En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
En realidad, George temía que el préstamo de Howard se perdiera en el pub de Haldon antes que invertirse en un carnero, pero había reflexionado largo tiempo sobre sus argumentos.
– Éste es ahora el ri… riesgo -contestó Howard, a quien ya empezaba a trabársele la lengua.
– Un riesgo que usted no debe asumir, O’Keefe. ¡Tiene usted una familia! No puede arriesgarse a quedarse sin casa ni granja. No, mi sugerencia es otra. Estoy pensando en que mi compañía, Greenwood Enterprises, adquiera un lote de ovejas de primera clase y yo lo ponga a disposición de los criadores como préstamo. En lo que respecta a la compensación, ya nos pondremos de acuerdo. Lo importante es que de ello resulte que usted cuide a los animales y después de un año los pase sanos y salvos al siguiente. Un año durante el cual un carnero cubrirá todo su rebaño de ovejas de cría o en que una oveja madre de pura raza le dará dos corderos que formen la base para un nuevo rebaño. ¿Estaría usted interesado en un tipo de colaboración así?
Howard sonrió con ironía.
– Y con el tiempo, Warden se quedará hecho polvo cuando de repente todos los granjeros que lo rodean tengan ovejas de raza. -Levantó su vaso para brindar con George.
George lo miró con gravedad.
– Bueno, seguro que el señor Warden no será más pobre por eso. Pero usted y yo tendremos mejores oportunidades comerciales. ¿De acuerdo? -tendió la mano al esposo de Helen.
Helen vio desde la ventana que Howard la estrechaba. No sabía de qué se trataba, pero pocas veces se veía a su marido tan satisfecho. Y George tenía esa expresión de pillo de antes y ya guiñaba un ojo en su dirección. El día anterior se había hecho reproches, pero hoy estaba contenta de haberle besado.
George estaba satisfecho consigo mismo cuando el día después dejó Kiward Station y volvió a caballo a Christchurch. Ni siquiera la expresión de desagrado de ese impertinente mozo de cuadra, James McKenzie, iba a aguarle la fiesta. El tipo se había limitado a no ensillarle el caballo después de que el día anterior, cuando George regresó con Gwyneira de la granja de Helen, casi provocara un escándalo. McKenzie había salido con la yegua de Gwyneira equipada con la silla de amazona, después de que Gwyn le hubiera pedido que le preparase la yegua para otro paseo a caballo con el visitante. La señora Warden le había dicho algo desagradable al respecto y él le había dado una respuesta seca, de la cual, George sólo había escuchado las palabras «como una dama». Después, Gwyneira había cogido furiosa a la pequeña Fleur, que McKenzie iba a colocar detrás de ella a lomos de Igraine y la puso en volandas delante de George, sentándola en la silla del caballo del joven.
– ¿Puede Fleurette ir con usted? -le preguntó dulce como la miel, al tiempo que lanzaba al conductor de ganado una mirada casi triunfal-. En la silla de amazona no se me puede agarrar.
McKenzie había mirado a George con una ira casi asesina cuando puso el brazo en torno a la niña para que estuviera sentada más segura. Algo había entre él y la señora de Kiward Station…, pero no cabía duda de que Gwyneira sabía defenderse si la importunaban. George decidió no entrometerse y, sobre todo, no mencionar nada frente a Gerald o Lucas Warden. Todo eso no era de su incumbencia y, sobre todo, necesitaba que Gerald estuviera del mejor humor posible. Tras una abundante comida de despedida y tres whiskys, le presentó una oferta por un rebaño de ovejas Welsh Mountain de pura raza. Una hora más tarde se había desprendido de una pequeña fortuna, pero la granja de Helen pronto estaría habitada por los mejores animales de cría que Nueva Zelanda podía ofrecer. George sólo tenía que encontrar a unos pocos pequeños granjeros más que necesitaran ayuda para empezar y así no despertar los recelos de Howard. Pero seguramente eso no presentaría dificultades: Peter Brewster le daría los nombres.
