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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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– Eso es malo, ¿no?

– No -me contestó, echándose a reír y dándome una palmadita en el hombro-. Lo que estoy intentando decirte es «¡enhorabuena!».

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LA LLAVE

Acepté la oferta de Diana Gray para el puesto de oficinista en la sección femenina del Sydney Herald y comencé a trabajar al día siguiente. Además de Caroline y Ann, una chica pálida que llevaba el pelo recogido en una alta cola de caballo, estaban Joyce, la secretaria de Diana, y tres reporteras, Suzanne, Peggy y Rebecca. Diana tenía su propio despacho, pero solía dejar la puerta abierta. En cambio, Caroline y Ann se encerraban en los suyos, por lo que tenía que decidir si podía interrumpirlas o no mirando a través de los paneles de cristal. Ann pasaba casi todo su tiempo contemplando fotografías, y Caroline dedicaba la mayoría del suyo a cotillear por teléfono, lo cual representaba gran parte de su trabajo.

Yo me dedicaba a anotar en una pizarra los acontecimientos de la semana y a quién se los había asignado Diana. Entre ellos, se incluía cualquier evento: desde bodas de sociedad, pasando por cenas de gala, bailes, llegadas y salidas de transatlánticos, hasta partidos de polo y de tenis. La mayoría los cubrían las reporteras de menor antigüedad, exceptuando los más destacados o glamurosos, de los que se encargaban Diana o Caroline.

Además de mis turcas diarias, que consistían en distribuir copias a los subeditores, archivar el correo y hacer té para todo el personal, también me encargaba de enviar los modelos que aparecían en la sección y de seleccionar las recetas enviadas por las lectoras para la columna «¿Qué cocinamos hoy?».

Adam había sido muy preciso con su descripción del funcionamiento de la oficina, y, un mes después, comencé a descubrir dónde encajaba yo cuando salimos a almorzar todas juntas para celebrar el cumpleaños de Diana.

El restaurante favorito de Diana era el Romano's. Era un lugar ostentoso regentado por un italiano pelirrojo llamado Azzalin Romano, y tenía una pista de baile elevada y un sistema de aire acondicionado. El interior estaba cubierto de espejos y jarrones con orquídeas. Cuando llegamos, el camarero jefe colmó de atenciones a Diana, que era una clienta habitual. Cuando nos sentó, observó el vestido blanco y negro que Judith me había regalado y me sentó junto a Diana, frente a Caroline y con Ann a mi lado. A Joyce y a las reporteras las fue sentando por orden de edad. Las mesas eran redondas, por lo que nuestro lugar en la mesa no tenía mucho que ver con quién podíamos entablar conversación, pero Caroline le dedicó al camarero una mirada de incredulidad. Estaba a punto de ofrecerme a cambiarme de asiento cuando Diana me sujetó con fuerza por la muñeca.

– Te va a encantar la comida de este restaurante -me dijo-. Romano's es famoso por sus salsas. Pide lo que quieras. Hoy invito yo.

Para mi sorpresa, Ann no pareció alterarse por la distribución de los asientos. Su posición le brindaba una ubicación ventajosa para ver quién estaba comiendo allí aquel día.

– Las señoritas Catherine Moore y Sarah Denison están comiendo juntas. Quizás la señorita Moore está consolando a su amiga porque ha roto su compromiso con el hijo mayor de sir Morley.

Después del plato principal, Ann incluso comenzó a charlar conmigo.

– ¿Qué te parece el artículo especial de moda de esta primavera? -me preguntó.

– Fabuloso -respondí-. Es imposible equivocarse con Dior.

Por el modo en el que bajaba la mirada, me percaté de que le había agradado mi respuesta.

– Voy a acudir a la llegada del Himilaya cuando fondee en el puerto mañana para entrevistar a las señoritas Joan Potter y Edwina Page. Vuelven después de seis meses de París y Londres, y estoy segura de que habrán comprado muchos vestidos hermosos.

