demasiado empinados e irregulares aunque en realidad se encontraba refrenado por la estrecha observación que los ojos de la ominosa criatura imponían a sus mismas entrañas.

Una vez afianzada en la atalaya, Kitiara hizo un firme ademán hacia la ornamentada puerta que se hallaba entre la sala de audiencias y la antecámara.

Se dibujó una figura en el umbral, una sombra ataviada con la tradicional armadura de los Caballeros de Solamnia. Se trataba de Soth y, cuando se internó en la estancia, las tropas retrocedieron a ambos lados de estrecho puente como si una mano hubiera surgido de ultratumba para arrancarles de sus puestos. En sus brazos transportaba el espectro un cuerpo envuelto en un lienzo blanco, que más se asemejaba al sudario con que suele amortajarse a los muertos. Tan absoluto era el silencio que las pisadas del caballero producían audibles ecos en el bruñido suelo, si bien los allí congregados podían ver la piedra a través de su transparente, descarnado contorno.

Portando su carga en actitud majestuosa, Soth ascendió poco a poco las escaleras de la plataforma hasta detenerse sobre la cabeza del ofidio. Obediente a otro gesto de Kitiara, dejó su carga a los pies de la Señora del Dragón antes de incorporarse y desaparecer, de modo tan repentino que los presentes pestañearon asombrados sin cesar de preguntarse si en realidad existía o tan sólo lo habían visto en su febril imaginación.

Tanis percibió que Kitiara sonreía debajo de su yelmo, complacida por el impacto que produjera su servidor entre la concurrencia. La dignataria desenvainó su espada para acto seguido sesgar las ligaduras externas que mantenían inmóvil a la figura en el interior del lienzo. Dio un poderoso tirón y las deshizo, dejando al descubierto a una cautiva que forcejeaba en una especie de blanca telaraña.

El semielfo vislumbró una masa de cabello enmarañado, una melena dorada que destellaba al unísono con la armadura argéntea que revestía el convulsionado cuerpo. Casi asfixiada a causa de sus invencibles ataduras, Laurana luchaba entre accesos de tos para liberarse del albo entramado que la aprisionaba. Se elevaron unas tensas risas en el seno de las tropas, que contemplaban los débiles esfuerzos de la muchacha como una promesa de diversión. Tanis dio un paso al frente, guiado por un deseo instintivo de ayudar a la elfa, pero los fulgurantes y oscuros rojos de Kitiara le recordaron sus palabras de unas horas antes:

«Si tú mueres, también ella sucumbirá.»

Agitado su cuerpo por espasmódicos temblores, el semielfo se detuvo y retrocedió. Al fin Laurana se levantó tambaleándose y estudió su entorno en una nebulosa, sin acertar a comprender dónde estaba y parpadeando hasta aclarar su visión bajo las cegadoras antorchas. Clavó entonces sus ojos en Kitiara, que le sonreía a través del yelmo.

Al descubrir a su enemiga, a la mujer que la había traicionado, la Princesa irguió la espalda poseída por una furia que difuminó momentáneamente sus temores. Escudriñó en regia postura el vasto recinto, mirando en todas direcciones, aunque por fortuna no volvió la cabeza atrás y de ese modo escapó a su percepción el barbudo soldado que la espiaba embutido en su armadura de escamas de dragón. Sí vio en cambio a las tropas de la Reina Oscura, a los mandatarios en sus tronos, a los reptiles acomodados en sus huecos y por último a la sombría e imprecisa soberana.

«Ahora ya conoce su paradero. Sabe dónde está y qué futuro le aguarda», pensó Tanis desalentado.

¿Qué historias le habrían contado en los calabozos subterráneos del Templo? Sin duda la habían atormentado con relatos sangrientos sobre las cámaras de la muerte de su Reina y la habían obligado a escuchar los gritos de otros reos, se dijo Tanis sin poder reprimir un respingo ante el horror que debió sentir la elfa. Habría escuchado interminables lamentaciones durante las noches y ahora, muy pronto, se uniría a los infelices muertos en abyecta tortura.

Lívido su rostro, Laurana clavó los ojos en Kitiara como si fuera el único punto fijo en el arremolinado universo. Tanis vio que la Princesa apretaba los dientes y se mordía el labio para no perder el control. Nunca exhibiría su miedo en presencia de su rival ni de aquella asamblea.

Kitiara hizo un ligero ademán de cabeza, y al seguir su indicación Laurana distinguió a Tanis.

Cuando se entrecruzaron sus miradas, un atisbo de esperanza iluminó los rasgos del semielfo. Sintió que el amor que ella le profesaba lo envolvía y lo purificaba como el renacer de la primavera tras el lóbrego rigor del invierno y al fin comprendió que las emociones que la muchacha le inspiraba constituían el único nexo entre las contradictorias facciones que dividían su ser. La amaba con el amor eterno e inmutable de su alma elfa, con el amor apasionado de su sangre humana. Pero se había hallado a si mismo demasiado tarde, su muerte tanto en cuerpo como en espíritu serían la prenda exigida para lavar su anterior ignorancia. Una fugaz mirada fue cuanto pudo otorgar a Laurana. Una mirada que debía transmitirle el mensaje de su corazón, pues los pardos ojos de Kitiara no se apartaban de él y era consciente de otra inspección, maligna y penetrante, que lo atenazaba desde el nicho.

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