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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Pero Su Majestad desdeñaba a los débiles. Del mismo modo que había presenciado cómo Ariakas abatía a su padre, observó inamovible la caída del dignatario pronunciando su nombre en el último aliento.

Invadió la sala de audiencias un tenso silencio cuando el cuerpo de Ariakas se desplomó hasta el suelo. La Corona del Poder se desprendió de su cabeza con estrépito y quedó aprisionada en una maraña de sangre y negros cabellos.

¿Quién pugnaría por ella?

Alguien emitió un penetrante grito. Era Kitiara, que pronunciaba un nombre en una urgente demanda.

Tanis no comprendió sus palabras, pero poco importaba. Ignorando a la enloquecida Señora del Dragón, estiró la mano en pos de la Corona.

De pronto se encarnó frente a él una figura ataviada con negra armadura. ¡El caballero Soth!

El semielfo intentó desechar el pánico que le inspiraba el espectro para concentrarse en el símbolo del poder que yacía a escasas pulgadas de sus dedos. Se lanzó sobre él y sintió aliviado el contacto del frío metal en su carne, en el instante en que un esquelético miembro trataba de arrebatárselo.

¡Se había adelantado, era suyo! Los ardientes ojos de Soth centellearon, demostrando que no iba a darse por vencido. Su espectral mano arañó de nuevo el aire dispuesta a arrancar el trofeo de las garras de Tanis, azuzada por las incoherentes órdenes de Kitiara.

Cuando el semielfo levantaba la ensangrentada Corona por encima de su cabeza, clavando al mismo tiempo una firme mirada en el Caballero de la Muerte, quebraron el sepulcral silencio de la estancia unos clarines que sonaron con abrupta estridencia.

La mano de Soth se detuvo en el aire, se apagó la voz de Kitiara y entre el gentío nació un murmullo ininteligible. Tanis creyó en su turbación que aquellas trompetas bramaban en su honor, pero al volver la cabeza a fin de contemplar la sala advirtió que había cundido una alarma general que nada tenía que ver con él. Todos los ojos, incluso los de Kitiara, confluían en la Reina Oscura.

Su Oscura Majestad había observado muy atentamente todos los movimientos de Tanis, mas ahora su vista se perdía en la nada. Su sombra creció en tamaño e intensidad, extendiéndose por la estancia como un nubarrón de mal augurio mientras, obedeciendo una muda orden, los draconianos portadores de su negra insignia abandonaban sus puestos en el perímetro del imponente recinto y desaparecían en tropel por las puertas. La figura ataviada con una túnica azabache que vislumbrara Tanis junto a la soberana se había desvanecido.

Se produjo un nuevo clamor de aquellos metálicos instrumentos y el semielfo, estudiando con aire absorto la Corona que sostenía en su mano, se dijo que en dos ocasiones anteriores sus estentóreos acordes habían sido heraldo de muerte y destrucción. ¿Qué calamidad podía anunciar ahora la inefable música?

10

Aquél que ostenta la corona, gobierna.

Tan sonoro e inesperado fue el retumbar de los clarines que Caramon casi perdió el equilibrio en el húmedo suelo de piedra. En una reacción instintiva Berem detuvo su caída y ambos escucharon inmóviles, espantados, cómo los clamores se disolvían en ensordecedores ecos por la pequeña cámara. Sobre sus cabezas, en lo alto de la escalera, unos instrumentos de menor alcance respondieron a la sobrecogedora llamada.

— ¡El arco encerraba una trampa! —insistió Caramon—. En cualquier caso, el mal ya está hecho. Todas las criaturas vivientes del Templo saben que estamos aquí, aunque yo mismo ignoro dónde me encuentro en realidad. Rezo a los dioses para que al menos tú sepas qué estás haciendo.

—Jasla me llama —repitió Berem. Disipado el momentáneo sobresalto que le infligieran los portentosos clarines reanudó su avance, arrastrando al guerrero tras él.

