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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Tanis aferró el brazo de Kitiara para decirle con voz sofocada:

—¡Recuerda tu promesa!

Kitiara se desembarazó de él sin la menor dificultad, a la vez que lo observaba fríamente. Sus pardos ojos lo hipnotizaban, lo atraían de tal forma que el semielfo sintió que le arrebataba la vida, convirtiéndolo en poco más que una concha vacía.

—Escúchame bien —le ordenó la Señora del Dragón en un alarde de dominio y cortante severidad—. Sólo persigo un objetivo, ceñirme la Corona del Poder que ahora luce Ariakas. Esta es la razón de que capturase a Laurana, y eso es lo que ella significa para mí. Se la ofreceré a Su Majestad, tal como prometí, y ella me recompensará con los laureles que ansío para luego hacer que la elfa sea conducida a las cámaras mortuorias del templo. No me preocupa lo que allí pueda ocurrirle, la dejo en tus manos. Cuando veas mi señal, da un paso al frente y te presentaré a la Reina. En ese momento podrás rogarle como un favor especial que te permita escoltar a la condenada hasta el lugar donde le aguarda la muerte. Si aprueba tu conducta, te concederá esta gracia y serás libre de llevar a tu elfa a las puertas de la ciudad o donde te parezca oportuno. Pero quiero que me prometas por tu honor, Tanis, que volverás junto a mí una vez concluida tu misión.

—He empeñado mi palabra —respondió el semielfo sin vacilar.

Kitiara sonrió, relajado su semblante. Tan bella se le apareció a Tanis, sobresaltado ante su brusca transformación, que casi se preguntó si no había imaginado la máscara de crueldad con que solía abordarle. Descansando la mano en su rostro, ella le acarició la barba.

—Tu honor está en juego. Sé que eso no significaría nada para otros, pero tú cumplirás. Una última advertencia, Tanis —le susurró con cierta precipitación—: Debes convencer a la Reina de que eres su fiel servidor. Es muy poderosa, una divinidad capaz de leer en tus entrañas, en tu alma. ¡No lo olvides, has de persuadirle de que le perteneces por entero! Un gesto, una palabra con ribetes de falsedad y no dudará en destruirte. Yo no podré ayudarte si fracasas. Si tú mueres, también sucumbirá Lauralanthalasa; tenlo presente.

—Comprendo —dijo Tanis tembloroso bajo su fría armadura.

Sonó un clarín que retumbó en los ondulantes muros.

—Ha llegado el momento —anunció Kitiara y, tras ajustarse los guantes, se cubrió la cabeza con el yelmo—. Adelante, semielfo. Conduce a mis tropas, yo entraré en último lugar.

Resplandeciente en su azulada armadura de escamas de dragón, Kitiara se colocó en digna postura a un lado de la antecámara para dejar que Tanis atravesara la rica puerta y se introdujera en la sala de audiencias.

La muchedumbre allí congregada empezó a vociferar al ver al estandarte azul. Instalado en las alturas junto a los otros Dragones, Skie lanzó un rugido de triunfo mientras Tanis, consciente de que cientos de miradas confluían en su persona, trataba de desechar de su pensamiento cualquier idea ajena al deber que se disponía a cumplir. Mantuvo los ojos fijos en su destino, la plataforma que se erguía próxima a la de Ariakas, la tarima engalanada con banderas azules. Oyó tras de él los rítmicos estampidos que producían los miembros de la guardia de Kitiara al marchar altivos sobre el suelo de granito y, una vez al pie de la escalinata, se detuvo tal como le había ordenado. Cesó la barahúnda, para renacer en un murmullo cuando el último draconiano hubo traspasado el umbral. Todos se inclinaron hacia adelante, ansiosos por presenciar la entrada de Kitiara.

Aguardando en la antecámara a fin de prolongar la expectación unos momentos más, Kit advirtió, de pronto, un movimiento a su alrededor. Giró el rostro y vio a Soth, seguido por unos soldados espectrales que transportaban en volandas un cuerpo envuelto en un lienzo blanco. Los ojos vibrantes y llenos de vida de la Señora del Dragón se cruzaron en perfecta armonía con aquéllos otros que reflejaban el vacío de la muerte.

Soth hizo una leve reverencia, a la que Kitiara respondió con una sonrisa antes de dar media vuelta y hacer su triunfal aparición en la sala de audiencias, saludada por una lluvia de aplausos.

