La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
Al atravesar los pilares de piedra, Caramon sintió que una substancia viscosa se adhería a su rostro. «¡Telarañas! » —refunfuñó, asaltado por una súbita repugnancia. Examinó la entrada con cierta desazón, pues profesaba un temor inconfesable a las arañas, pero no vio nada sospechoso. Encogiéndose de hombros prosiguió la marcha sin pensar más en ello, con Berem a sus talones.
Rasgó el aire un clamor de trompetas.
—¡Una trampa! —exclamó el guerrero desalentado.
—¡Tika, tú plan ha surtido efecto! —la felicitó Tas entre jadeos mientras ambos corrían por el lóbrego pasillo de los calabozos. Incluso se arriesgó a lanzar una rápida mirada atrás para constatarlo— ¡Sí, creo que todos nos siguen!
—Espléndido —murmuró Tika, también sin resuello. Lo cierto era que no había esperado que su plan funcionase. Nunca en su vida tuvieron éxito sus ideas, y empezaba a dudar que existiera una primera vez. Al igual que el kender miró por encima del hombro y comprobó que seis o siete draconianos trataban de darles caza, empuñando en sus ganchudas manos las espadas curvas que siempre portaban.
Aunque, debido a las garras que formaban sus pies, aquellas criaturas reptilianas no eran tan veloces en su marcha como Tas y la muchacha, poseían una resistencia a toda prueba. Los compañeros les habían tomado la delantera, pero su ventaja no había de durar. Tika apenas podía respirar y sentía una punzada en el costado que la impulsaba a encovar el cuerpo para aliviar el dolor.
«Cada segundo que aguanto da a Caramon un poco más de tiempo. Atraigo a los draconianos y así los alejo de él», se dijo a sí misma.
—Escucha, Tika —la lengua de Tas colgaba de su boca mientras que su rostro, jovial como de costumbre, había palidecido por la fatiga—: ¿Sabes dónde nos dirigimos?
La muchacha meneó la cabeza en un gesto negativo, no le quedaba aliento para hablar. Notaba cómo aminoraba la marcha y las piernas le pesaban de un modo invencible. Un nuevo examen de la situación le reveló que los draconianos acortaban la distancia, así que espió los muros en busca de un pasillo que partiera del principal, o un nicho, una puerta, un lugar, en suma, que pudiera servirles de escondrijo. No había nada: el corredor se prolongaba frente a ellos silencioso y vacío, desprovisto incluso de celdas. Se hallaban en un monótono, estrecho y al parecer interminable túnel de roca que trazaba una cuesta gradual.
Al darse cuenta de esta circunstancia, Tika se detuvo de forma brusca. Inhaló una bocanada de aire y echó de nuevo a andar mirando a Tas, que era apenas visible bajo la luz de las humeantes antorchas.
—El túnel se eleva —declaró en pleno acceso de tos. El kender parpadeó sin comprender, pero pronto se iluminó su semblante.
—¡Debe conducir al exterior! —gritó lleno de júbilo—. ¡Lo conseguiremos, Tika!
—Quizá —respondió ella, no del todo convencida.
—Vamos, anímate —la apremió el kender exultante de alegría. Recobradas las energías, agarró a la joven por la mano para tirar de ella—. ¡Estoy seguro de que has acertado! ¡Huele, respira el aire fresco! Escaparemos, encontraremos a Tanis y volveremos juntos en busca de Caramon.
Sólo un miembro de su raza podía hablar y correr al mismo tiempo por un pasillo atestado de amenazadores draconianos que los hostigaban sin tregua. Tika lo sabía, y también que lo que la mantenía en pie a ella era el pánico en su más pura esencia. Pronto la abandonaría este sentimiento, no obstante, y entonces de desmoronaría en el túnel tan exhausta y dolorida que poco había de importarle lo que los draconianos...
—¡Es verdad, ha entrado una ráfaga de aire fresco! —se percató en medio de tan negras cavilaciones.
Había creído que Tas le mentía para evitar que decayeran sus fuerzas, pero ahora una susurrante brisa acababa de acariciar su mejilla. La esperanza aligeró sus plomizas piernas, incluso imaginó que los draconianos se rezagaban. « una vez han comprendido que nunca nos atraparán!», pensó, invadida por un gozo incontenible.
