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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Al recordar el escrutinio de la Reina Oscura, Tanis trató por todos los medios de impedir que su faz revelara sus pensamientos. Ejerciendo todo el control de que era capaz apretó la mandíbula, puso rígidos los músculos y vació de expresión sus encendidas pupilas. Actuó como si Laurana fuera una perfecta desconocida y apartó los ojos de ella. Al volverse, advirtió que la esperanza que la había animado moría sin remisión. Cual la nube que oscurece al tibio sol, el amor de la muchacha se transformó en una sombra de desaliento que congeló a Tanis en la pesadumbre que le comunicaba.

Aferrando con firmeza la empuñadura de su espada para evitar que temblara su mano, Tanis se plantó frente a Takhisis, Reina de la Oscuridad.

—Augusta Majestad —declaró entonces Kitiara a la vez que agarraba a Laurana por el brazo y la arrastraba hacia adelante—, os ofrezco mi presente. ¡Un presente que nos concederá la victoria!

La interrumpieron los enfervorizados vítores de la muchedumbre. Alzó los brazos para conminarles al silencio, y prosiguió:

—Os entrego a esta mujer, Lauralanthalasa, Princesa de los elfos de Qualinesti y adalid de los despreciables Caballeros de Solamnia. Fue ella quien les devolvió las lanzas Dragonlance, quien utilizó el Orbe de los Dragones en la Torre del Sumo Sacerdote. Bajo sus órdenes viajaron su hermano y un Dragón Plateado a Sanction donde, debido a la ineptitud de Ariakas, consiguieron introducirse en el templo sagrado y descubrir la destrucción de los huevos de los Dragones del Bien. —Ariakas dio un amenazador paso al frente, pero Kitiara se limitó a ignorarle—. La pongo en vuestras manos, mi Reina, para que la tratéis como merecen sus crímenes contra vos.

Dio la dignataria un empellón a su cautiva, que tropezó y cayó de rodillas ante la soberana. Sus áureos cabellos se habían liberado del entramado que los sujetaba y flotaban en tomo a su cara en una oleada, que al febril Tanis se le antojó la única luz en la espaciosa y lóbrega cámara.

—Has obrado bien, Kitiara —dijo la voz de la Reina Oscura—, y serás recompensada. Haremos que escolten a la elfa a las cámaras mortuorias y luego procederemos a darte tu premio.

—Gracias, Majestad —susurró Kitiara inclinándose en una reverencia—. Antes de que concluya nuestro asunto deseo suplicaros dos favores —añadió, y extendió la mano para posarla con firmeza en el hombro de Tanis—. En primer lugar, voy a someter a vuestra aprobación a alguien que solicita alistarse al servicio de este glorioso ejército.

La dignataria presionó su mano sobre el omóplato del semielfo en una señal inequívoca de que debía arrodillarse. Incapaz de desechar de su pensamiento la última mirada de Laurana, Tanis titubeó. Aún podía volver la espalda a las tinieblas, no tenía más que acercarse a la Princesa cautiva y enfrentarse a la muerte junto a ella.

Rechazó tal idea. «¿Tan egoísta soy —se reprendió a sí mismo— que podría sacrificar a Laurana en un anhelo de cubrir mi propia necedad? No, pagaré yo solo por mis culpas. Aunque no realice otra buena acción en este mundo, al menos la salvaré y el conocimiento de esta pequeña hazaña iluminará como una pequeña llama mi camino hasta que me consuma la negrura.»

Kitiara cerró los dedos en torno a su hombro, infligiéndole un punzante dolor incluso a través de la armadura. Sus ojos pardos comenzaron a arder de impaciencia detrás de su máscara metálica.

Despacio, inclinada la cabeza, Tanis hincó la rodilla frente a Su Oscura Majestad.

—Os presento a vuestro humilde siervo, Tanis el Semielfo —anunció con frialdad la Señora del Dragón, si bien el barbudo soldado captó en sus palabras un timbre de alivio—. Le he nombrado comandante de mis tropas tras la inesperada muerte de mi antiguo oficial, Bakaris.

—Que se acerque nuestro nuevo lacayo —pronunció aquella voz que tan sólo resonaba en las mentes de quienes la escuchaban.