Tumbado en el frío suelo de la celda, Caramon luchaba con denuedo para no perder el conocimiento. El dolor comenzaba a remitir. El golpe que lo había derribado fue contundente, arrancándole incluso su yelmo de oficial y aturdiéndole por un instante, aunque no llegó a mandarle al imperio de las brumas.

No obstante fingió desvanecerse, pues no sabía qué otra cosa podía hacer. «¿Por qué no está Tanis con nosotros?», pensó desalentado, a la vez que se reprochaba a sí mismo aquella torpeza mental que tanto lo angustiaba. El semielfo habría fraguado un plan, habría hallado una salida. «¡No debería haberme cargado con semejante responsabilidad!», protestó para sus adentros. Pero una voz que resonaba en los recovecos de su cerebro lo obligó a reaccionar: «¡Deja de condolerte, ¡necio! ¡Los compañeros dependen de ti!», le imprecaba. El guerrero pestañeó, incluso tuvo que reprimir la sonrisa que afloró a sus labios al reconocer a Flint en aquella arenga. ¡Habría jurado que el enano estaba a su lado para infundirle ánimos! En cualquier caso, era cierto que los otros dependían de él y que debía sobreponerse a sus dudas si quería ayudarles. Algo se le ocurriría.

Abrió los ojos en meras rendijas a fin de escudriñar la celda a través de sus párpados entrecerrados. Un centinela draconiano se erguía delante de él, de espaldas a su supuestamente comatoso cuerpo y entorpeciendo su visión. No acertaba a vislumbrar a Berem ni al individuo llamado Gakhan sin estirar la cabeza, y no quería exponerse a atraer la atención de los soldados mediante un movimiento en falso. Podía eliminar al primer enemigo, y también al segundo, antes de que los otros acabasen con él. Aunque no abrigaba ninguna esperanza respecto a su propia vida, deseaba dar a Tas y Tika la oportunidad de escapar en compañía de Berem.

Tensando sus músculos, Caramon se preparó para atacar al guardián más próximo cuando, de pronto, un grito desgarrado traspasó la penumbra del calabozo. Era un nuevo aullido de Berem, tan lleno de ira que el guerrero se incorporó olvidando que debía fingirse inconsciente.

Se paralizó al percatarse de que Berem se había lanzado contra Gakhan para elevarlo en el aire. Sosteniendo en volandas al forcejeante draconiano, el Hombre Eterno salió de la cámara e incrustó el cráneo de su cautivo en el pétreo muro del pasillo. La cabeza del agredido se partió en dos, con un crujido similar al que produjeran los huevos de los Dragones del Bien en los negros altares, pero Berem, presa de una imparable furia, golpeó una y otra vez a su víctima hasta reducirla a un amasijo de carne y sangre verdosa.

Durante unos instantes nadie osó moverse. Tas y Tika se abrazaron, aterrorizados ante el espeluznante espectáculo. Caramon, por su parte, luchó en este breve intervalo para despejar las brumas de su dolorido cerebro mientras los soldados draconianos contemplaban el cadáver de su cabecilla con una hipnótica fascinación.

Al fin, Berem dejó caer el cuerpo inerte de Gakhan sobre el suelo y se volvió hacia los compañeros sin dar muestras... de reconocerles. Caramon comprendió, al ver sus extraviados ojos y la saliva que chorreaba por las comisuras de sus labios, que había perdido el juicio. El inescrutable humano permaneció unos segundos con los brazos, manchados de sangre verde, totalmente laxos, hasta ver que su rival había muerto y recuperar, al parecer, un asomo de cordura. Su mirada se posó en Caramon, que seguía sentado en el suelo contemplándolo anonadado.

—¡Ella me ha llamado! —exclamó a modo de excusa y, ajeno a todo comentario, dio media vuelta y echó a correr por el pasillo sin que los perplejos draconianos lograran interceptarle el paso.

No hizo Berem pausa alguna para comprobar qué ocurría a sus espaldas. Al contrario, aceleró su carrera en pos de la reja entreabierta —por alguna razón no se dirigió a la escalera que conducía a la planta baja del Templo— y casi la arrancó de sus goznes al traspasarla a una marcha enloquecida. Estrellándose contra el muro con un sordo retumbar, la verja comenzó a balancearse bajo el impacto de la embestida mientras el prófugo se alejaba entre estridentes voces que resonaron en los oídos del grupo.

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