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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Podría estar en lo cierto, señor Goldblatz.

– En volumen de negocios y beneficios Fairchild’s es apro… apro… ximadamente cinco veces más grande que Russell, así que le recomiendo que cuando presente la propuesta, usted y el señor Russell pidan un cuatro por ciento y acepten un tres. En el caso de la señora Russell, diría que un uno por ciento sería lo apropiado. Ustedes tres, por supuesto, continuarían percibiendo los mismos salarios y beneficios.

– ¿Qué pasa con mi equipo?

– No habrá cambios durante los próximos dieciocho meses. Después, la decisión será suya.

– ¿Quiere que yo le haga esta oferta a usted, señor Goldblatz?

– Efectivamente.

– Perdón por la pregunta, pero ¿por qué no hace usted mismo la propuesta y deja que mi junta la considere?

– Porque nuestros asesores legales se opondrían. Al parecer el señor Elliot solo tiene un objetivo en todo este asunto, acabar con usted. Yo también tengo un único propósito: mantener la integridad del banco en el que trabajo desde hace más de treinta años.

– Si es así, ¿por qué no despide a Elliot sin más?

– Quería hacerlo al día siguiente de que enviara aquella carta infame en mi nombre, pero no podía permitirme reconocer un desacuerdo interno cuando estábamos en medio de una oferta pública de adquisición. Piense en lo que hubiese dicho la prensa al respecto, por no ha… ha… hablar de los accionistas, señor Cartwright.

– Ha de tener presente que en cuanto Elliot se entere de que he presentado la propuesta, no tardará ni un segundo en aconsejar a la junta que la rechace.

– Lleva toda la razón -admitió Goldblatz-; por eso ayer lo envié a Washington para que me informe directamente en cuanto la Comisión de Valores anuncie el resultado de su oferta de compra el lunes.

– Se olerá la trampa. Sabe muy bien que no necesita estar en Washington sin nada que hacer durante cuatro días. Le bastaría con volar a la capital el domingo por la noche para informarle de la decisión de la comisión el lunes por la mañana.

– Es curioso que lo mencione, señor Cartwright, porque fue mi secretaria quien se en… en… enteró de que los republicanos están celebrando en Washington que han llegado a la mitad de la legislatura y los festejos concluirán con una cena en la Casa Blanca. -Guardó silencio unos instantes-. Tuve que pedir más de un favor para asegurarme de que Ralph Elliot recibiera una invitación a tan augusta fiesta. Por tanto, convendrá conmigo en que estará muy ocupado en estos momentos. No leo más que noticias sobre sus ambiciones políticas en la prensa local. Él las niega, por supuesto, y en consecuencia deduzco que deben de ser ciertas.

– ¿Puedo preguntarle por qué lo contrató?

– Siempre hemos contado con los servicios de Belman y Wayland, señor Cartwright, y hasta que se planteó el tema de la compra, no había tenido la ocasión de tratar con el señor Elliot. Me confieso culpable, pero ahora al menos intento rectificar el error. Verá, no conté con que usted me lleva la delantera por haber sido derrotado por él en dos ocasiones.

– Touché -dijo Nat-. ¿Qué hacemos ahora?

– Ha sido un placer conversar con usted, señor Cartwright; y presentaré su propuesta a mi junta esta misma tarde. Es de lamentar que uno de nuestros miembros esté en Washington, pero así y todo confío en que podré telefonearle para comunicarle nuestra reacción a última hora de hoy.

– Esperaré su llamada con mucho interés -manifestó Nat.

– Bien, entonces podremos encontrarnos cara a cara y le propongo que sea cuanto antes, porque me gustaría tener un acuerdo firmado para la tarde del viernes, una vez cumplidas todas las diligencias. -Murray Goldblatz se calló un momento-. Nat, ayer me pidió que le hiciera un favor; ahora soy yo quien le pide a usted que haga algo por mí.

– Sí, por supuesto.