Este nuevo segmento empresarial (pues en calidad de tal debía vender George a su padre el compromiso recién adquirido con la cría de ovejas) significaba, además, que el joven Greenwood tenía que prolongar su estancia en la isla Sur. Había que distribuir las ovejas y supervisar a los criadores que participaban en el proyecto. Lo último no era obligatorio: seguramente Brewster le recomendaría socios que conocían su trabajo y que habían caído en la miseria sin ser responsables de ello. Pero si había que ayudar a Helen por un largo tiempo, Howard O’Keefe necesitaría una guía y control constantes, diplomáticamente disfrazados de asesoramiento y ayuda contra su enemigo acérrimo, Warden. Era probable que O’Keefe no siguiera unas simples indicaciones. Sin duda no, cuando procedían de un administrador empleado por los Greenwood. Así que George debía quedarse, y la idea le iba gustando cada vez más cuanto más avanzaba a caballo por el aire diáfano de las llanuras de Canterbury. Tantas horas en la grupa le dieron tiempo de reflexionar, incluso sobre su situación en Inglaterra. Transcurrido sólo un año junto con William en la dirección del negocio, éste ya casi lo había llevado a la desesperación. Mientras que su padre apartaba la vista intencionadamente, el mismo George descubrió en sus escasas estancias en Londres los errores de su hermano y las pérdidas, en parte exorbitantes, que la compañía debía asumir. La alegría que George experimentaba en viajar también residía en que la situación le resultaba insoportable: en cuanto ponía pie en suelo inglés, directores y gerentes se dirigían preocupados al director junior: «¡Debe hacer algo, señor George!»… «Tengo miedo de que se me acuse de deslealtad si esto sigue así, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?»… «Señor George, he dado los balances al señor William pero casi tengo la impresión de que ni siquiera sabe leerlos»… «¡Hable con su padre, señor George!»
Obviamente, George lo había intentado, pero no había remedio. Greenwood seguía intentando que William interviniera en la compañía de modo provechoso. En lugar de limitar su influencia, intentaba darle cada vez más responsabilidades para ponerlo en el buen camino. Pero George ya estaba harto y además temía tener que recoger él los añicos cuando su padre se retirase del negocio.
Esa filial en Nueva Zelanda, sin embargo, ofrecía alternativas. Si conseguía convencer a su padre de que le cediera el negocio de Christchurch en su totalidad como adelanto, por así decirlo, de su herencia… Entonces podría poner en marcha algo, protegido de las escapadas de William. Al principio, naturalmente, debería vivir de forma más modesta que en Inglaterra, pero las casas señoriales como Kiward Station parecían totalmente fuera de lugar en esa tierra recién colonizada. Además, George no necesitaba lujos. Una casa confortable en la ciudad, un buen caballo para viajar por el país y un pub agradable y en el que relajarse por las noches y charlar animadamente, seguro que encontraría todo eso en Christchurch. Todavía sería mejor tener una familia, claro está. Hasta ese momento, George nunca había pensado en fundar una familia, en cualquier caso, nunca desde que Helen le había dado calabazas. Pero ahora, desde que había vuelto a ver a su primer amor y se había despedido del entusiasmo de su juventud, la idea no se apartaba de su cabeza. Un casamiento en Nueva Zelanda: una «historia de amor» que conmoviera el corazón de su madre y la pudiera llevar a apoyar su proyecto… Sobre todo, sin embargo, un buen pretexto para permanecer en ese país. George decidió quedarse unos días en Christchurch y tal vez pedir consejo a los Brewster y al director del banco. Quizá conocieran a una muchacha adecuada. Pero lo primero que necesitaba era una vivienda. Si bien el White Hart era un hotel agradable, no se ajustaba a una permanencia estable en su nuevo hogar…
George acometió la empresa «Compra o alquiler de casa» al día siguiente. La noche en el White Hart había sido intranquila. Primero, un grupo musical interpretó melodías bailables en la sala inferior, luego los clientes varones se pelearon por las chicas, hecho éste que dejó en George la impresión de que la búsqueda de novia en Nueva Zelanda también tendría, si lugar a dudas, sus dificultades. El anuncio al que había contestado Helen se le apareció de repente desde otro punto de vista. Tampoco buscar un alojamiento resultó ser tan fácil. Quien llegaba allí, no solía comprar una casa, se la construía. Las viviendas edificadas raras veces se ponían a la venta y eran por ello muy solicitadas. Los mismos Brewster habían alquilado a largo plazo su casa en Christchurch hacía tiempo, antes de que llegara George. No querían vender, pues el futuro en Otago todavía les resultaba incierto.