La única razón por la que me estaba hablando era porque yo era nueva y podía impresionarme con su historia, pero la escuché con atención de todas maneras. Por lo menos, estaba haciendo el esfuerzo de dirigirme la palabra. Caroline nunca me hablaba. Normalmente, miraba a un punto fijo por encima de mi cabeza cuando me entregaba las copias de sus artículos o cuando le llevaba una taza de té.

– ¿Has visto el trabajo de una diseñadora llamada Judith James? -le pregunté a Ann-. Su ropa es tan hermosa como la de Dior, y además, es única.

– Sí, sí la he visto -comentó Ann, mirando con enfado el tiramisú que el camarero le había puesto delante y tomándose sólo un bocado antes de rechazarlo-. Pero es australiana, ¿verdad? Eso no les sirve a las lectoras de nuestra sección.

– ¿Por qué no? -inquirí, tratando de parecer lo más imparcial que pude.

– Nuestras lectoras consideran que lo australiano es… ya sabes… inferior. No es que la calidad no sea buena, es que simplemente no evoca imágenes de nada «clásico», o «exótico»; no sé si comprendes lo que quiero decir.

Me sorprendí al oír a una australiana de segunda generación despreciando su propio país, pero recordé que ella y Caroline siempre se referían a Inglaterra como su «hogar».

– ¿De quién estáis hablando? -preguntó Caroline, engulléndose el pudin que tenía de postre.

– De Judith James -le contestó Ann-, la diseñadora.

– Oh, la amiga de Anya -replicó Caroline-, la que hace esa ropa chillona neohollywoodiense.

Noté que me sonrojaba. Caroline se dio cuenta, y en su rostro apareció una sonrisa burlona. Diana estaba hablando con Joyce sobre el catálogo de David Jones, pero se interrumpió en mitad de una frase, y me pregunté si estaría escuchando nuestra conversación. Ann me ignoró durante el resto de la comida, dando por hecho que si era amable conmigo, estaría desprestigiándose a los ojos de Caroline. De vez en cuando, miraba el perfil de Caroline. Tenía veinticinco años, pero su ancha barbilla la hacía parecer mayor. Su cabello era de un color apagado y lo llevaba cortado en una aburrida media melena. No era especialmente atractiva o inteligente, y aunque su ropa siempre era cara, no la lucía con estilo. Ni siquiera era agradable estar con ella. Y, aun así, estaba convencida de ser superior a todos los que la rodeaban. La seguridad que tenía en sí misma me asombraba, pero también me parecía detestable.

Antes de que me fuera a casa aquella tarde, Diana me llamó a su despacho. Aquélla fue una de las pocas veces en las que cerró la puerta.

– Querida, quiero decirte que estoy encantada de que estés aquí -me dijo-. Eres muy valiosa para esta oficina. Siento que Caroline haya sido tan grosera contigo. Es una arrogante. Ignórala.

El almuerzo me había puesto de mal humor durante la tarde, pero el cumplido de Diana y su confianza me levantaron el ánimo.

– Muchas gracias -le dije.

– Creo que la palabra correcta para definir los vestidos de Judith es «exquisitos» -continuó-. La llamaré y le preguntaré qué piensa que ocurrirá con los dobladillos durante esta temporada. Después, la citaré en mi columna. Un comentario mío fomentará su negocio. Todavía es la parte más leída de la sección. No todo el mundo está interesado en el cotilleo.

– ¡Diana, muchísimas gracias! -Me cuidé de no levantar la voz, para que las otras no pudieran oírme.

– Será un placer -me respondió-. Y ahora, vuelve a tu trabajo y pon una cara alegre para mí.

De camino a casa, me dejé caer por la cafetería. Todas las mesas estaban servidas, así que me pasé por la cocina. Irina estaba junto al mostrador, vigilando a los clientes, y Vitaly estaba fregando una sartén.

– ¿Se sabe algo de Betty y Ruselina? -les pregunté.

Vitaly e Irina se volvieron.

– Todavía no -dijo Vitaly, echándose a reír-, pero espero que recibamos pronto una postal.

Betty había descubierto el secreto de Vitaly e Irina mucho antes de que estuvieran preparados para confesarlo. Pero, en lugar de enfadarse, estaba encantada de que se hubieran enamorado.

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