Sin saber cómo actuar ni a dónde ir, Caramon alzó la antorcha y siguió a su guía hasta el interior de una caverna que al parecer había socavado el agua al filtrarse entre las rocas. El arco conducía a una escalera de piedra que, según vio el guerrero, descendía hacia un torrente de revuelto cauce. Agitó la tea en todas direcciones ansioso por encontrar un camino que jalonara la corriente de agua mas no distinguió nada semejante, al menos en el radio de su luz.

—¡Aguarda! —exclamó, pero Berem ya se había arrojado a las túrbidas aguas. Contuvo el aliento, convencido de que el Hombre Eterno se hundiría en un voraz remolino, y mucho se sorprendió al comprobar que el torrente no era tan profundo como aparentaba. Lo cierto era que sólo cubría hasta las pantorrillas.

—¡Vamos, acércate! —le apremió su acompañante.

Caramon se tanteó la herida del costado. La sangre manaba ahora con mayor lentitud, el improvisado vendaje estaba húmedo al tacto pero no empapado. Sin embargo, el dolor no remitía, le dolía la cabeza y estaba tan exhausto después de correr y luchar que se sentía mareado. Pensó en Tika y el kender durante unos segundos, y en Tanis aún más brevemente, pero decidió que era mejor desechar sus cavilaciones si deseaba seguir adelante.

El fin se avecinaba, para bien o para mal. Tika así lo había afirmado, y Caramon empezaba a creerlo también. Al apoyar un pie en el agua la corriente lo laceró con tal ímpetu que le asaltó la repentina idea de que era el tiempo y no una materia líquida lo que le empujaba hacia... ¿Hacia el ocaso del mundo, hacia la muerte? ¿O quizá encarnaba la esperanza de un nuevo comienzo?

Berem vadeaba delante de él, resuelto a avanzar a la mayor velocidad posible.

—Debemos mantenernos unidos —le recordó el fornido humano con voz resonante, obligándole a detener la marcha—. Podría haber más trampas, peores que la que acabamos de salvar.

El Hombre Eterno vaciló unos segundos, los suficientes para que el guerrero lo alcanzara. Echaron a andar despacio por el turbulento arroyo, afianzándose a cada paso pues el fondo era resbaladizo y traicionero a causa de su lecho de guijarros desmenuzados.

Caramon empezaba a respirar tranquilo cuando algo golpeó su bota con tal fuerza que casi salieron despedidos sus pies. Tuvo que sujetarse a Berem para no caer.

—¿Qué ha sido eso? —gruñó, a la vez que pasaba la antorcha sobre la superficie del agua.

Atraída por la luz, una cabeza asomó en la intensa negrura. Caramon quedó sin resuello, e incluso Berem se paralizó alarmado al contemplar tan horrenda visión.

—¡Dragones! —susurró el guerrero—. ¡Crías reptilianas!

El pequeño animal abrió la boca para emitir un alarido, dejando al descubierto unas ristras de afilados dientes que refulgían ahora bajo la antorcha. Se zambulló sin demora en su hábitat natural, y Caramon sintió que, de nuevo, flagelaba su bota mientras otra criatura le azotaba la contraria y el agua bullía con las sacudidas de decenas de colas.

La recia piel de su calzado impidió que se lastimase, pero sabía que si perdía pie aquellos seres le arrancarían la carne de los huesos.

Se había enfrentado a la muerte en numerosas formas, pero ninguna tan terrorífica como ésta. Dominado por el pánico, a punto estuvo de dar media vuelta. Berem podía continuar solo, después de todo él no sucumbiría. Pero el fornido compañero no tardó en recuperar el control.

«Conocen nuestro paradero y enviarán a alguien para arrestarnos. Debo refrenar a quienquiera que venga en nuestra búsqueda hasta que Berem haya logrado su propósito, se dijo.

Aquel pensamiento carecía de sentido, era tan absurdo que casi resultaba jocoso. Como una burla premeditada a su determinación, rompieron el silencio una amalgama de repiqueteos metálicos y toscos rugidos procedentes del arco.

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