—¡Rápido, Tas! —le azuzó. Juntos, estimulados por aquella suave brisa que crecía en intensidad, se deslizaron entre los angostos muros a la velocidad del rayo.
Tras doblar un recodo como si quisieran arremeter contra él se detuvieron, tan bruscamente que Tasslehoff resbaló sobre la grava y se incrustó en una pared.
—Por eso corrían más despacio en el último trecho —constató Tika.
El pasillo se terminaba en dos puertas de madera que sellaban la salida, mientras que unos ventanucos en ellas empotrados y provistos de rejas permitían el paso del aire fresco para la ventilación de los calabozos. Tika y Tas veían la calle, la libertad, pero no podían alcanzarla.
—¡No abandones ahora! —la reprendió el kender tras una breve pausa. Repuesto tanto del susto como del golpe, corrió en pos de las puertas a fin de tantearlas. Estaban cerradas y atrancadas.
—¡Maldita sea! —renegó al reconocer el obstáculo con sus ojos de experto.
Caramon podría haberlas derribado o reventado su cerrojo valiéndose de la espada. Pero no así el kender, ni tampoco Tika.
Cuando Tas se inclinó para examinar la cerradura, la muchacha se apoyó en uno de los muros y cerró los ojos. La sangre latía en su cabeza, los músculos de sus piernas se agarrotaban en lacerantes espasmos. Extenuada, lamió las saladas lágrimas que fluían hasta sus labios y supo que lloraba de pesar, de ira, de frustración.
—¡No, Tika! —le suplicó el kender a la vez que corría junto a ella y le daba unas palmadas en la mano—. Es una cerradura sencilla, saldremos de aquí en cuestión de segundos. Por favor, enjuga tu llanto. Sólo necesito unos momentos, pero debes estar preparada para refrenar a esos draconianos si se les ocurre venir. Bastará con que los mantengas ocupados mientras yo trabajo.
—De acuerdo —dijo la muchacha, ya más serena. Se secó ojos y nariz con el dorso de su mano y, enarbolando la espada, se apostó en el corredor resuelta a cubrir a su amigo.
Tas vio satisfecho que, tal como suponía, se enfrentaba a una cerradura muy simple. La reforzaba una trampa tan elemental que se preguntó por qué se habían molestado en ponerla.
Se preguntó por qué se habían molestado... cerradura sencilla.., trampa simple... Estas palabras bailaban en su mente, le resultaban familiares como si las hubiera pensado antes. Al levantar la vista, desconcertado, para estudiar de nuevo las puertas, comprendió que ya había visitado este lugar. Pero no, era imposible.
Tras agitar la cabeza a fin de rechazar aquel contrasentido que bullía en su interior, Tasslehoff revolvió sus bolsas en busca de sus herramientas. De pronto se paralizó, asaltado por un pánico que lo atenazaba como los colmillos del lobo a su presa. ¡El sueño!
Eran éstas las puertas que había visualizado en el sueño de Silvanesti. También la cerradura era la misma, el simple ojo armado con una trampa de aspecto inofensivo. Y Tika se le había aparecido a su espalda luchando, muriendo.
—¡Aquí vienen, Tas! —vociferó la muchacha a la vez que blandía la espada con manos entresudadas. Le dirigió una fugaz mirada por encima del hombro—. ¿Qué haces? ¿A qué esperas?
El kender no pudo contestar. Oía con toda claridad a los draconianos, convulsionados en estentóreas carcajadas y sin apresurarse en su persecución pues sabían que sus cautivos no tenían escapatoria. Doblaron el recodo y sus risas se intensificaron al ver a Tika presta a la batalla.
—Creo q-que no podré hacerlo, Tika —balbuceó Tas sin apartar la vista de la odiosa cerradura.
—¡No podemos permitir que nos atrapen! —le urgió la muchacha, retrocediendo hacia él pero fija su atención en los enemigos—. Han descubierto a Berem y nos obligarán a contarles todo cuanto sabemos acerca de él. No repararán en medios para sonsacarnos información, nos torturarán.