Carolina se enamora
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
– Venga, Caro, no hagas tantas preguntas, eres la única que puede ayudarme. Andén número 7.
– ¿Tengo que ir hasta ahí?
– Sí, yo no puedo hacerlo solo.
– Oye, si no me dices lo que sucede, no voy.
– Venga, no seas así, lo sabrás dentro de un minuto.
– Está bien, cuelgo.
– No, sigamos hablando…
– Vale. En ese caso, acabo de entrar…
«Y me estoy gastando un pastón en la llamada», me gustaría añadir, pero me parece un comentario feo. Tal vez sea verdad que tiene un problema serio.
– Vale, ahora dirígete a los andenes…
– Ya está.
– Sigue recto y ve hacia el número 7…
– Bien.
Echo un vistazo al panel de salidas. Andén 7. Antes de un cuarto de hora parte un tren para Venecia. Qué pena, en el de llegadas la procedencia ha desaparecido ya. Bueno, puede que no tenga nada que ver con el hecho de que Filo esté ahí.
– Eso es, Caro. Te veo, sigue avanzando…, vamos…
– Pero ¿dónde estás? Yo no te veo.
– Pero yo sí. Eres tú. Llevas un gorro azul…, ¡para que no te reconozcan!
Resoplo.
– Que sepas que ésta es la última vez; tú eres el único que me mete en estos líos. Gibbo no habría hecho jamás nada parecido…
– ¡La verdad es que él también está implicado! – Y los dos aparecen de un salto de detrás de una columna-. ¡Felicidades!
Filo y Gibbo se abalanzan sobre mí, me abrazan y me cubren de besos. La gente que pasa por nuestro lado sonríe divertida.
– ¡Venga ya, basta! ¡Sois unos tontos! ¿Era necesario hacerme venir hasta aquí para darme la sorpresa?
Me sueltan.
– Sí. -Filo sonríe-. Mira esto…
Me enseña una sudadera rosa, con su foto y su nombre estampados.
– ¡Noo! ¡Qué guay! ¡Biagio Antonacci! ¡Mi cantante preferido!
– Y esto… -Gibbo las saca del bolsillo-. Son tres entradas para su concierto en Venecia.
– ¿En Venecia?
– ¡Sí! Y esto. -Filo los saca del bolsillo-. Son tres billetes para el tren. Así que… ¡vamos! ¡Está a punto de salir!
Me cogen de la mano y me arrastran. Tropiezo y estoy a punto de caerme.
– ¡Estáis locos! Pero ¿qué voy a decirles a mis padres?
Gibbo me mira risueño.
– Tú tranquila… ¡Hemos pensado en todo! Te quedas a dormir en casa de Alis, que, en el último momento, te ha organizado una fiesta sorpresa.
– Eso es… ¡Tus amigas te han regalado incluso ropa para que te la pongas mañana!
– E irás directamente al colegio desde allí.
Los miro y sacudo la cabeza.
– Lo tenéis todo pensado, ¿eh?
– Claro, no hay que saltarse ni un solo día de clase…
– Eh, que somos chicos serios… ¡Este año tenemos el examen! ¡No podemos tomarnos el curso a la ligera!
Subimos al tren con el tiempo justo Un instante después siento cómo se mueve debajo de mí y me parece increíble. Me pongo la sudadera. ¡Menos mal que he atado bien la moto! Nos sentamos en un compartimento.
– Ésos son nuestros asientos. Si quieres puedes sentarte ahí. ¿A que no te lo esperabas?
– En absoluto, pensé que Filo se había metido en uno de sus líos…
El tren va adquiriendo velocidad gradualmente. Miro por la ventanilla. Muros altos, calles de cemento y, después, cables de acero, vías que rodean viejos trenes abandonados con el color del óxido.
Chuf. Chuf. Dudum, dudum. Va cada vez, más rápido. Dudum, dudum… Y luego, de repente, el verde, los campos húmedos, los árboles, y esa naturaleza que en invierno resulta tan fresca, tan sana y vivificante. Respiro profundamente.
– ¡Chicos, son los catorce años más bonitos de mi vida!
Filo y Gibbo sueltan una carcajada. ¡Empieza la aventura! Pasa el revisor y le mostramos los billetes. Tengo sed, pero Gibbo lleva tres botellas de agua en la mochila; me entra hambre y Gibbo tiene también dos Bounty de coco y chocolate, de esos que me gustan a rabiar. En fin, ¿os acordáis deEl casoBourne?, pues aún mejor.