– Monseñor, un hombre astuto, me pidió una donación de doscientos dólares por el uso del confesionario; creo que ahora que somos socios usted debería pagar su parte. Solo se lo pido porque a los miembros de mi junta les parecerá muy divertido y me permitirá mantener la reputación entre mis amigos judíos de que soy un tipo despiadado.

– Haré todo lo que esté a mi alcance para que no pierda esa reputación, padre -afirmó Nat.

Salió del confesionario y caminó rápidamente hacia la puerta sur, donde vio a un sacerdote junto a la entrada vestido con la sotana negra y birrete. Nat sacó dos billetes de cincuenta dólares y se los dio.

– Dios le bendiga, hijo mío -dijo monseñor-, pero tengo el presentimiento de que podría doblar su contribución si supiera en cuál de los dos bancos debe invertir la Iglesia.

Al Brubaker seguía sin dar ni una pista sobre la razón por la cual quería hablar con Fletcher cuando sirvieron el café.

– Jenny, ¿por qué no acompañas a Annie a la sala? Hay algo que necesito discutir con Fletcher. Nos reuniremos con vosotras en unos minutos. -En cuanto Annie y Jenny los dejaron solos, Al añadió-: ¿Quiere un brandy o un puro, Fletcher?

– No, gracias, Al. Seguiré con el vino.

– Ha escogido un buen fin de semana para estar en Washington. Los republicanos han venido a la ciudad para celebrar la mitad de la legislatura. Esta noche Bush los agasajará con una cena en la Casa Blanca, así que los demócratas debemos permanecer ocultos durante algunos días. Dígame, ¿qué tal va el partido en Connecticut?

– Hoy mantuvimos una reunión para escoger a los candidatos y discutir la eterna cuestión de la financiación de la campaña.

– ¿Se presentará a la reelección?

– Sí, ya lo he dejado claro.

– Me han dicho que podría ser el próximo líder de la mayoría.

– A menos que Jack Swales quiera el cargo; después de todo, es el miembro más antiguo.

– ¿Jack? ¿Todavía vive? Hubiese jurado que había asistido a su entierro. No, no creo que el partido le dé su respaldo, a menos…

– ¿A menos? -preguntó Fletcher.

– Que usted decida presentarse para gobernador. -Fletcher dejó la copa de vino en la mesa para impedir que Al viera cómo le temblaba la mano-. Seguramente ha considerado la posibilidad.

– Sí, la he considerado -admitió Fletcher-, pero pensé que el partido respaldaría a Larry Connick.

– Nuestro estimado vicegobernador -repuso Al mientras encendía un puro-. No, Larry es un buen hombre, aunque conoce sus limitaciones, y demos gracias a Dios que así sea, porque no son muchos los políticos capaces de hacerlo. Hablé con él la semana pasada en la asamblea de gobernadores en Pittsburgh. Me dijo que está dispuesto a figurar en la lista pero solo si consideramos que puede ser útil al partido. -Al dio una calada al puro y disfrutó de la sensación antes de añadir-: No, Fletcher, usted es nuestra primera elección; si acepta el reto, le doy mi palabra de que el partido lo respaldará. Lo que menos nos interesa es una pelea para ver quién termina siendo el candidato. Dejemos la verdadera batalla para cuando tengamos que enfrentarnos a los republicanos, porque su candidato intentará aprovechar los éxitos de Bush; así que debemos prepararnos para una campaña muy dura si pretendemos conservar la mansión del gobernador.

– ¿Tienen alguna idea de quién podría ser el candidato republicano? -preguntó Fletcher.

– Confiaba en que usted me lo dijera.

– Creo que habrá dos serios competidores que representan a diferentes bandos dentro del partido. Uno es Barbara Hunter, que ocupa un escaño en la cámara, pero la edad y los antecedentes juegan en su contra.

– ¿Antecedentes? -repitió Al.

– Ha ganado pocas elecciones -comentó Fletcher-, aunque a lo largo de los años ha conseguido hacerse con una amplia base en el partido y como Nixon nos demostró después de perder en California, nunca se puede descartar a nadie.

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