La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Jack tosió y tiró del cinturón de mi vestido para apartarme.
– Anya -me dijo-, ése es Roland Stephens.
Primero noté calor y luego frío. Jack me arrastró hacia la puerta. Sentí como si todo el mundo me estuviera taladrando con la mirada. Nos cruzamos con una de las reporteras de sociedad de otro periódico. Su rostro estaba iluminado por el regocijo. Me imaginaba a mí misma apareciendo en su columna a la mañana siguiente: «El Sydney Herald consideró apropiado enviar a una ignorante novata ataviada con un vestido desgastado a uno de los acontecimientos más importantes de la temporada… ¿Pueden creérselo? ¡No sabía quién era Roland Stephens! ¡Qué vergüenza!».
– Lo siento muchísimo, Jack -le dije, una vez que hubimos salido.
– No es culpa tuya -me respondió-, es culpa de Diana. Si Caroline no podía venir, tendría que haber venido ella.
Me recorrió un sentimiento de pavor.
– ¿Va a tener problemas?
– Bueno -me contestó, encogiéndose de hombros-, imagínate. Sir Henry estaba allí. Esto le da a Roland Stephens una cosa más por la que regodearse. Da la sensación de que sir Henry contrata a gente que no sabe lo que hace.
Durante toda la noche, di vueltas y más vueltas en la cama. Me tuve que levantar una vez para vomitar, aunque no había comido nada desde la hora del almuerzo. Una cosa era que hubiera conseguido que me despidieran, pero arrastrar a Diana conmigo me parecía impensable. Apreté los dientes con rabia, odiando Sídney, o, más específicamente, su alta sociedad. ¿Por qué no me había quedado en la cafetería, donde lo más difícil a lo que me tenía que enfrentar era a clientes que pedían batidos sin helado?
A la mañana siguiente, en el que pensé que sería mi último día de trabajo en el Sydney Herald, me puse mi vestido blanco y negro con el aspecto de alguien que va a asistir a un funeral. Si me iban a reprender y a despedir por no saber quién era aquel hombre arrogante, entonces pretendía que me reprendieran y me despidieran con estilo. Lo único por lo que sentía remordimientos era por Diana.
Cuando llegué a la sección femenina, me di cuenta de que la historia ya había circulado por la compasión pintada en las miradas de las otras chicas. Ann estaba atareada en su oficina moviendo cosas de un lado a otro. Ya llevaba trabajando con ella el tiempo suficiente como para saber que aquello significaba que estaba emocionada. Me preguntaba si pensaría que iba a conseguir el puesto de Diana. Decidí ser valiente y dirigirme al despacho de Diana directamente para contarle la verdad. Traté de prepararme para lo que se avecinaba, pero, cuando entré, ella levantó la mirada y me sonrió.
– ¡Vaya noche maravillosa! -me dijo, sonriendo-. Harry me llevó a una cena a bordo de un transatlántico en el puerto. Nadie de la alta sociedad. Qué alivio.
«No se ha enterado», pensé. Estaba a punto de preguntar si podía sentarme para explicarle lo que había sucedido la noche anterior, pero, antes de que consiguiera pronunciar una sola palabra, Diana exclamó:
– Me alegro de que hoy te hayas puesto ese vestido tan bonito, porque sir Henry nos ha pedido que nos reunamos con él en su despacho a las diez.
Traté de tartamudear para decirle que necesitaba hablar con ella, pero sonó el teléfono, y, cuando empezó a hablar sobre el diseño de un ajuar, supe que la llamada iba a durar un buen rato. Corrí desde el despacho de Diana hasta el aseo de mujeres, convencida de que iba a vomitar. Pero el frío de los baldosines de la pared me calmó. Después de comprobar que todos los cubículos estaban vacíos, me enfrenté a mi imagen reflejada en el espejo.
– Aclara este asunto y asume la responsabilidad -le dije a mi reflejo-. Actúa de manera profesional por el bien de Diana.
