Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– Mañana por la mañana a primera hora. Solo nos quedaremos una noche.
– Entonces ven a verme en cuanto llegues; quiero que me cuentes palabra por palabra por qué Al quiere verte. Por cierto, no te olvides de transmitirle mis saludos; es el mejor presidente que el partido ha tenido en años. Pregúntale si recibió mi carta.
– ¿Tu carta? -repitió Fletcher.
– Tú limítate a preguntárselo -dijo Harry.
– Se le ve muy recuperado -le comentó Fletcher a Annie mientras iban camino del aeropuerto.
– Así es; los médicos le han dicho a mi madre que quizá le dejen volver a casa la semana que viene, si, y solo si, promete que se tomará las cosas con calma.
– Lo prometerá -afirmó Fletcher-, pero da gracias de que faltan diez meses para las próximas elecciones.
El avión del puente aéreo a la capital despegó con un retraso de quince minutos, pero Fletcher ya lo había previsto, así que cuando aterrizaron, aún confiaba en que tendrían tiempo para ir al hotel Wilard, ducharse y estar en Georgetown a las ocho.
El taxi llegó a la puerta del hotel a las siete y diez. Lo primero que hizo Fletcher fue preguntarle al portero cuánto se tardaba en ir a Georgetown.
– Aproximadamente de diez a quince minutos -le informó.
– Entonces quiero que me tenga un taxi en la puerta a las ocho menos cuarto.
Annie se las apañó para ducharse y vestirse con un traje de cóctel, mientras Fletcher se paseaba por la habitación sin dejar de controlar el reloj cada pocos segundos. Le abrió la puerta del taxi cuando faltaban nueve minutos para las ocho.
– Tenemos que estar en el tres mil treinta y ocho de la calle N dentro de nueve minutos -le dijo al taxista después de consultar el reloj.
– No, de ninguna manera -intervino Annie-. Si Jenny Brubaker se parece en algo a mí, agradecerá que lleguemos algunos minutos tarde.
El taxista condujo hábilmente entre el denso tráfico nocturno y consiguió llegar a la casa del presidente del partido solo dos minutos después de las ocho, consciente de que era Fletcher quien pagaría la carrera.
– Es un placer volver a verle, Fletcher -dijo Al Brubaker cuando les abrió la puerta-. Esta es Annie, ¿no? No creo que hayamos tenido la ocasión de conocernos, pero por supuesto estoy enterado de su trabajo por el partido.
– ¿El partido? -preguntó Annie.
– ¿No pertenece a la junta de la escuela de Hartford y es miembro del comité del hospital?
– Sí, así es -admitió Annie-, pero siempre he creído que estaba trabajando para la comunidad.
– Es usted igual que su padre -señaló Al-. Por cierto, ¿cómo está el viejo león?
– Acabamos de dejarlo -respondió Fletcher-. Tiene mucho mejor aspecto, le manda saludos. Antes de que me olvide, quiere saber si recibió su carta.
– Sí, la recibí. Es de los que nunca se rinden, ¿verdad? -dijo Brubaker, y sonrió-. ¿Qué les parece si pasamos a la biblioteca y les preparo una copa? Jenny no tardará en bajar.
– ¿Qué tal está su hijo?
– Ahora bien, gracias, señor Goldblatz. El motivo de su escapada fue de índole sentimental.
– ¿Cuántos años tiene?
– Dieciséis.
– Una edad muy adecuada para enamorarse. Dígame, hijo mío, ¿tiene algo que confesar?
– Sí, padre, para esta misma hora de la semana que viene seré el presidente del banco más grande del estado.
– Para esta misma hora de la semana que viene quizá ni siquiera sea el director ejecutivo del banco más pequeño del estado.
– ¿Qué le hace pensar tal cosa? -le preguntó Nat.
– Bien puede ser que lo que comenzó como un golpe brillante acabe en agua de borrajas y le deje sin fondos para cubrir las compras. Sus agentes seguramente le habrán advertido de que no tiene ninguna posibilidad de hacerse con el cincuenta y uno por ciento de Fairchild’s para el lunes por la mañana.