Un poco más tarde; son las 18.00. He hablado con Alis, que, claro está, no se ha cortado en decirme lo que pensaba.
– ¡No me lo puedo creer! A mí también me habría gustado ir… Es una sorpresa fabulosa…, ¡me muero de envidia!
– Venga ya… ¡Es mi cumpleaños! Duermo en tu casa, ¿vale?
– ¡Vale!
Llamo a casa. Por suerte, me responde Ale. A veces es un engorro, pero en ocasiones resulta ideal, es muy fácil mentirle, como coser y cantar.
– ¿Lo has entendido? Me quedaré a dormir en casa de Alis y mañana iré directamente al colegio desde allí.
– Vale.
– Repítelo,
– Uf… Te quedarás a dormir en casa de Alis e irás al colegio directamente.
– Y en caso de que quiera hablar conmigo…
– Que te llame al móvil.
– ¡Eso es! ¡Veo que estás mejorando!
De hecho, justo cuando estamos a punto de llegar, me suena el teléfono.
– Es mi madre, ¿y ahora qué hago?
– Espera.
Gibbo se levantay cierra la puerta del compartimento.
– Vale… -Exhalo un largo suspiro-. ¡Hola, mamá!
– Hola, Caro, ¿todo bien?
– Sí, de maravilla. Alis y mis amigas me han organizado una sorpresa estupenda.
Pero justo en ese momento la «sorpresa» me la da el tren. Por la megafonía suena una voz metálica: «Atención, los pasajeros que deseen comer algo tienen a su disposición el vagón restaurante…"
No espero a que siga: pulso una tecla y apago el teléfono.
– Vaya tela. ¡Sólo me faltaba esto! ¡Tenían que anunciarlo precisamente ahora! Espero a que acabe y luego llamo de inmediato a mi madre.
– ¿Qué ha pasado?
– Nada, que no tenía mucha batería y se ha cortado.
– Intento calmarla.
– Por suerte, una de mis amigas tenía el cargador y lo hemos enchufado.
– Está bien. Pero ¿cómo lo harás para ir mañana al colegio?
– Me han regalado una camiseta, e incluso una muda de ropa interior.
– Ah…, veo que tus amigas han pensado en todo.
– Sí…
Miro a Gibbo y a Filo. Han estudiado hasta el último detalle de esta preciosa sorpresa…
– Está bien… Yo hablaré con tu padre.
– Gracias, mamá.
– No llegues muy tarde, Caro.
– No te preocupes, nos vemos mañana a la hora de comer.
Cuelgo y exhalo un suspiro de alivio.
– ¡Yujuuu! Todo ha salido a pedir de boca.
Los abrazo y salto con ellos de felicidad. Y me siento más ligera, como si me hubiese quitado un peso de encima. Justo en ese momento, el tren se detiene.
– Venecia.
Esta vez soy yo la que los coge de la mano.
– ¡Venga, bajemos!
Los arrastro fuera del tren y salimos de la estación. Nos adentramos en los canales de Venecia. Hay agua por doquier. Atravesamos pequeños puentes. La ciudad está llena de turistas. Hace un poco más de frío que en Roma, quizá porque es más tarde.
Nos divertimos sopesando la posibilidad de dar un paseo en góndola.
– Sí, finjamos que somos una pareja de tres… Aunque seguro que cuesta una pasta.
– Bueno, intentémoslo de todas formas.
Filo es así. Tiene la cara muy dura. Va a hablar con uno de los gondoleros, un tipo simpático con un bigote muy poblado y cuatro pelos rubios. Gibbo y yo lo contemplamos desde lejos. No hay nada que hacer, el gondolero sacude la cabeza. Filo vuelve a nuestro lado.
– ¿Y bien?
– ¡Pide doscientos cincuenta euros!
– ¿Qué? ¡Eso será por vender la góndola! Si es que alguien la quiere.
Me echo a reír.
– ¡Yo ni siquiera sabría llevarla!
– Esperad un momento -decido-. ¿De cuánto dinero disponemos?
– Yo tengo veinte.
– Yo treinta.
– Yo cincuenta.
Gibbo hace la suma en un abrir y cerrar de ojos.
– Tenemos cien euros en total.