Justo antes de las diez en punto, Diana y yo bajamos a la planta de dirección. La secretaria de sir Henry nos acompañó a su despacho. Estaba hablando por teléfono con alguien sobre los costes del papel y nos hizo un gesto para indicarnos que tomáramos asiento. Yo me desplomé en el sillón de cuero junto a su escritorio. Estaba tan baja que casi no alcazaba a verle por encima del nivel de mis rodillas.
Miré a mi alrededor para ver los diferentes retratos de los miembros de la familia Thomas que habían dirigido la empresa antes del actual. Había varios cuadros originales colgando de las paredes, pero el único que pude reconocer fue una pintura con unas ninfas flotando en el aire. El artista tenía que ser Norman Lindsay.
– Siento haberos tenido esperando -dijo sir Henry, colgando el auricular. Nunca antes le había visto de tan cerca. Tenía rostro de actor, teatral, con las facciones muy marcadas y nobles.
No se molestó en presentarse. ¿Por qué debería hacerlo? En breves instantes, iba a salir de su vida para siempre.
– Mejor que os acomodéis en la mesa. Quiero mostraros algo -dijo, levantándose y conduciéndonos a una mesa de aspecto medieval, rodeada por sillas con respaldo alto.
Miré de soslayo a Diana. Me preguntaba en qué estaría pensando.
Nos sentamos y sir Henry sacó una carpeta de un estante junto a la mesa. Para mi sorpresa, se dirigió hacia mí.
– Como probablemente sabrás, Anya, los periódicos se financian gracias a la publicidad. Los beneficios publicitarios lo son todo. Y ahora más que nunca.
«Oh, Dios mío -pensé-, esto va para largo.»
Sir Henry se rascó la cabeza.
– Nuestros publicistas de cosméticos nos han reprochado que no tenemos una columna de belleza en este periódico, como en las publicaciones estadounidenses y europeas.
Asentí y volví a mirar de soslayo a Diana. Estaba sonriendo abiertamente. Empecé a pensar que sabía algo que yo ignoraba.
Sir Henry empujó hacia mí un anuncio de Helena Rubinstein.
– Diana y yo lo hemos hablado y estamos de acuerdo en ponerte a ti a cargo de la columna. Me ha contado que has estado ayudando mucho a Bertha y que tú misma has escrito algún artículo.
Me sequé el sudor de las manos en la parte inferior de la mesa. Su oferta no era lo que yo estaba esperando, pero, de algún modo, conseguí asentir con la cabeza.
– Diana piensa que tienes talento de sobra para hacerlo. Yo creo que eres inteligente e ingeniosa. Además, incluso aunque la competencia comience a comprender la importancia de una columna de esas características, dudo que tenga a nadie en plantilla tan hermoso como tú. Y eso es importante para una editora de belleza -añadió sir Henry, guiñándome el ojo.
Estaba segura de estar teniendo alucinaciones por falta de sueño. ¿Cuándo se le ocurrió a sir Henry la idea de que yo era inteligente e ingeniosa? De la noche anterior, estaba claro que no.
– ¿Qué contenidos se van a tratar en la columna? -dije, sorprendiéndome a mí misma de que hubiera logrado formular una pregunta inteligente.
– Estará compuesta de dos partes -explicó Diana, volviéndose hacia mí-. La primera estará relacionada con las novedades, y allí podrás explicar las características de los productos que aparezcan en el mercado. La segunda incluirá consejos de belleza. No es nada difícil y yo te supervisaré.
– Podemos discutir los detalles más adelante -dijo sir Henry, levantándose para atender al teléfono-. Sólo quería conocerte, Anya, y saber qué pensabas sobre el tema.
Diana y yo salimos de su despacho. En las escaleras, de vuelta a la sección femenina, Diana me agarró del brazo y susurró:
– Llevo meses hablándole de mi idea sobre la columna de belleza y sobre que quería que tú fueras la editora. Pero esta mañana, cuando llegué, de repente, lo único que me dijo fue: «¡Vamos!, ¡vamos!, ¡vamos!».
Se abrió la puerta del rellano de la escalera, y escuché a sir Henry llamándome para que volviera.
– Ve -me dijo Diana-, nos veremos arriba.