– No niego que será peliagudo -aceptó Nat-, pero así y todo creo que podremos conseguirlo.
– Gracias a Dios que ninguno de los dos somos católicos, señor Cartwright, porque de lo contrario tendría usted que arrepentirse de sus actos y yo imponerle una penitencia de tres avemarías. Pero no tema, veo la redención para nosotros.
– ¿Necesito ser redimido, padre?
– Ambos lo necesitamos, ese es el mo… mo… motivo por el que le propuse que nos viéramos. La batalla no nos está haciendo ningún favor y si se alarga hasta después del domingo, puede perjudicar a las entidades para las que trabajamos; posiblemente incluso acabe con la suya.
Nat iba a protestar, pero no lo hizo porque Goldblatz tenía toda la razón.
– ¿Cuál es la redención que propone? -preguntó.
– Verá, creo que he encontrado una solución mejor que rezar tres avemarías, que quizá perdone nuestros pecados e incluso nos dé un pequeño beneficio.
– Le escucho, padre.
– He seguido con mucho interés su carrera profesional, hijo mío. Es una persona brillante, extremadamente diligente y con una determinación feroz, pero lo que más admiro de usted es su integridad, por mucho que uno de mis asesores legales intente convencerme de lo contrario.
– Me halaga, señor, pero no haga que me sienta abrumado.
– No tiene por qué estarlo. Soy realista; creo que si no tiene éxito esta vez, quizá quiera volver a intentarlo dentro de un par de años y no darse por vencido hasta salirse con la suya. ¿Me equivoco?
– Me parece que no, señor.
– Ha sido sincero conmigo, así que le pagaré con la misma moneda. Dentro de dieciocho meses cumpliré sesenta y cinco años, momento en que espero jubilarme y dedicarme a jugar al golf. Me gustaría dejarle a mi sucesor una entidad próspera, no un paciente delicado que necesite de continuos tratamientos. Creo que usted podría ser la solución a mi problema.
– Creía que era la causa.
– Razón de más para que nosotros procuremos acabar con un intento que es al mismo tiempo atrevido y muy imaginativo.
– Pensaba que eso era exactamente lo que estaba haciendo.
– Todavía puede, hijo mío, aunque por razones políticas necesito que todo el asunto sea idea suya; eso significa, señor Cartwright, que deberá usted confiar en mí.
– Ha dedicado cuarenta años a labrarse la reputación de la que goza, señor Goldblatz. No puedo creer que esté dispuesto a arriesgarla cuando le falta muy poco para la jubilación.
– Yo también me siento halagado, joven, pero, lo mismo que usted, no me siento abrumado. Por consiguiente puedo dejar caer que fue usted quien solicitó que habláramos para hacer la propuesta de que, más que continuar luchando entre nosotros, tendríamos que trabajar unidos.
– ¿Una sociedad? -preguntó Nat.
– Llámelo como quiera, señor Cartwright, pero si nuestros dos bancos se fusionaran, nadie saldría perdiendo y, lo que es más importante, todos nuestros accionistas se beneficiarían.
– ¿Cuáles serían los términos que me aconseja que debería recomendarle a usted, por no mencionar a mi junta?
– Que el banco se llame Fairchild Russell; por otro lado, yo continuaré como presidente durante los próximos dieciocho meses, mientras que usted será mi adjunto.
– ¿Qué pasaría con Tom y Julia Russell?
– Es evidente que a ambos se les ofrecería un cargo en la junta. Si usted es el nuevo presidente dentro de dieciocho meses, será de su incumbencia designar a su propio adjunto, aunque creo que sería prudente mantener a Wesley Jackson como director ejecutivo. Dado que usted le invitó a formar parte de su junta hace unos años, no creo que lo considere un inconveniente.
– No, no lo sería, pero eso no resuelve el problema del reparto de acciones.
– Usted posee en la actualidad el diez por ciento de las acciones de Russell, lo mismo que su presidente. La señora Russell, quien a mi juicio tendría que dirigir la nueva división inmobiliaria, llegó a tener en un momento dado el cuatro por ciento. Pero sospecho que son esas acciones las que ha estado usted sacando al mercado en los últimos días.