Tanis sintió, mientras se levantaba, que Kitiara lo atraía hacia ella, para murmurar en su oído:

—Recuerda que ahora perteneces por entero a la Reina Oscura. Debes convencerla de tu lealtad o de lo contrario ni yo misma podré salvarte, y en ese caso tampoco tú lograrás rescatar a Laurana.

—Lo sé —se limitó a responder Tanis, desprovisto su rostro de expresión. Se deshizo de la garra de Kitiara y avanzó unos pasos hasta detenerse en el borde mismo de la plataforma, bajo el trono de la soberana.

—Alza la cabeza y mírame —le instó aquella criatura abismal.

El semielfo contrajo sus músculos, en busca de la fuerza que en otro tiempo anidara en sus entrañas y que ahora no estaba seguro de poseer. «Si fracaso, Laurana está perdida. En aras del amor debo olvidar mis sentimientos.»

Alzó los ojos, y al instante quedó atrapado en un invencible magnetismo. No necesitaba fingir sobrecogimiento y devoción, tales emociones lo invadieron de manera espontánea como le ocurría a todo mortal que posaba su mirada en la Reina de la Oscuridad. Pero pese a sentirse obligado a venerarla, comprendió que en el fondo de su alma seguía libre. El poder de aquel ente no era absoluto ni podía consumirle contra su voluntad. Bien podía Takhisis luchar para no revelar su punto flaco, Tanis era consciente de la ardua batalla que libraba en su designio de penetrar en el mundo.

El fantasmal contorno fluctuaba ante el semielfo, mostrándose en sus diversas formas y delatando su imposibilidad de controlarlas todas. Se le apareció primero como el dragón de cinco cabezas que describía la leyenda solámnica, para después metamorfosearse en una tentadora mujer cuya belleza cualquier hombre daría la vida por aprehender. Diluyéndose esta forma en la penumbra resurgió a continuación como el Guerrero Oscuro, un alto y poderoso paladín del Mal que retenía la muerte en su armada mano.

Aunque las encarnaciones se sucedían, los sombríos ojos permanecían constantes en su observación del alma de Tanis, idénticos en las cuencas del dragón, la bella tentadora y el temible guerrero. El semielfo se estremeció frente a tan despiadado examen, no conseguía asumir la fuerza que le permitiría soportarlo. Hincó de nuevo las rodillas en actitud sumisa, despreciándose a sí mismo al oír a su espalda un ahogado alarido de angustia.

9

Los clarines de la muerte.

Mientras avanzaba a trompicones por el pasillo septentrional en busca de Berem, Caramon tuvo que ignorar los sobresaltados alaridos de los prisioneros y las manos suplicantes que éstos extendían a través de los barrotes de las celdas. En ningún momento vio al Hombre Eterno, ni tampoco huellas de su paso. Preguntó a algunos de los cautivos si podían darle alguna pista, pero la mayoría estaban tan depauperados a causa de las torturas sufridas que no atinaban a hablar con coherencia y al fin, lleno de horror y compasión, el guerrero optó por dejarles tranquilos.

Siguió recorriendo el inclinado corredor que parecía conducir a las entrañas de la tierra sin dejar de pensar, desalentado, que quizá nunca hallaría a aquel demente. Su único consuelo era que no partía ninguna ramificación de la galería central en la que se hallaba y, por lo tanto, Berem tenía que haber seguido el mismo trayecto. Pero entonces ¿dónde estaba?

Obsesionado en su empeño, atisbando el interior de los calabozos y doblando recodos en su ciega carrera, apenas vio a un fornido centinela goblin antes de que se abalanzase sobre él. Disgustado por esta interrupción en su marcha, el guerrero decapitó a su rival mediante un certero sesgo de su espada y se alejó a toda prisa sin que el inerte cuerpo se desplomara en el pétreo suelo.

Emitió un suspiro de alivio. Al precipitarse por una escalera a punto estuvo de tropezar contra el cadáver de otro goblin, estrangulado por unas fuertes manos. Era evidente que Berem había estado allí hacía tan sólo unos momentos, pues la carcasa del caído aún no se había enfriado.

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